El Lector - Bernhard Schlink
Izzy Leisewitz
1ra Parte
Capítulo 1
- Michael Burg sufría de hepatitis a los 9 años. Vivía en el segundo piso de una
casa antigua en Blumenstrasse. Los días fríos se sentía débil, mientras que en
los días cálidos se fortalecía, tanto que su mamá instalaba su cama en el
balcón. La primera vez que salió después de la enfermedad fue para ir a la
Bahnhofstrasse después del colegio. Se había sentido especialmente débil los
últimos días, sus piernas parecían incapaces de sostenerlo y no tenía apetito,
lo que lo avergonzaba. Ahí vomitó por primera vez, a pesar de que intentó
contenerlo. Una mujer se acercó a ayudarlo y lo llevó al patio, donde había
madera seca y ropa tendida. Le lavó las manos y la cara con agua, tras lo
cual llevaron baldes con agua para lavar el vómito del piso. Michael empezó
a llorar, y ella lo consoló abrazándolo. Lo llevó de la mano a su casa, para que
su mamá lo llevara al hospital. Cuando Michael le cuenta sobre la mujer, su
mamá le dice que, una vez esté sano, le debe llevar un ramo de flores para
agradecerle. Unos años después, a finales de febrero, Michael la busca.
Capítulo 2
- La casa de la Bahnhofstrasse ya no existe. El nuevo edificio tiene 5 pisos y un
ático. El primer piso tiene pequeñas tiendas, y el resto del edificio consiste en
pequeños departamentos. La casa antigua había sido igual de alta pero con
sólo 4 pisos, y contaba con balcones y miradores. Ésa casa siempre había
llamado la atención de Michael. En una casa tan señorial, antigua y
ennegrecida, se imaginaba que vivían inquilinos extravagantes y sombríos,
quizá cojos, sordos, jorobados o mudos. Soñó con la casa varias veces,
siempre un sueño similar. Vagando por una ciudad extraña, por un barrio
extraño, ve la casa, la reconoce. Las ventanas están cubiertas por tanto polvo
que no deja ver. El sueño siempre termina con Michael frente a la puerta,
tirando de la manilla.
Capítulo 3
- No sabía el nombre de la mujer ni donde vivía, por lo que esperó en la puerta,
mirando los timbres, hasta que un hombre lo dirigió al tercer piso, a casa de
Frau Schmitz. El pasillo era muy modesto, sin alfombra ni espejos. Sólo la
escalera, limpia y desgastada, y el olor a productos de limpieza. Michael
nunca entró a otro departamento ni se topó con nadie en el pasillo. No
recuerda cómo saludó a Frau Schmitz, pero recuerda hablarle de su
enfermedad y su agradecimiento, y que luego ella lo dirigió a la cocina, que
era la habitación más grande del lugar. No había ventana, por lo que sólo se
iluminaba cuando se abría la puerta, y tampoco había calefacción. Se sentó
en una de las sillas mientras ella planchaba y dejaba la ropa doblada en la
, otra silla. Michael no pudo evitar ver su ropa interior. Frau Schmitz tenía su
largo pelo rubio atado en un moño sobre la nuca, pero eso es todo lo que
Michael puede recordar. Sabe que la encontró hermosa, pero no puede
recordar su hermosura.
Capítulo 4
- Cuando se disponía a irse, Frau Schmitz dijo que también tenía que salir y
que lo acompañaría, por lo que él la esperó mientras se cambiaba. Ella se
quitó el delantal y se puso un par de medias sedosas. Él no podía quitar su
mirada de ella, de su cuerpo. Cuando ella hizo contacto visual con él, Michael
enrojeció y salió corriendo del edificio, siguiendo lentamente el recorrido que
lo llevaba a su casa. Se enojó consigo mismo por la manera en que reaccionó,
diciéndose que había sido infantil e inmadura. ¡Ya tenía 15 años! También se
preguntaba por qué ella lo había cautivado. Era mucho más vieja que las
chicas de su escuela, y también mucho más femenina que el tipo que a él le
solía gustar. Ni siquiera había estado muy desnuda. Más adelante
comprendería que no había sido su figura, sino sus movimientos y posturas,
lo que lo habían interesado. Por un tiempo, cada vez que tenía novia, le pedía
que se pusiera medias. Ellas pensaban que era una afición por la ropa interior
picante o algo más erótico y posaban coquetamente, pero lo que él quería
era justamente lo contrario. Frau Schmitz nunca había coqueteado, y de
hecho parecía un poco torpe, pero eso era lo que él quería. Ella sólo seguía el
ritmo de su cuerpo.
Capítulo 5
- Ocho días después la fue a ver de nuevo. Aún no podía ir al colegio, se
pasaba el día leyendo, y sus amigos, aunque lo visitaban de vez en cuando,
se veían más aburridos y sus visitas eran más cortas. Necesitaba cansarse un
poco. Cuando se estaba enfermo, los sonidos del mundo exterior llegaban
amortiguados al paciente, y su habitación quedaba impregnada de
misterios, sombras y pistas de lugares remotos. La fiebre se desvanecía, pero
aquella sensación se quedaba ahí. A veces Michael despertaba con los
pantalones mojados, avergonzado por sus sueños y fantasías. Sabía que ni su
madre, ni su hermana mayor ni el cura lo retarían, pero eso era casi peor.
Tanto pensaba en Frau Schmitz que decidió ir de nuevo. Si tanto lo vivía en su
mente, ¿por qué no vivirlo en su cuerpo? Llegó a desear el pecado, a
buscarlo. Además, ir era lo mejor. Iría, se disculparía por su comportamiento,
ella lo perdonaría, y él se iría, todo con normalidad. En todo caso era mejor
que seguir pegado en sus fantasías. Así se mentía a sí mismo. Pero aún así
Michael no supo cómo tuvo el coraje para ir de verdad. Uno puede estar muy
decidido en algo, pero la acción no siempre se cumple. Es algo separado,
independiente e impredecible.
Capítulo 6
- No estaba en su casa. Esperó sentado en las escaleras del tercer piso,
escuchando el suave tic tac del reloj. Estaba decidido a verla. Había pasado
Izzy Leisewitz
1ra Parte
Capítulo 1
- Michael Burg sufría de hepatitis a los 9 años. Vivía en el segundo piso de una
casa antigua en Blumenstrasse. Los días fríos se sentía débil, mientras que en
los días cálidos se fortalecía, tanto que su mamá instalaba su cama en el
balcón. La primera vez que salió después de la enfermedad fue para ir a la
Bahnhofstrasse después del colegio. Se había sentido especialmente débil los
últimos días, sus piernas parecían incapaces de sostenerlo y no tenía apetito,
lo que lo avergonzaba. Ahí vomitó por primera vez, a pesar de que intentó
contenerlo. Una mujer se acercó a ayudarlo y lo llevó al patio, donde había
madera seca y ropa tendida. Le lavó las manos y la cara con agua, tras lo
cual llevaron baldes con agua para lavar el vómito del piso. Michael empezó
a llorar, y ella lo consoló abrazándolo. Lo llevó de la mano a su casa, para que
su mamá lo llevara al hospital. Cuando Michael le cuenta sobre la mujer, su
mamá le dice que, una vez esté sano, le debe llevar un ramo de flores para
agradecerle. Unos años después, a finales de febrero, Michael la busca.
Capítulo 2
- La casa de la Bahnhofstrasse ya no existe. El nuevo edificio tiene 5 pisos y un
ático. El primer piso tiene pequeñas tiendas, y el resto del edificio consiste en
pequeños departamentos. La casa antigua había sido igual de alta pero con
sólo 4 pisos, y contaba con balcones y miradores. Ésa casa siempre había
llamado la atención de Michael. En una casa tan señorial, antigua y
ennegrecida, se imaginaba que vivían inquilinos extravagantes y sombríos,
quizá cojos, sordos, jorobados o mudos. Soñó con la casa varias veces,
siempre un sueño similar. Vagando por una ciudad extraña, por un barrio
extraño, ve la casa, la reconoce. Las ventanas están cubiertas por tanto polvo
que no deja ver. El sueño siempre termina con Michael frente a la puerta,
tirando de la manilla.
Capítulo 3
- No sabía el nombre de la mujer ni donde vivía, por lo que esperó en la puerta,
mirando los timbres, hasta que un hombre lo dirigió al tercer piso, a casa de
Frau Schmitz. El pasillo era muy modesto, sin alfombra ni espejos. Sólo la
escalera, limpia y desgastada, y el olor a productos de limpieza. Michael
nunca entró a otro departamento ni se topó con nadie en el pasillo. No
recuerda cómo saludó a Frau Schmitz, pero recuerda hablarle de su
enfermedad y su agradecimiento, y que luego ella lo dirigió a la cocina, que
era la habitación más grande del lugar. No había ventana, por lo que sólo se
iluminaba cuando se abría la puerta, y tampoco había calefacción. Se sentó
en una de las sillas mientras ella planchaba y dejaba la ropa doblada en la
, otra silla. Michael no pudo evitar ver su ropa interior. Frau Schmitz tenía su
largo pelo rubio atado en un moño sobre la nuca, pero eso es todo lo que
Michael puede recordar. Sabe que la encontró hermosa, pero no puede
recordar su hermosura.
Capítulo 4
- Cuando se disponía a irse, Frau Schmitz dijo que también tenía que salir y
que lo acompañaría, por lo que él la esperó mientras se cambiaba. Ella se
quitó el delantal y se puso un par de medias sedosas. Él no podía quitar su
mirada de ella, de su cuerpo. Cuando ella hizo contacto visual con él, Michael
enrojeció y salió corriendo del edificio, siguiendo lentamente el recorrido que
lo llevaba a su casa. Se enojó consigo mismo por la manera en que reaccionó,
diciéndose que había sido infantil e inmadura. ¡Ya tenía 15 años! También se
preguntaba por qué ella lo había cautivado. Era mucho más vieja que las
chicas de su escuela, y también mucho más femenina que el tipo que a él le
solía gustar. Ni siquiera había estado muy desnuda. Más adelante
comprendería que no había sido su figura, sino sus movimientos y posturas,
lo que lo habían interesado. Por un tiempo, cada vez que tenía novia, le pedía
que se pusiera medias. Ellas pensaban que era una afición por la ropa interior
picante o algo más erótico y posaban coquetamente, pero lo que él quería
era justamente lo contrario. Frau Schmitz nunca había coqueteado, y de
hecho parecía un poco torpe, pero eso era lo que él quería. Ella sólo seguía el
ritmo de su cuerpo.
Capítulo 5
- Ocho días después la fue a ver de nuevo. Aún no podía ir al colegio, se
pasaba el día leyendo, y sus amigos, aunque lo visitaban de vez en cuando,
se veían más aburridos y sus visitas eran más cortas. Necesitaba cansarse un
poco. Cuando se estaba enfermo, los sonidos del mundo exterior llegaban
amortiguados al paciente, y su habitación quedaba impregnada de
misterios, sombras y pistas de lugares remotos. La fiebre se desvanecía, pero
aquella sensación se quedaba ahí. A veces Michael despertaba con los
pantalones mojados, avergonzado por sus sueños y fantasías. Sabía que ni su
madre, ni su hermana mayor ni el cura lo retarían, pero eso era casi peor.
Tanto pensaba en Frau Schmitz que decidió ir de nuevo. Si tanto lo vivía en su
mente, ¿por qué no vivirlo en su cuerpo? Llegó a desear el pecado, a
buscarlo. Además, ir era lo mejor. Iría, se disculparía por su comportamiento,
ella lo perdonaría, y él se iría, todo con normalidad. En todo caso era mejor
que seguir pegado en sus fantasías. Así se mentía a sí mismo. Pero aún así
Michael no supo cómo tuvo el coraje para ir de verdad. Uno puede estar muy
decidido en algo, pero la acción no siempre se cumple. Es algo separado,
independiente e impredecible.
Capítulo 6
- No estaba en su casa. Esperó sentado en las escaleras del tercer piso,
escuchando el suave tic tac del reloj. Estaba decidido a verla. Había pasado