A PROPÓSITO DE UN CASO DE NEUROSIS OBSESIVA
(C. EL GRAN TEMOR OBSESIVO)
Sigmund Freud (1909)
Resumen:
Quiero comenzar hoy compartiendo una experiencia que fue la razón directa de acudir a ustedes. Sucedió en agosto, durante las
maniobras militares en X.
Antes de este evento, nos encontrábamos en un estado miserable, atormentados por una serie de pensamientos obsesivos que,
sin embargo, cesaron durante las maniobras. Nos interesaba demostrar a los oficiales presentes que no solo habíamos adquirido
conocimientos, sino que también éramos capaces de soportar situaciones desafiantes.
Durante una marcha desde X, perdimos nuestros anteojos y, aunque habría sido fácil encontrarlos, decidimos no retrasar la par tida
para buscarlos. En ese momento, nos sentamos entre dos oficiales; uno de ellos nos causaba cierta angustia debido a su eviden te
interés en la crueldad.
Durante nuestra conversación, este oficial mencionó un castigo extremadamente perturbador que supuestamente se aplicaba en
Oriente, pero prefirió omitir los detalles gráficos por consideración. Aunque no compartíamos su inclinación por la crueldad, nos
vimos obligados a escuchar su relato con atención.
En esos momentos, su expresión facial revelaba una mezcla extraña de horror y, aparentemente, placer, que él mismo parecía
ignorar. A pesar de nuestras propias reservas, intentamos comprender la naturaleza de su experiencia, aunque nos resultaba di fícil.
Interrumpimos el relato para asegurarnos de lo extraños y hostiles que se nos contraponen esos pensamientos. Rápidamente se
anuda en nosotros todo lo que sigue. Cuando el capitán menciona el cruel castigo, logro defenderme con mis fórmulas habituale s:
un "pero" acompañado de un gesto de desdén y el dicho: "¡Qué se te ocurre!".
Hasta ahora, solo había una idea: que el castigo de las ratas podría cumplirse en la dama. Pero ahora confieso que también temo
que ese castigo recaiga en mi padre, aunque él falleció hace años. Esto me lleva a ocultar esta confesión un poco más.
Al atardecer del día siguiente, el capitán me entrega un paquete con mis anteojos encargados por correo y me dice que el teni ente
primero A. pagó el reembolso por mí. Debo devolverle el dinero, pero surge una "sanción": si devuelvo el dinero, temo que la
fantasía de las ratas se cumpla en mi padre y la dama. Así que me impongo un juramento interno de devolver las 3,80 coronas a
A.
Dos días después, terminan las maniobras. Intento devolver el dinero, enfrentando dificultades objetivas. Me siento confundid o y
desorientado al intentar cumplir mi juramento, que se basa en una premisa falsa sobre quién debe recibir el dinero.
En esa misma sesión, reflexiono sobre cómo he situado mis temores no solo en la vida temporal, sino también en el más allá.
Desde una juventud religiosa hasta mi actual pensamiento libre, justifico mis contradicciones con la incertidumbre sobre la v ida
después de la muerte.
En la tercera sesión, él relata con detalle sus persistentes esfuerzos por cumplir el juramento obsesivo. Después de la reuni ón de
oficiales, donde habla como en un trance debido a sus pensamientos recurrentes, enfrenta una noche de intensos debates
internos. El principal argumento en su conflicto mental es la premisa errónea de su juramento: el pago realizado por el teniente
primero A. en su nombre. A pesar de las dudas y la confusión, decide no abordar directamente a A. durante su encuentro en la
estación ferroviaria, optando por enviar a su asistente con un aviso para una visita posterior.
Durante su viaje en tren hacia Viena, sigue luchando con la dualidad de sus razones: por un lado, ve su juramento como una
cobardía por evitar la incomodidad de pedir ayuda a A.; por otro lado, considera que cumplir el juramento solo perpetuaría su
tormento mental. Estas reflexiones lo llevan a tomar decisiones aparentemente impulsivas, como subirse al tren hacia Viena sin
un plan claro de acción.
En Viena, su amigo lo tranquiliza temporalmente, cuestionando sus obsesiones y ofreciéndole apoyo emocional. Juntos, deciden
devolver las 3,80 coronas a la estafeta postal, donde se aclara que el pago debía hacerse directamente a la empleada del correo,
no a los tenientes A. o B. Esta revelación desenreda las distorsiones previas de su relato, mostrando la complejidad y la
irracionalidad de sus acciones bajo la influencia de sus obsesiones.
1
Realizado por MatyBuda
(C. EL GRAN TEMOR OBSESIVO)
Sigmund Freud (1909)
Resumen:
Quiero comenzar hoy compartiendo una experiencia que fue la razón directa de acudir a ustedes. Sucedió en agosto, durante las
maniobras militares en X.
Antes de este evento, nos encontrábamos en un estado miserable, atormentados por una serie de pensamientos obsesivos que,
sin embargo, cesaron durante las maniobras. Nos interesaba demostrar a los oficiales presentes que no solo habíamos adquirido
conocimientos, sino que también éramos capaces de soportar situaciones desafiantes.
Durante una marcha desde X, perdimos nuestros anteojos y, aunque habría sido fácil encontrarlos, decidimos no retrasar la par tida
para buscarlos. En ese momento, nos sentamos entre dos oficiales; uno de ellos nos causaba cierta angustia debido a su eviden te
interés en la crueldad.
Durante nuestra conversación, este oficial mencionó un castigo extremadamente perturbador que supuestamente se aplicaba en
Oriente, pero prefirió omitir los detalles gráficos por consideración. Aunque no compartíamos su inclinación por la crueldad, nos
vimos obligados a escuchar su relato con atención.
En esos momentos, su expresión facial revelaba una mezcla extraña de horror y, aparentemente, placer, que él mismo parecía
ignorar. A pesar de nuestras propias reservas, intentamos comprender la naturaleza de su experiencia, aunque nos resultaba di fícil.
Interrumpimos el relato para asegurarnos de lo extraños y hostiles que se nos contraponen esos pensamientos. Rápidamente se
anuda en nosotros todo lo que sigue. Cuando el capitán menciona el cruel castigo, logro defenderme con mis fórmulas habituale s:
un "pero" acompañado de un gesto de desdén y el dicho: "¡Qué se te ocurre!".
Hasta ahora, solo había una idea: que el castigo de las ratas podría cumplirse en la dama. Pero ahora confieso que también temo
que ese castigo recaiga en mi padre, aunque él falleció hace años. Esto me lleva a ocultar esta confesión un poco más.
Al atardecer del día siguiente, el capitán me entrega un paquete con mis anteojos encargados por correo y me dice que el teni ente
primero A. pagó el reembolso por mí. Debo devolverle el dinero, pero surge una "sanción": si devuelvo el dinero, temo que la
fantasía de las ratas se cumpla en mi padre y la dama. Así que me impongo un juramento interno de devolver las 3,80 coronas a
A.
Dos días después, terminan las maniobras. Intento devolver el dinero, enfrentando dificultades objetivas. Me siento confundid o y
desorientado al intentar cumplir mi juramento, que se basa en una premisa falsa sobre quién debe recibir el dinero.
En esa misma sesión, reflexiono sobre cómo he situado mis temores no solo en la vida temporal, sino también en el más allá.
Desde una juventud religiosa hasta mi actual pensamiento libre, justifico mis contradicciones con la incertidumbre sobre la v ida
después de la muerte.
En la tercera sesión, él relata con detalle sus persistentes esfuerzos por cumplir el juramento obsesivo. Después de la reuni ón de
oficiales, donde habla como en un trance debido a sus pensamientos recurrentes, enfrenta una noche de intensos debates
internos. El principal argumento en su conflicto mental es la premisa errónea de su juramento: el pago realizado por el teniente
primero A. en su nombre. A pesar de las dudas y la confusión, decide no abordar directamente a A. durante su encuentro en la
estación ferroviaria, optando por enviar a su asistente con un aviso para una visita posterior.
Durante su viaje en tren hacia Viena, sigue luchando con la dualidad de sus razones: por un lado, ve su juramento como una
cobardía por evitar la incomodidad de pedir ayuda a A.; por otro lado, considera que cumplir el juramento solo perpetuaría su
tormento mental. Estas reflexiones lo llevan a tomar decisiones aparentemente impulsivas, como subirse al tren hacia Viena sin
un plan claro de acción.
En Viena, su amigo lo tranquiliza temporalmente, cuestionando sus obsesiones y ofreciéndole apoyo emocional. Juntos, deciden
devolver las 3,80 coronas a la estafeta postal, donde se aclara que el pago debía hacerse directamente a la empleada del correo,
no a los tenientes A. o B. Esta revelación desenreda las distorsiones previas de su relato, mostrando la complejidad y la
irracionalidad de sus acciones bajo la influencia de sus obsesiones.
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Realizado por MatyBuda