de los ruiseñores, de ese consuelo que parece oración. Me acordaré de que los
dolores se duermen cuando uno vuelve al cuidado. Me acordaré de que la
esperanza blanca llena el corazón, si uno la invita a entrar con actos. Y sobre todo
me acordaré de mi amigo interno ese compañero invisible que me trae, de vuelta,
a mí.
Entonces, si hoy cierro los ojos por un momento, no es para irme. Es para
agradecer. Es para decir “gracias por lo breve y por lo hermoso”. Gracias por mi
ser efímero, porque me recuerda que debo elegir lo verdadero. Gracias por la
comunidad, porque me devuelve sentido. Gracias por la montaña, porque me
exige y me educa. Gracias por las noches en que la luna blanca me sostuvo
cuando mi fuerza era poca. Gracias por los dolores que, sin desaparecer del todo,
me enseñaron a caminar mejor.
Y ahora, como si el interior fuera un jardín, vuelvo a repetir otra imagen Bendito
sea el jardín del convento, jardín cerrado, fuente sellada. Donde no entra la
turbación del viento ni el alma triste se siente turbada. En el jardín del convento las
flores tienen aroma de oración, las brisas pasan cantando un salmo lento y todo es
paz en el corazón. Allí la vida pasa tranquila y pura, lejos del ruido, lejos de la
pasión, y bajo el cielo de azul sin amargura, se eleva alegre la contemplación. ¡Oh,
quién pudiera vivir en el jardín del convento, jardín cerrado, fuente sellada, donde
no entra la turbación del viento ni el alma triste se siente turbada!
Pero no para escapar del mundo, sino para entender que el refugio verdadero
también se construye dentro. Mi amigo interno es esa fuente sellada no para
aislarme, sino para que desde allí vuelva al trabajo bueno. Desde allí responda
con calma. Desde allí me permita sentir sin desbordarme. Desde allí el amor se
haga práctico. Y por eso, cuando vuelvo a la calle, no vuelvo vacío. Vuelvo
habitado por una paz que no depende del aplauso.
Si un día me pierdo, el amigo interno me encuentra. Si un día me endurezco, el
amigo interno me ablanda. Si un día me distraigo, el amigo interno me recuerda el
norte. Y si un día me olvido de agradecer, el amigo interno me devuelve a la
gratitud como se vuelve al hogar. Esa es la razón por la que digo que es un alma
gemela inseparable no es un adorno de mi imaginación; es un lazo que me
sostiene.
Todo fue bello. Todo es bello. Y aun así, cuando tenga que despedirme, lo haré
con una ternura que no rompa con una despedida que no sea ausencia, sino
promesa. Promesa de que mañana volveré a servir. Promesa de que mi corazón
seguirá practicando el amor como se practica la respiración. Promesa de que lo
efímero no será excusa para abandonar, sino fuerza para elegir. Promesa de que
la belleza no se quedará en idea se volverá acto.
, Y mientras esa promesa sucede, mi amigo interno permanece. No se va. No se
cansa. No me exige perfección. Solo me pide presencia. Solo me pide que no me
abandone. Solo me pide que me reconozca en lo que soy alguien que ama,
alguien que sirve, alguien que vuelve a la luz aunque haya sido breve.
Adiós bello adiós bello adiós bello adiós