ACTITUDES
Francisco Morales - Enrique Rebolloso - Miguel Moya (1994)
Resumen:
¿QUÉ ES UNA ACTITUD?
La actitud se define como la asociación entre un objeto específico y una evaluación correspondiente, según Fazio (1989; p. 155).
Tanto el objeto como la evaluación son entendidos ampliamente en esta definición. Pueden ser objetos situacionales, personas o
problemas sociales. La evaluación abarca el afecto generado, las emociones movilizadas, los recuerdos emotivos de experiencias
pasadas, e incluso las creencias sobre la capacidad del objeto para alcanzar metas deseadas.
Cuando una persona carece de experiencia con el objeto o no tiene interés en él, la asociación objeto-evaluación no existe, lo que
se denomina como no-actitud en lugar de actitud. Esta falta de evaluación previa se observa, por ejemplo, en el estudio de LaPiere
sobre la actitud hacia la minoría étnica china.
La fuerza de esta asociación está influenciada por tres procesos distintos: cognitivo, afectivo y conductual. El proceso cognitivo
surge de un conocimiento detallado del objeto, el afectivo de experiencias intensas positivas o negativas, y el conductual de la
implicación directa con el objeto.
Una actitud, por tanto, consta de tres componentes: cognitivo (percepciones e información), afectivo (sentimientos) y conductual
(tendencias y acciones hacia el objeto). Aunque estos componentes pueden ser favorables o desfavorables, positivos o negativos,
todos representan evaluaciones del objeto.
Ajzen (1989) describe la actitud como una variable latente, inferida a partir de respuestas medibles que reflejan una evaluación
global positiva o negativa del objeto. La complejidad de la actitud se ilustra en el trabajo de Breckler (1984) sobre serpientes, donde
se empleó la técnica de Thurstone para medir los componentes cognitivos, afectivos y conductuales.
Cada componente fue evaluado utilizando diferentes métodos para asegurar una representación completa de la actitud hacia las
serpientes, destacando la importancia de evaluar todos los aspectos para comprender verdaderamente una actitud específica.
ESTRUCTURA DE LAS ACTITUDES
Las actitudes, según el estudio de Breckler, se componen de componentes cognitivos, afectivos y conductuales. Estos elementos
representan las respuestas de una persona hacia el objeto de la actitud, clasificándose en información y creencias, afecto, o
intención y conducta. Aunque distintos entre sí, todos reflejan una disposición evaluativa hacia el objeto (Ajzen, 1989, p. 245).
Rosenberg y Hovland propusieron un modelo jerárquico donde estos componentes son subconjuntos de la actitud total,
implicando que las medidas dentro de cada componente deben ser altamente correlacionadas y menos correlacionadas con
medidas de otros componentes. El estudio de Breckler confirma este modelo al mostrar correlaciones significativas entre medidas
del mismo componente (como se observa en la Tabla), mientras que las correlaciones entre diferentes componentes son más
bajas, pero aún presentes.
Para caracterizar el componente cognitivo, se examina su diferenciación e integración: la primera se refiere al número de creencias
que una persona utiliza al pensar en un objeto actitudinal, y la segunda a la consistencia evaluativa de esas creencias hacia el
objeto. Mientras el estudio de LaPiere carece de medidas del componente cognitivo, el trabajo de Breckler utiliza diversas técnicas
para ofrecer una visión detallada y precisa de estos aspectos de la actitud.
1
Realizado por MatyBuda
, RELACIONES ENTRE LOS COMPONENTES ACTITUDINALES
La relación entre el componente cognitivo y afectivo se denomina consistencia afectivo-cognitiva, donde el afecto hacia un objeto
de actitud debería reflejar las creencias sobre ese objeto. Por ejemplo, si creemos que un objeto facilita nuestros objetivos, es
esperable sentir afecto positivo hacia él. En contraste, si percibimos que el objeto obstaculiza nuestros intereses, lo más probable
es experimentar afecto negativo. En el estudio de Breckler, personas con alta puntuación en la escala de afecto y estado de ánimo
positivo, pero baja en estado de ánimo negativo, podrían demostrar consistencia cognitiva si también muestran claras diferencias
en sus creencias evaluativas.
Sin embargo, las actitudes no siempre muestran esta consistencia afectivo-cognitiva esperada, especialmente cuando los objetos
de actitud son ambiguos y pueden tener impactos mixtos en nuestros intereses. Además, las actitudes formadas a partir de
experiencias afectivas intensas suelen tener un componente cognitivo más débil, lo que contradice esta consistencia.
La consistencia afectivo-conativa se refiere a la coincidencia entre el afecto hacia un objeto de actitud y la intención conductual
hacia él. Se espera esta coherencia porque las personas tienden a actuar de manera congruente con sus sentimientos percibidos
como positivos o negativos. Además, presiones sociales refuerzan la coherencia entre el afecto y la conducta pública. Teorías
psicológicas como la disonancia cognitiva, la autopercepción y el manejo de impresiones predicen este tipo de consistencia, cada
una con sus fundamentos teóricos específicos.
LA ACTITUD COMO TEMA O MARCO COGNITIVO
La existencia de tres componentes actitudinales plantea la cuestión de si la actitud realmente es diferente de los componentes
que la componen. Lingle y Ostrom (1981) exploran si la representación cognitiva de la actitud, basada en las creencias que
conforman el componente cognitivo, es distintiva por sí misma. Argumentan que la actitud actúa como un marco cognitivo
organizativo que influye en la percepción del objeto y las respuestas hacia él de una manera que las creencias individuales no
pueden lograr por sí solas.
Para verificar esto, Lingle y Ostrom realizaron estudios donde los sujetos formaron actitudes hacia la idoneidad de personas para
ciertas ocupaciones. Descubrieron que estas actitudes eran más fáciles de recordar que los detalles específicos de la información
relevante o irrelevante sobre las ocupaciones. Incluso una semana después, los sujetos recordaban tanto las ocupaciones juzgadas
como las actitudes expresadas, independientemente de la naturaleza de los detalles informativos que se les proporcionaron.
Además, encontraron que las actitudes facilitaban el procesamiento de la información. En un experimento, los sujetos que
formaron una actitud hacia una ocupación similar pudieron emitir juicios más rápidamente sobre ocupaciones relacionadas, en
comparación con aquellos que enfrentaron ocupaciones diferentes y no pudieron aplicar la actitud previamente formada, teniendo
que procesar nuevamente toda la información disponible.
Estos hallazgos sugieren que la actitud no solo es distintiva de sus componentes cognitivos, sino que también juega un papel crucial
como marco organizativo que simplifica la respuesta y el procesamiento de información frente a objetos de actitud familiarizados.
LA ACTITUD COMO ESQUEMA
En base a estudios como el de Levine y Murphy, se observa que las actitudes pueden influir en el aprendizaje selectivo, donde las
personas tienden a recordar mejor la información que se alinea con sus actitudes positivas o negativas. Por ejemplo, en su
investigación sobre actitudes hacia el comunismo, encontraron que los individuos con actitudes favorables recordaban más
efectivamente las comunicaciones que respaldaban el comunismo, mientras que aquellos con actitudes negativas mostraron lo
contrario.
Por otro lado, investigaciones como las de Judd y Kull (1980, citado en Pratkanis, 1989) sugieren que las actitudes conforman
esquemas bipolares, lo que significa que contienen conocimientos que respaldan tanto posiciones a favor como en contra de un
tema. Este enfoque facilita el aprendizaje y el recuerdo de información relacionada con extremos de la escala de actitud, donde la
información fuertemente evaluada es más memorable que la neutral.
Además, Pratkanis (1989) amplió este concepto al estudiar diversas actitudes, como las relacionadas con la energía nuclear y la
beneficencia. Descubrió que las actitudes que se sitúan en los extremos de la escala de actitud son recordadas y procesadas más
eficazmente que las que se encuentran en el punto medio. Esto sugiere que las actitudes pueden tener estructuras de
conocimiento tanto bipolares como unipolares, dependiendo del tema y de la disponibilidad de argumentos a favor y en contra en
el entorno social.
En resumen, las actitudes no solo influyen en cómo percibimos y recordamos la información, sino que también organizan nuestros
esquemas cognitivos de manera que facilitan el procesamiento selectivo de la información que respalda nuestras posiciones
extremas, ya sean positivas o negativas.
2
Realizado por MatyBuda
Francisco Morales - Enrique Rebolloso - Miguel Moya (1994)
Resumen:
¿QUÉ ES UNA ACTITUD?
La actitud se define como la asociación entre un objeto específico y una evaluación correspondiente, según Fazio (1989; p. 155).
Tanto el objeto como la evaluación son entendidos ampliamente en esta definición. Pueden ser objetos situacionales, personas o
problemas sociales. La evaluación abarca el afecto generado, las emociones movilizadas, los recuerdos emotivos de experiencias
pasadas, e incluso las creencias sobre la capacidad del objeto para alcanzar metas deseadas.
Cuando una persona carece de experiencia con el objeto o no tiene interés en él, la asociación objeto-evaluación no existe, lo que
se denomina como no-actitud en lugar de actitud. Esta falta de evaluación previa se observa, por ejemplo, en el estudio de LaPiere
sobre la actitud hacia la minoría étnica china.
La fuerza de esta asociación está influenciada por tres procesos distintos: cognitivo, afectivo y conductual. El proceso cognitivo
surge de un conocimiento detallado del objeto, el afectivo de experiencias intensas positivas o negativas, y el conductual de la
implicación directa con el objeto.
Una actitud, por tanto, consta de tres componentes: cognitivo (percepciones e información), afectivo (sentimientos) y conductual
(tendencias y acciones hacia el objeto). Aunque estos componentes pueden ser favorables o desfavorables, positivos o negativos,
todos representan evaluaciones del objeto.
Ajzen (1989) describe la actitud como una variable latente, inferida a partir de respuestas medibles que reflejan una evaluación
global positiva o negativa del objeto. La complejidad de la actitud se ilustra en el trabajo de Breckler (1984) sobre serpientes, donde
se empleó la técnica de Thurstone para medir los componentes cognitivos, afectivos y conductuales.
Cada componente fue evaluado utilizando diferentes métodos para asegurar una representación completa de la actitud hacia las
serpientes, destacando la importancia de evaluar todos los aspectos para comprender verdaderamente una actitud específica.
ESTRUCTURA DE LAS ACTITUDES
Las actitudes, según el estudio de Breckler, se componen de componentes cognitivos, afectivos y conductuales. Estos elementos
representan las respuestas de una persona hacia el objeto de la actitud, clasificándose en información y creencias, afecto, o
intención y conducta. Aunque distintos entre sí, todos reflejan una disposición evaluativa hacia el objeto (Ajzen, 1989, p. 245).
Rosenberg y Hovland propusieron un modelo jerárquico donde estos componentes son subconjuntos de la actitud total,
implicando que las medidas dentro de cada componente deben ser altamente correlacionadas y menos correlacionadas con
medidas de otros componentes. El estudio de Breckler confirma este modelo al mostrar correlaciones significativas entre medidas
del mismo componente (como se observa en la Tabla), mientras que las correlaciones entre diferentes componentes son más
bajas, pero aún presentes.
Para caracterizar el componente cognitivo, se examina su diferenciación e integración: la primera se refiere al número de creencias
que una persona utiliza al pensar en un objeto actitudinal, y la segunda a la consistencia evaluativa de esas creencias hacia el
objeto. Mientras el estudio de LaPiere carece de medidas del componente cognitivo, el trabajo de Breckler utiliza diversas técnicas
para ofrecer una visión detallada y precisa de estos aspectos de la actitud.
1
Realizado por MatyBuda
, RELACIONES ENTRE LOS COMPONENTES ACTITUDINALES
La relación entre el componente cognitivo y afectivo se denomina consistencia afectivo-cognitiva, donde el afecto hacia un objeto
de actitud debería reflejar las creencias sobre ese objeto. Por ejemplo, si creemos que un objeto facilita nuestros objetivos, es
esperable sentir afecto positivo hacia él. En contraste, si percibimos que el objeto obstaculiza nuestros intereses, lo más probable
es experimentar afecto negativo. En el estudio de Breckler, personas con alta puntuación en la escala de afecto y estado de ánimo
positivo, pero baja en estado de ánimo negativo, podrían demostrar consistencia cognitiva si también muestran claras diferencias
en sus creencias evaluativas.
Sin embargo, las actitudes no siempre muestran esta consistencia afectivo-cognitiva esperada, especialmente cuando los objetos
de actitud son ambiguos y pueden tener impactos mixtos en nuestros intereses. Además, las actitudes formadas a partir de
experiencias afectivas intensas suelen tener un componente cognitivo más débil, lo que contradice esta consistencia.
La consistencia afectivo-conativa se refiere a la coincidencia entre el afecto hacia un objeto de actitud y la intención conductual
hacia él. Se espera esta coherencia porque las personas tienden a actuar de manera congruente con sus sentimientos percibidos
como positivos o negativos. Además, presiones sociales refuerzan la coherencia entre el afecto y la conducta pública. Teorías
psicológicas como la disonancia cognitiva, la autopercepción y el manejo de impresiones predicen este tipo de consistencia, cada
una con sus fundamentos teóricos específicos.
LA ACTITUD COMO TEMA O MARCO COGNITIVO
La existencia de tres componentes actitudinales plantea la cuestión de si la actitud realmente es diferente de los componentes
que la componen. Lingle y Ostrom (1981) exploran si la representación cognitiva de la actitud, basada en las creencias que
conforman el componente cognitivo, es distintiva por sí misma. Argumentan que la actitud actúa como un marco cognitivo
organizativo que influye en la percepción del objeto y las respuestas hacia él de una manera que las creencias individuales no
pueden lograr por sí solas.
Para verificar esto, Lingle y Ostrom realizaron estudios donde los sujetos formaron actitudes hacia la idoneidad de personas para
ciertas ocupaciones. Descubrieron que estas actitudes eran más fáciles de recordar que los detalles específicos de la información
relevante o irrelevante sobre las ocupaciones. Incluso una semana después, los sujetos recordaban tanto las ocupaciones juzgadas
como las actitudes expresadas, independientemente de la naturaleza de los detalles informativos que se les proporcionaron.
Además, encontraron que las actitudes facilitaban el procesamiento de la información. En un experimento, los sujetos que
formaron una actitud hacia una ocupación similar pudieron emitir juicios más rápidamente sobre ocupaciones relacionadas, en
comparación con aquellos que enfrentaron ocupaciones diferentes y no pudieron aplicar la actitud previamente formada, teniendo
que procesar nuevamente toda la información disponible.
Estos hallazgos sugieren que la actitud no solo es distintiva de sus componentes cognitivos, sino que también juega un papel crucial
como marco organizativo que simplifica la respuesta y el procesamiento de información frente a objetos de actitud familiarizados.
LA ACTITUD COMO ESQUEMA
En base a estudios como el de Levine y Murphy, se observa que las actitudes pueden influir en el aprendizaje selectivo, donde las
personas tienden a recordar mejor la información que se alinea con sus actitudes positivas o negativas. Por ejemplo, en su
investigación sobre actitudes hacia el comunismo, encontraron que los individuos con actitudes favorables recordaban más
efectivamente las comunicaciones que respaldaban el comunismo, mientras que aquellos con actitudes negativas mostraron lo
contrario.
Por otro lado, investigaciones como las de Judd y Kull (1980, citado en Pratkanis, 1989) sugieren que las actitudes conforman
esquemas bipolares, lo que significa que contienen conocimientos que respaldan tanto posiciones a favor como en contra de un
tema. Este enfoque facilita el aprendizaje y el recuerdo de información relacionada con extremos de la escala de actitud, donde la
información fuertemente evaluada es más memorable que la neutral.
Además, Pratkanis (1989) amplió este concepto al estudiar diversas actitudes, como las relacionadas con la energía nuclear y la
beneficencia. Descubrió que las actitudes que se sitúan en los extremos de la escala de actitud son recordadas y procesadas más
eficazmente que las que se encuentran en el punto medio. Esto sugiere que las actitudes pueden tener estructuras de
conocimiento tanto bipolares como unipolares, dependiendo del tema y de la disponibilidad de argumentos a favor y en contra en
el entorno social.
En resumen, las actitudes no solo influyen en cómo percibimos y recordamos la información, sino que también organizan nuestros
esquemas cognitivos de manera que facilitan el procesamiento selectivo de la información que respalda nuestras posiciones
extremas, ya sean positivas o negativas.
2
Realizado por MatyBuda