Acerqué el papel a una de las velas que ardan al pie del monumento. El fuego prendió rápidamente en el borde de la página. La llama devoró primero las estrofas sobre el miedo a la muerte, luego los versos sobre la soledad del genio, finalmente la firma vacilante que él mismo había estampado al pie del folio.

​Dejé que las cenizas cayeran sobre el piso de mármol las dispersé con la suela de mi zapato.

​Salí de la catedral hacia la plaza iluminada por el crepúsculo. El aire tra...