EL ROSTRO BIFRONTE DEL FATALISMO: FATALISMO COLECTIVISTA
Y FATALISMO INDIVIDUALISTA
Amalio Blanco - Darío Díaz (2007)
Resumen:
El fatalismo ha sido tradicionalmente un marco central para el estudio de los procesos psicológicos en contextos marcados por el
colectivismo y un desarrollo económico débil. En estos casos, se ha mostrado como un esquema cognitivo definido por la
aceptación pasiva y sumisa de un destino irremediable, atribuido a la fuerza de la naturaleza o a la voluntad de algún Dios. Esta
imagen ha perdido sus contornos nítidos. Actualmente, el fatalismo también acompaña la vida de personas en culturas
individualistas y contextos económicos altamente desarrollados y opulentos, presentándose como un estado de incertidumbre,
inseguridad e indefensión frente a los eventos de la sociedad del riesgo global. En este artículo, desarrollamos esta doble vertiente
del fatalismo.
Ulrich Beck, uno de los pensadores más sagaces en las Ciencias Sociales, predice que la incertidumbre endémica caracterizará la
vida y la existencia básica de la mayoría de las personas, incluyendo las clases medias aparentemente acomodadas, en los próximos
años. Esta mención a las clases medias no es retórica, sino una sospecha de que la seguridad y certidumbre han comenzado a
abandonar a los principales beneficiarios de la modernidad. Para los más desfavorecidos, poco cambiará: su existencia seguirá
marcada por una lógica de dominación y sumisión pasiva, muchas veces enmascarada tras la voluntad de algún Dios.
Esta idea, central en la teoría de Max Horkheimer, interpela a la Psicología como ciencia y profesión al servicio del bienestar.
Incertidumbre, inseguridad, resignación, conformidad y apatía nos sitúan en el ámbito del fatalismo. Hoy en día, el fatalismo
presenta una doble cara: como estrategia de adaptación a amenazas incontrolables (como la destrucción ambiental, el terrorismo,
el desempleo y la exclusión) y como la tradicional aceptación pasiva de un destino irremediable emanado de una fuerza natural o
sobrenatural.
PRECEDENTES TEÓRICOS DEL FATALISMO: NECESIDAD DE COGNICIÓN Y NECESIDAD DE CONTROL
La mayoría de los animales superiores tienen estrategias que incluyen respuestas orientadoras, exploración locomotriz y
respuestas de investigación, agrupadas por Berlyne (1960) como comportamiento exploratorio. Este comportamiento es esencial
para ubicarse eficazmente en el medio, aprender a responder a sus exigencias y afrontar sus riesgos. Los seres humanos no son
una excepción; nuestro comportamiento exploratorio acumula información crucial para adaptarse y actuar en nuestro entorno.
Como dijo Jones y Gerard (1980), quien actúa no solo recibe información, sino que necesita toda la información pertinente
disponible.
Cercana a esta necesidad de información está la necesidad de cognición, definida por Cohen, Stotland y Wolfe (1955) como la
necesidad de comprender y hacer comprensibles las experiencias del entorno. Cacioppo y Petty (1982) describen esta necesidad
como la tendencia a disfrutar con actividades cognitivas complejas. Schachter (1961) vinculó la claridad cognitiva con la necesidad
de afiliación, mientras que Doise (1979) la definió como una herramienta eficaz en la lucha por la supervivencia.
El control, junto con la certidumbre, es central en la tradición psicosocial. Teorías como el intercambio (Thibaut y Kelley, 1959), el
locus de control (Rotter, 1966), la reactancia (Brehm, 1966), la creencia en un mundo justo (Lerner, 1971), la atribución (Kelley,
1971), la indefensión (Seligman, 1981), el fortalecimiento (Rappaport, 1981) y la autoeficacia (Bandura, 1997) se centran en el
control. Bandura (1997) afirma que los seres humanos siempre han luchado por controlar los eventos que afectan sus vidas. Esta
necesidad de dominar el entorno es omnipresente en la especie animal, como sugiere White (1959), quien sostiene que nuestras
conductas buscan interactuar eficazmente con el ambiente.
El control implica conocimiento, poder, actividad y confianza en nuestras acciones. Según Seligman (1981), la interacción eficaz es
controlable: logramos que los resultados deseados ocurran como consecuencia de nuestras respuestas voluntarias. Sin embargo,
Ulrich Beck destaca que la globalización del riesgo y la limitada controlabilidad de los peligros que hemos creado llevan a la
incertidumbre, inseguridad y falta de confianza en las instituciones, lo que provoca perturbaciones cognitivas, emocionales y
conductuales.
La incertidumbre y la incontrolabilidad causan una variedad de trastornos: la pasividad ante situaciones traumáticas, problemas
para resolver problemas simples y problemas de salud como úlceras de estómago. Esto también afecta la competitividad y
coordinación de movimientos, ilustrando la profundidad de estas perturbaciones en diversos contextos.
1
Realizado por MatyBuda
Y FATALISMO INDIVIDUALISTA
Amalio Blanco - Darío Díaz (2007)
Resumen:
El fatalismo ha sido tradicionalmente un marco central para el estudio de los procesos psicológicos en contextos marcados por el
colectivismo y un desarrollo económico débil. En estos casos, se ha mostrado como un esquema cognitivo definido por la
aceptación pasiva y sumisa de un destino irremediable, atribuido a la fuerza de la naturaleza o a la voluntad de algún Dios. Esta
imagen ha perdido sus contornos nítidos. Actualmente, el fatalismo también acompaña la vida de personas en culturas
individualistas y contextos económicos altamente desarrollados y opulentos, presentándose como un estado de incertidumbre,
inseguridad e indefensión frente a los eventos de la sociedad del riesgo global. En este artículo, desarrollamos esta doble vertiente
del fatalismo.
Ulrich Beck, uno de los pensadores más sagaces en las Ciencias Sociales, predice que la incertidumbre endémica caracterizará la
vida y la existencia básica de la mayoría de las personas, incluyendo las clases medias aparentemente acomodadas, en los próximos
años. Esta mención a las clases medias no es retórica, sino una sospecha de que la seguridad y certidumbre han comenzado a
abandonar a los principales beneficiarios de la modernidad. Para los más desfavorecidos, poco cambiará: su existencia seguirá
marcada por una lógica de dominación y sumisión pasiva, muchas veces enmascarada tras la voluntad de algún Dios.
Esta idea, central en la teoría de Max Horkheimer, interpela a la Psicología como ciencia y profesión al servicio del bienestar.
Incertidumbre, inseguridad, resignación, conformidad y apatía nos sitúan en el ámbito del fatalismo. Hoy en día, el fatalismo
presenta una doble cara: como estrategia de adaptación a amenazas incontrolables (como la destrucción ambiental, el terrorismo,
el desempleo y la exclusión) y como la tradicional aceptación pasiva de un destino irremediable emanado de una fuerza natural o
sobrenatural.
PRECEDENTES TEÓRICOS DEL FATALISMO: NECESIDAD DE COGNICIÓN Y NECESIDAD DE CONTROL
La mayoría de los animales superiores tienen estrategias que incluyen respuestas orientadoras, exploración locomotriz y
respuestas de investigación, agrupadas por Berlyne (1960) como comportamiento exploratorio. Este comportamiento es esencial
para ubicarse eficazmente en el medio, aprender a responder a sus exigencias y afrontar sus riesgos. Los seres humanos no son
una excepción; nuestro comportamiento exploratorio acumula información crucial para adaptarse y actuar en nuestro entorno.
Como dijo Jones y Gerard (1980), quien actúa no solo recibe información, sino que necesita toda la información pertinente
disponible.
Cercana a esta necesidad de información está la necesidad de cognición, definida por Cohen, Stotland y Wolfe (1955) como la
necesidad de comprender y hacer comprensibles las experiencias del entorno. Cacioppo y Petty (1982) describen esta necesidad
como la tendencia a disfrutar con actividades cognitivas complejas. Schachter (1961) vinculó la claridad cognitiva con la necesidad
de afiliación, mientras que Doise (1979) la definió como una herramienta eficaz en la lucha por la supervivencia.
El control, junto con la certidumbre, es central en la tradición psicosocial. Teorías como el intercambio (Thibaut y Kelley, 1959), el
locus de control (Rotter, 1966), la reactancia (Brehm, 1966), la creencia en un mundo justo (Lerner, 1971), la atribución (Kelley,
1971), la indefensión (Seligman, 1981), el fortalecimiento (Rappaport, 1981) y la autoeficacia (Bandura, 1997) se centran en el
control. Bandura (1997) afirma que los seres humanos siempre han luchado por controlar los eventos que afectan sus vidas. Esta
necesidad de dominar el entorno es omnipresente en la especie animal, como sugiere White (1959), quien sostiene que nuestras
conductas buscan interactuar eficazmente con el ambiente.
El control implica conocimiento, poder, actividad y confianza en nuestras acciones. Según Seligman (1981), la interacción eficaz es
controlable: logramos que los resultados deseados ocurran como consecuencia de nuestras respuestas voluntarias. Sin embargo,
Ulrich Beck destaca que la globalización del riesgo y la limitada controlabilidad de los peligros que hemos creado llevan a la
incertidumbre, inseguridad y falta de confianza en las instituciones, lo que provoca perturbaciones cognitivas, emocionales y
conductuales.
La incertidumbre y la incontrolabilidad causan una variedad de trastornos: la pasividad ante situaciones traumáticas, problemas
para resolver problemas simples y problemas de salud como úlceras de estómago. Esto también afecta la competitividad y
coordinación de movimientos, ilustrando la profundidad de estas perturbaciones en diversos contextos.
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