RACIONALIDAD E IMAGINARIO SOCIAL
EN EL DISCURSO DEL ORDEN
Enrique E. Mari (1993)
Resumen:
EL DISPOSITIVO DEL PODER: DISCURSO DEL ORDEN E IMAGINARIO SOCIAL
En nuestra sociedad, la distribución del poder y su correlación con jerarquías desiguales han estado acompañadas por mecanismos
de legitimación y rituales complejos. Se construye un discurso del orden que presenta los resultados sociales como naturales o
divinos, justificando un orden necesario "para el provecho del mundo", aunque en realidad beneficia a grupos privilegiados como
clanes, tribus, pueblos vencedores, comunidades o clases privilegiadas.
Este discurso se inserta en prácticas como ceremonias, himnos, distribución de rangos y prestigios, símbolos funerarios y rituales
que conectan al ser humano con la solemnidad de la palabra, manipulando y consolidando el poder. El "discurso del orden" y el
"imaginario social" se unen en el "dispositivo de poder", mostrando la complejidad del fenómeno del poder, analizado desde una
perspectiva clásica ligada a la soberanía.
Thomas Hobbes desarrolló el modelo del poder absoluto en su obra "Leviatán", donde el soberano, mediante el pacto social,
obtiene un poder incontestable para garantizar la seguridad y el orden, regulando leyes y derechos sin estar sujeto a las mismas
convenciones que los individuos. Según Hobbes, "la soberanía es un alma artificial que da vida y movimiento al cuerpo". El
soberano es el legislador, controla doctrinas y opiniones, y reparte recompensas y castigos, ejerciendo su autoridad sin ser
cuestionado.
A la luz de esta injusticiabilidad, comprendemos el dilema jurídico y político que surgió un siglo después de Hobbes, cuando en
1793 la Convención Nacional tuvo que juzgar al último rey del Antiguo Régimen, Luis XVI. Su defensor, Malesherbes, argumentó
que, para juzgar a Luis XVI, debía haber una ley previa aplicable, lo que no existía. Saint-Just, en cambio, sostenía que el rey debía
ser juzgado no como ciudadano, sino como enemigo, ya que su única culpa era haber sido rey.
Robespierre añadió que el juicio no era un proceso penal común, sino una medida de salud pública: Luis debía morir para que la
patria viviera. Este debate subraya la injusticiabilidad del poder soberano y su emanación del derecho, destacando que el soberano
actúa fuera del derecho común.
Hobbes aborda esta cuestión en "De Cive" y "Leviatán", donde sostiene que las convenciones sin la fuerza son solo palabras vacías.
La fuerza es el origen de las repúblicas, ya sea por conquista o por institución, donde los hombres se someten al soberano por
miedo. La fuerza es el elemento constitutivo del poder, pero necesita articularse con el discurso del orden y el imaginario social
para convertirse en poder efectivo.
El discurso del orden y el imaginario social reproducen la fuerza, transformándola en poder constante y socialmente transmisible,
asegurando la cohesión del grupo o la sociedad. Esta transformación hace que el poder sea operativo, manteniendo su presencia
y efectos incluso en ausencia de la fuerza física.
Fuerza, discurso del orden e imaginario social varían en su forma de articularse, interactuar y agruparse dentro del dispositivo del
poder, según los cambios históricos y las coyunturas económicas, políticas e ideológicas. Estas relaciones y combinaciones
dependen de dos factores principales.
Primero, dentro del dispositivo, el discurso del orden y el imaginario social son heterogéneos y cumplen diferentes funciones. El
discurso del orden es el lugar de la razón, perteneciendo al ámbito teórico y racional, manejado por juristas, filósofos políticos y
religiosos. Este discurso legitima el poder a través de normas jurídicas que comunican y ejercen la fuerza como coerción y control
social. La ley, como expresión formal de la fuerza, genera las operaciones ideológicas que justifican el poder.
Segundo, el imaginario social, a través de su capacidad de influir y moldear la percepción de la realidad social, transforma la fuerza
en poder efectivo y constante. La fuerza se convierte en poder al ser integrada y articulada con el discurso del orden y el imaginario
social, asegurando así la cohesión y continuidad del grupo o la sociedad.
En resumen, el poder se mantiene y reproduce no solo a través de la fuerza, sino también mediante la articulación con discursos
racionales y representaciones sociales que legitiman y perpetúan su dominio.
1
Realizado por MatyBuda
, El dispositivo del poder requiere que la fuerza y el discurso del orden estén incrustados en una estructura que movilice discursos
extraordinarios. En el imaginario social, terreno natural de las ideologías teóricas y prácticas, opera para unificar símbolos efectivos
adaptados a las circunstancias sociales. Esto permite que las instituciones del poder, como el orden jurídico, la moral y la religión,
se interioricen en la subjetividad humana, orientando tanto a los conscientes como a los inconscientes hacia un propósito común.
Más allá de la razón, el imaginario social apela a emociones, voluntades y deseos, funcionando de manera heterogénea y
pragmática en lo social. Este espacio está lleno de rituales religiosos y profanos, símbolos de poder y disciplina, y normas que
regulan y promueven comportamientos de agresión y sumisión. Estas formas de deseo anudadas en el poder tienen una función
dogmática, controlando la disciplina de los hombres y facilitando la obediencia a través del arte del poder y la doctrina jurídica.
Los administradores de las cárceles conocen bien que antiguas estrategias de manipulación de la obediencia al poder a través del
imaginario social estaban presentes desde los primeros modelos protestantes, como el Rasphuis de Ámsterdam, establecido en
1696. Este sistema, que prescindía de métodos físicos tradicionales como las galeras o las minas, se centraba en interdicciones
pobladas de exhortaciones espirituales, lecturas edificantes y la gestión meticulosa del tiempo. Su objetivo era atraer hacia el bien
moral y apartar del mal mediante el enfrentamiento del individuo con su propia alma.
En lugar de castigos físicos directos, se empleaban representaciones penales simbólicas que impactaban todos los sentidos y
despertaban afectos profundos y honestos. Esto facilitaba la internalización de normas jurídicas y morales a través de decorados,
afiches, marchas y efectos ópticos que organizaban emociones y sentidos de acuerdo con los esquemas dogmáticos de la
repetición. Este entramado simbólico no buscaba establecer una correspondencia unívoca entre los componentes del imaginario
social y del orden jurídico, sino más bien configurar una expresión de alta racionalidad dentro del dispositivo del poder.
Este enfoque se revela como crucial para la reproducción psicológica de la infraestructura económica de una formación social. En
este dispositivo ideológico, la función del imaginario es esculpir y moldear las actitudes hacia la ley, comparable a los ejercicios
espirituales propuestos por figuras como Ignacio de Loyola. Es un juego tangible y deseable de la ley que, mediante la figura de la
penitencia y el reconocimiento de la culpa, transforma la relación del individuo con el poder desde un simple arrepentimiento
hasta una aceptación y adaptación total a las normas y valores impuestos.
Así, los métodos empleados en lugares como el Rasphuis de Ámsterdam y otros modelos posteriores, como el Walnut Street Jail,
abierto en 1790, destacan por su flexibilidad y eficacia en la reeducación moral y social de los detenidos. Utilizan el imaginario no
solo como herramienta de control, sino como medio para la reforma interior y la reafirmación de la estructura de poder a través
de la disciplina, la penitencia y la aceptación moral.
En el contexto del imaginario social, se observa una práctica que se asemeja a la categoría aristotélica y marxista de la praxis,
enfocada en la creación de conexiones entre códigos y el mundo. Esta praxis activa los fantasmas y la subjetividad humana dentro
del ámbito social. El término "fantasma" no se refiere simplemente a productos de una imaginación descontrolada o tradicional,
sino que adquiere el sentido freudiano de representación de deseos y conflictos inconscientes.
En el imaginario social, se realiza la conexión entre el deseo y el poder. Freud y su teoría psicoanalítica han proporcionado
precisiones significativas sobre la vida fantasmática del sujeto y su organización relativamente estructurada. Obras como "La
interpretación de los sueños" y "Formulaciones sobre los dos principios del funcionamiento psíquico" son contribuciones
fundamentales para comprender las diversas modalidades del concepto psicoanalítico del fantasma en la realidad psíquica.
Esta conexión entre poder y deseo también ha sido abordada por la teoría político-jurídica, donde figuras como Hobbes, en su
obra "Leviatán", traducen esta dinámica psíquica como una necesidad social. Hobbes enfatiza la influencia recíproca entre lo social
y lo psíquico, argumentando que el hombre no puede vivir sin deseo, ya que el poder es el objeto principal de este deseo. Este
vínculo descendente entre poder y deseo, enraizado en condiciones sociales de posibilidad, asegura la reproducción del poder a
través del imaginario.
Esta articulación entre deseo y poder, la subordinación del poder al deseo en Dios para buscar lo imposible en la tierra, es un
camino que explica por qué el poder político y real recurre histórica y habitualmente a referencias divinas o a sus sustitutos
seculares para legitimarse y garantizarse. Este dominio del poder social es un campo amplio explorado por la teoría política y
jurídica, preocupada por construir marcos teóricos efectivos sobre cómo operan las instituciones divinas y seculares en la sociedad.
En suma, el imaginario social no solo constituye una aureola sagrada y profana de la ley, sino también el lugar donde se encuentran
sus últimas referencias y fundamentos.
Las ideologías, tanto en su aspecto teórico como práctico, influyen en la legitimación y estabilidad del poder en nuestra sociedad.
En períodos de calma y estabilidad social, estas ideologías funcionan casi invisiblemente, integrándose de manera natural en
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Realizado por MatyBuda
EN EL DISCURSO DEL ORDEN
Enrique E. Mari (1993)
Resumen:
EL DISPOSITIVO DEL PODER: DISCURSO DEL ORDEN E IMAGINARIO SOCIAL
En nuestra sociedad, la distribución del poder y su correlación con jerarquías desiguales han estado acompañadas por mecanismos
de legitimación y rituales complejos. Se construye un discurso del orden que presenta los resultados sociales como naturales o
divinos, justificando un orden necesario "para el provecho del mundo", aunque en realidad beneficia a grupos privilegiados como
clanes, tribus, pueblos vencedores, comunidades o clases privilegiadas.
Este discurso se inserta en prácticas como ceremonias, himnos, distribución de rangos y prestigios, símbolos funerarios y rituales
que conectan al ser humano con la solemnidad de la palabra, manipulando y consolidando el poder. El "discurso del orden" y el
"imaginario social" se unen en el "dispositivo de poder", mostrando la complejidad del fenómeno del poder, analizado desde una
perspectiva clásica ligada a la soberanía.
Thomas Hobbes desarrolló el modelo del poder absoluto en su obra "Leviatán", donde el soberano, mediante el pacto social,
obtiene un poder incontestable para garantizar la seguridad y el orden, regulando leyes y derechos sin estar sujeto a las mismas
convenciones que los individuos. Según Hobbes, "la soberanía es un alma artificial que da vida y movimiento al cuerpo". El
soberano es el legislador, controla doctrinas y opiniones, y reparte recompensas y castigos, ejerciendo su autoridad sin ser
cuestionado.
A la luz de esta injusticiabilidad, comprendemos el dilema jurídico y político que surgió un siglo después de Hobbes, cuando en
1793 la Convención Nacional tuvo que juzgar al último rey del Antiguo Régimen, Luis XVI. Su defensor, Malesherbes, argumentó
que, para juzgar a Luis XVI, debía haber una ley previa aplicable, lo que no existía. Saint-Just, en cambio, sostenía que el rey debía
ser juzgado no como ciudadano, sino como enemigo, ya que su única culpa era haber sido rey.
Robespierre añadió que el juicio no era un proceso penal común, sino una medida de salud pública: Luis debía morir para que la
patria viviera. Este debate subraya la injusticiabilidad del poder soberano y su emanación del derecho, destacando que el soberano
actúa fuera del derecho común.
Hobbes aborda esta cuestión en "De Cive" y "Leviatán", donde sostiene que las convenciones sin la fuerza son solo palabras vacías.
La fuerza es el origen de las repúblicas, ya sea por conquista o por institución, donde los hombres se someten al soberano por
miedo. La fuerza es el elemento constitutivo del poder, pero necesita articularse con el discurso del orden y el imaginario social
para convertirse en poder efectivo.
El discurso del orden y el imaginario social reproducen la fuerza, transformándola en poder constante y socialmente transmisible,
asegurando la cohesión del grupo o la sociedad. Esta transformación hace que el poder sea operativo, manteniendo su presencia
y efectos incluso en ausencia de la fuerza física.
Fuerza, discurso del orden e imaginario social varían en su forma de articularse, interactuar y agruparse dentro del dispositivo del
poder, según los cambios históricos y las coyunturas económicas, políticas e ideológicas. Estas relaciones y combinaciones
dependen de dos factores principales.
Primero, dentro del dispositivo, el discurso del orden y el imaginario social son heterogéneos y cumplen diferentes funciones. El
discurso del orden es el lugar de la razón, perteneciendo al ámbito teórico y racional, manejado por juristas, filósofos políticos y
religiosos. Este discurso legitima el poder a través de normas jurídicas que comunican y ejercen la fuerza como coerción y control
social. La ley, como expresión formal de la fuerza, genera las operaciones ideológicas que justifican el poder.
Segundo, el imaginario social, a través de su capacidad de influir y moldear la percepción de la realidad social, transforma la fuerza
en poder efectivo y constante. La fuerza se convierte en poder al ser integrada y articulada con el discurso del orden y el imaginario
social, asegurando así la cohesión y continuidad del grupo o la sociedad.
En resumen, el poder se mantiene y reproduce no solo a través de la fuerza, sino también mediante la articulación con discursos
racionales y representaciones sociales que legitiman y perpetúan su dominio.
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Realizado por MatyBuda
, El dispositivo del poder requiere que la fuerza y el discurso del orden estén incrustados en una estructura que movilice discursos
extraordinarios. En el imaginario social, terreno natural de las ideologías teóricas y prácticas, opera para unificar símbolos efectivos
adaptados a las circunstancias sociales. Esto permite que las instituciones del poder, como el orden jurídico, la moral y la religión,
se interioricen en la subjetividad humana, orientando tanto a los conscientes como a los inconscientes hacia un propósito común.
Más allá de la razón, el imaginario social apela a emociones, voluntades y deseos, funcionando de manera heterogénea y
pragmática en lo social. Este espacio está lleno de rituales religiosos y profanos, símbolos de poder y disciplina, y normas que
regulan y promueven comportamientos de agresión y sumisión. Estas formas de deseo anudadas en el poder tienen una función
dogmática, controlando la disciplina de los hombres y facilitando la obediencia a través del arte del poder y la doctrina jurídica.
Los administradores de las cárceles conocen bien que antiguas estrategias de manipulación de la obediencia al poder a través del
imaginario social estaban presentes desde los primeros modelos protestantes, como el Rasphuis de Ámsterdam, establecido en
1696. Este sistema, que prescindía de métodos físicos tradicionales como las galeras o las minas, se centraba en interdicciones
pobladas de exhortaciones espirituales, lecturas edificantes y la gestión meticulosa del tiempo. Su objetivo era atraer hacia el bien
moral y apartar del mal mediante el enfrentamiento del individuo con su propia alma.
En lugar de castigos físicos directos, se empleaban representaciones penales simbólicas que impactaban todos los sentidos y
despertaban afectos profundos y honestos. Esto facilitaba la internalización de normas jurídicas y morales a través de decorados,
afiches, marchas y efectos ópticos que organizaban emociones y sentidos de acuerdo con los esquemas dogmáticos de la
repetición. Este entramado simbólico no buscaba establecer una correspondencia unívoca entre los componentes del imaginario
social y del orden jurídico, sino más bien configurar una expresión de alta racionalidad dentro del dispositivo del poder.
Este enfoque se revela como crucial para la reproducción psicológica de la infraestructura económica de una formación social. En
este dispositivo ideológico, la función del imaginario es esculpir y moldear las actitudes hacia la ley, comparable a los ejercicios
espirituales propuestos por figuras como Ignacio de Loyola. Es un juego tangible y deseable de la ley que, mediante la figura de la
penitencia y el reconocimiento de la culpa, transforma la relación del individuo con el poder desde un simple arrepentimiento
hasta una aceptación y adaptación total a las normas y valores impuestos.
Así, los métodos empleados en lugares como el Rasphuis de Ámsterdam y otros modelos posteriores, como el Walnut Street Jail,
abierto en 1790, destacan por su flexibilidad y eficacia en la reeducación moral y social de los detenidos. Utilizan el imaginario no
solo como herramienta de control, sino como medio para la reforma interior y la reafirmación de la estructura de poder a través
de la disciplina, la penitencia y la aceptación moral.
En el contexto del imaginario social, se observa una práctica que se asemeja a la categoría aristotélica y marxista de la praxis,
enfocada en la creación de conexiones entre códigos y el mundo. Esta praxis activa los fantasmas y la subjetividad humana dentro
del ámbito social. El término "fantasma" no se refiere simplemente a productos de una imaginación descontrolada o tradicional,
sino que adquiere el sentido freudiano de representación de deseos y conflictos inconscientes.
En el imaginario social, se realiza la conexión entre el deseo y el poder. Freud y su teoría psicoanalítica han proporcionado
precisiones significativas sobre la vida fantasmática del sujeto y su organización relativamente estructurada. Obras como "La
interpretación de los sueños" y "Formulaciones sobre los dos principios del funcionamiento psíquico" son contribuciones
fundamentales para comprender las diversas modalidades del concepto psicoanalítico del fantasma en la realidad psíquica.
Esta conexión entre poder y deseo también ha sido abordada por la teoría político-jurídica, donde figuras como Hobbes, en su
obra "Leviatán", traducen esta dinámica psíquica como una necesidad social. Hobbes enfatiza la influencia recíproca entre lo social
y lo psíquico, argumentando que el hombre no puede vivir sin deseo, ya que el poder es el objeto principal de este deseo. Este
vínculo descendente entre poder y deseo, enraizado en condiciones sociales de posibilidad, asegura la reproducción del poder a
través del imaginario.
Esta articulación entre deseo y poder, la subordinación del poder al deseo en Dios para buscar lo imposible en la tierra, es un
camino que explica por qué el poder político y real recurre histórica y habitualmente a referencias divinas o a sus sustitutos
seculares para legitimarse y garantizarse. Este dominio del poder social es un campo amplio explorado por la teoría política y
jurídica, preocupada por construir marcos teóricos efectivos sobre cómo operan las instituciones divinas y seculares en la sociedad.
En suma, el imaginario social no solo constituye una aureola sagrada y profana de la ley, sino también el lugar donde se encuentran
sus últimas referencias y fundamentos.
Las ideologías, tanto en su aspecto teórico como práctico, influyen en la legitimación y estabilidad del poder en nuestra sociedad.
En períodos de calma y estabilidad social, estas ideologías funcionan casi invisiblemente, integrándose de manera natural en
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Realizado por MatyBuda