sucesos incognoscibles o incluso como simple consuelo y esperanza,
ha estado ligada a la existencia humana desde tiempos inmemoriales.
El hecho de creer, de querer creer, en algo que transcienda a la vida y al
sufrimiento, no solo es considerado un punto clave en nuestro
desarrollo como especie, si no un argumento de cohesión popular que
nos acompaña y transciende.
Esta esperanza, porque al fin y al cabo se remonta a un ansía de
perfección y orden esperanzador, ha tenido múltiples formas y
caracteres, adoptado pluralidad de nombres e incluso convergido en
una única entidad, “Dios”. De este modo, Dios no solo engloba al dios
cristiano, ni al judío ni al panteón griego, es la suma de todos ellos, es
el acuerdo social presente en un lugar determinado, y, al mismo tiempo,
es algo nuevo. Esta identidad polifacética es todo lo que comprende la
palabra Dios, dejando un legado inmortal y una gran trayectoria de
pensamientos de perdurable historicidad.
Esta pluralidad sobre su figura se tratará de desambiguar desde
distintas perspectivas y épocas, preguntándonos a qué Dios se refieren
los autores a lo largo de la historia; qué entienden por dicho término o
cómo demuestran su existencia.
Esta entidad nace aproximadamente hace unos 40.000 o 50.000
años, con los primeros ritos y cultos dedicados a un conjunto de seres
de carácter extraterrenal. Su existencia se basaba más en la ignorancia
y supersticiones que en evidencias racionales, viéndose reflejados en
elementos o fenómenos naturales.
Con el desarrollo de la capacidad humana, estos dioses
empezaron a verse vestidos y arropados con nuevas cualidades y
explicaciones racionales, envueltos en la vida humana, pero con un
carácter superior y divino. Los mitos eran lo que les mantenían vivos,
siendo las pruebas irrefutables de su existencia, pero del mismo modo
en que los dioses se nutrían de estos, los propios humanos necesitaban
de dichas respuestas evitando así la incertidumbre, y con ella el
desamparo.
, En la época arcaica griega (s. VII y VI a.c), Homero y Hesíodo,
como grandes sistematizadores acercan las divinidades a los
ciudadanos, con explicaciones no racionales pero coherentes en un
sentido terapéutico. De este modo, la necesidad era un atributo
inexorable de su existencia.
Sin embargo, gracias a los llamados “presocráticos”, el sentido de
dichos dioses se fue orientando a principios que pudiesen sustentar
sus teorías sobre la realidad, puesto que ya no necesitaban ampararse
en estas respuestas incompletas. En este sentido, Tales se apoyó en los
“daimones” (fuerzas naturales), para resolver las carencias de la
explicación de su arché; Anaxímenes recurre a un “noûs” de carácter no
transcendente (gran influencia en Aristóteles o Hegel), entendiéndose
como una mente; Heráclito encuentra una solución a la aporía del
cambio con los pares opuestos y el eterno retorno; y Parménides con
un ser en sentido panteísta, ontológico, eterno y esférico.
Estas aportaciones no solo tendrán una gran influencia en los
pensamientos platónico y aristotélico, si no un gran alcance, gracias a
ello, en el cristianismo y el resto de culturas. Por otro lado, tesis como
la de Jenófanes1 y el atomismo, con su mecanicismo impartido en el
azar, sembrarán la duda e incertidumbre sobre la posibilidad de que
dichos dioses no sean más que una proyección humana, simple humo
disfrazado de verdad.
El maestro de Platón, Sócrates (s. V a.C.), retomará ideas
presocráticas, como dichos daimones, hablando de su influencia en el
proceso de conocimiento, y la orientación que le dispensaban para
hacer el bien. Por otro lado, Platón seguirá hablando de estos, pero
abogará por su “demiurgo”, de influencia pitagórica y de Anaxímenes, al
entenderlo como un matemático que ordena y proporciona el universo,
siendo una inteligencia que conecta sus dos mundos entre sí.
Aristóteles (384- 322 a.c), debido a una imperante necesidad
como en el caso de su maestro Platón, confiará al Primer Motor Inmóvil
la posibilidad de ser acto puro, es decir, punto de partida de todo
movimiento y ordenador del universo.
1
Según el cual, no son los dioses los que crearon a los hombres sino al contrario.