Una mañana me levanté antes de que el mundo terminara de acomodarse en su
costumbre de siempre. Había un silencio que no era vacío, sino como una
promesa aún sin pronunciar. Afuera, la luz empezaba a limpiar los bordes de las
cosas el polvo en el aire parecía menos pesado, y hasta la pared vieja de la casa
se veía distinta, como si también ella recordara algo que había aprendido a olvidar.
Pensé en él.
No digo su nombre para no convertir la herida en un objeto; prefiero que sea una
presencia, una forma de respiración dentro de mí. Pero su ausencia no viene en
silencio viene en oleadas. Viene cuando abro una ventana y el viento trae un olor
a tierra mojada. Viene cuando escucho una risa lejana y mi cuerpo, por un
segundo, confunde el mundo y cree que puede alcanzarlo. Viene cuando una
frase sencilla“todo bien”, “¿cómo vas?”me golpea con una ternura repentina, como
si alguien la hubiera guardado en la lengua solo para mí.
A veces me digo que la memoria es una casa, y que él vive en una habitación que
no he cerrado. A veces me digo que la mente es un camino, y que él es un
sendero no se termina, solo cambia de dirección. A veces la mayoría de las veces
me doy cuenta de que su partida no fue un borrón, sino un trasplante lo que
estaba en el afuera se volvió adentro, y el adentro ahora se ilumina con lo que
antes era compañía.
Salí. La mañana me pedía movimiento. Caminé hacia donde empiezan las calles
que ya no se sienten del todo ciudad, hacia donde el rumor de los motores se
apaga y el mundo se vuelve más de tierra, más de pasos. El aire tenía ese sabor
de montaña que no se discute entra y ordena las ideas, deja el corazón sin
excusas.
En mi pecho llevaba un encargo extraño seguir siendo. Seguir siendo alguien que
no se rinde, aunque duela; alguien que no traiciona su propia vida por culpa del
duelo. Porque un buen amigo uno de esos que parecen permanentes no se va de
verdad; se vuelve una forma de conducta. Se vuelve una regla de amor. Se vuelve
la manera en que miras a los demás cuando el mundo se pone áspero.
Me repetí, como si fuera una oración y no un pensamiento he servido con sudor
fuerza a mi comunidad. No es que yo sea héroe. Yo solo soy una flor que florece
en la mañana. Pero la flor sabe que su tarea no es durar para siempre; su tarea es
alegrar. Su tarea es abrirse aunque el viento quiera cerrarla. Su tarea es convertir
el dolor en perfume, convertir el frío en alimento para los otros.
Y entonces vi la montaña.
,No era solo una elevación en el horizonte; era un libro abierto. Cada curva parecía
escrita con una tinta que no se borra. Cada piedra era como un verso que
aprendió a resistir. Yo subí, y al subir entendí que los caminos nunca son solo
caminos son escuelas. Hay caminos que enseñan velocidad y caminos que
enseñan paciencia. Hay caminos que enseñan orgullo y caminos que enseñan
humildad. Los caminos de montaña, en cambio, enseñan una verdad simple el
cuerpo cansa, pero el espíritu si se le da dirección no se cansa del mismo modo.
Mientras subía, pensé en él como se piensa en una brújula. Él siempre supo
orientarme cuando yo me desviaba. Había días en que yo cargaba preocupación
como si fuera mochila pesada; él la miraba, la medía con su calma, y me decía
con su forma de hablar sin sermones, con ternura que no todo lo que pesa es
eterno. Que hay dolores que son estaciones y no finales.
En esa mañana la comunidad se sentía cerca. No la comunidad abstracta de los
discursos la comunidad de los rostros, de las manos, de las voces que se ayudan
sin decir “hazlo por mí”. Me acordé de las veces en que, juntos, hicimos cosas
pequeñas y necesarias. Arreglar una silla para que alguien pudiera sentarse.
Llevar algo a un vecino enfermo. Organizar un trabajo que nadie aplaude pero que
sostiene el día. En esas acciones él era como una flor de servicio florecía cuando
tocaba el turno de los demás, y no cuando le tocaba el aplauso.
Ahora, cuando lo pienso, lo veo en la mañana, en la luz primera. No lo veo en una
foto quieta, sino en un movimiento. Lo veo en la escena de sus manos haciendo,
en el modo en que miraba a quienes otros miran por encima. Lo veo como se ve
una causa como si el amor tuviera peso real, y no fuera solo palabra.
Por eso me dije si esa flor alegra a la comunidad, mi lucha es ganada para la
comunidad. La frase me salió con fuerza, como si la montaña me diera un idioma.
Porque entendí que no se lucha solo para resistir uno mismo; se lucha para
sostener un mundo más amable. Si el dolor llegó, que al menos llegue a tiempo de
convertirse en sembradura.
La gente del puéblalos que me saludan, los que preguntan y no solo preguntan por
costumbre empezó a cruzarse en mis pasos como señales. Una señora dijo “Qué
temprano vas”. Un joven comentó “Hoy el aire está lindo”. Yo sonreí con esa
sonrisa que no delata todo. Hay sonrisas que son puentes no son mentiras, son
puertas. Les respondí, y en cada respuesta sentí que él estaba ahí, como un
apoyo invisible.
Entonces ocurrió algo el pensamiento se fue hacia los caminos de la literatura,
esos caminos que no son geográficos pero sí espirituales. Recordé al dulce
Quijote de la Triste Figura, y no fue nostalgia barata. Fue una identificación el
modo en que él siguió intentando justicia cuando la realidad se burlaba. El modo
en que el ideal aunque tropiece sigue buscando levantarse.
, Pensé “Son todos los caminos”. No uno solo, no el de la prisa, no el de la facilidad.
Son todos los caminos, y en cada uno hay una flor de aventura, una flor que no
sabe detenerse porque su misión es abrirse.
Y entonces lo escucho al menos sentí que me hablaba con su forma de defender
lo verdadero. “Que se encienda el Reino de Justicia y de Amor”, pareció decirme
desde la memoria. No como frase decorativa, sino como un mandato interno. Yo
repetí “Que se hundan los mentirosos, que muera el opresor”. Pero cuando lo
repetí, no lo repetí contra personas específicas. Lo repetí como si hablara contra
sombras dentro de la vida contra el autoengaño, contra la indiferencia, contra la
violencia que se disfraza de costumbre.
Mi pecho, al repetir, se ordenó.
Seguí subiendo por un sendero donde las piedras se acomodan como si alguien
las hubiera dispuesto para un rito antiguo. Había plantas que resistían en grietas.
Había hojas que, pese al frío, mantenían su color. Y entendí otra verdad la
presencia de él en mi memoria no es solo un recuerdo triste; también es una
semilla de actitud. Si él fue un buen amigo, entonces su vida me enseñó una
forma de existir. Si él fue flor para otros, entonces yo tengo que seguir siendo flor
para otros, aunque me duela.
Llegué a un punto desde donde el valle se veía como una alfombra de silencios.
Me senté. El viento se hizo conversación. No era un viento que consuela con
palabras; era un viento que consuela con movimiento. Me acordé de su voz, de
sus gestos, de esa manera suya de hacer que una tristeza no aplastara. Cuando
alguien se caía, él se inclinaba. Cuando alguien dudaba, él no corría a justificar se
quedaba para acompañar.
Ahora, en ese mirador, entendí que el duelo no es un muro; es una etapa. No se
trata de olvidar. Se trata de aprender a convivir con lo que falta. Y convivir no
significa resignarse. Convivir significa transformar. Significa tomar el dolor y, en
vez de convertirlo en odio, convertirlo en energía de cuidado.
Yo voy por los caminos me dije poniendo nueve claves en mis alejandrinos. No sé
exactamente cómo se escriben los números en el corazón, pero supe que él y la
poesía comparten una misma lógica la lógica del ritmo. Lo que nos sostiene no es
solo lo que decimos; es cómo lo repetimos. Es el patrón que nos ayuda a seguir.
Quise salir del mirador con la misma dignidad con la que una flor sale de su tallo
sin pedir permiso. Bajé. Y mientras bajaba, me repetí que todo es bello, pero no de
esa belleza decorativa que ignora el sufrimiento; todo es bello porque sigue
existiendo. Hay belleza en las mañanas aunque el pecho esté quebrado. Hay
belleza en la comunidad aunque el mundo duela. Hay belleza en el intento incluso
cuando el intento parece demasiado.