8.2 LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XIX. EL SISTEMA DE COMUNICACIONES: EL
FERROCARRIL. PROTECCIONISMO Y LIBRECAMBISMO. LA APARICIÓN DE LA BANCA MODERNA.
El desarrollo industrial en España fue muy lento, quedando rezagada con respecto al resto de los países
europeos. Así, desde 1808 a 1830 prima el estancamiento industrial como consecuencia del inexistente
mercado nacional, de las numerosas guerras como la de la Independencia o las carlistas y la independencia de
las colonias americanas, así como de la escasez de recursos y la ausencia de nuevas técnicas propias de la
revolución industrial. En 1830 arranca la industrialización en los sectores textiles y del hierro hasta 1860
produciéndose una modernización y una industrialización en torno a las minas de carbón y hierro en el Norte
de España y a industrias textiles de Cataluña, con una incipiente siderurgia en el sur (Málaga). Por último, desde
1860 hasta 1890, comienza un periodo de crisis con etapas de fuerte crecimiento.
Fue la industria textil de algodón la que inició realmente el camino de la industrialización y la modernización.
Esta se localizaba sobretodo en Cataluña gracias a la concentración de capitales americanos y de la agricultura,
junto a la introducción de maquinaria moderna. Este sector adquirió su máximo apogeo entre 1830 y 1860,
aunque 20 años más tarde entró en crisis. En cuanto al proceso de mecanización cabe destacar que a principios
de siglo se instalaron las primeras hilaturas mecánicas (mule Jenny), pero la Guerra de la Independencia supuso
un parón, que se retomó a partir de mediados de siglo. Por otro lado, el desarrollo de la industria siderúrgica
se debe a la demanda desde otros sectores como el agrario, textil o transportes (ferrocarril), especialmente
desde la segunda mitad del siglo XIX. Las principales zonas de producción siderúrgica serán Andalucía, Asturias
y País Vasco. Los primeros altos hornos se instalaron en Málaga, pero después, la proximidad de fuentes de
materias primas (carbón y hierro) hicieron que ese núcleo fuera sustituido por Asturias y País Vasco. El mayor
crecimiento se dará en Vizcaya a partir de mediados de siglo. Otras industrias importantes serán la industria de
la harina, aceite de oliva, calzado, cerámica, vidrio y alcoholes, la industria del gas para el alumbrado de las
ciudades como Barcelona o Madrid y la minera (Ley de Minas, 1868) liberalizando el sector.
En cuanto a los transportes, la accidentada orografía de la Península Ibérica dificultó la construcción de medios
de transporte internos, al suponer grandes dificultades técnicas y enormes costes. La gran novedad será la
construcción de una red ferroviaria, que se inicia con la aprobación del Plan General de Ferrocarriles en 1851.
Ya antes existían pequeños tramos como Barcelona-Mataró, Madrid-Aranjuez y Langreo-Gijón. En 1855 (con los
progresistas en el poder) e iniciándose hasta 1865, el periodo de máximo crecimiento y expansión ferroviaria,
se aprueba la Ley de ferrocarriles, apoyada con las Desamortizaciones de Madoz, en la Ley de Bancos y
Sociedades de Créditos. Esta ley concebía el ferrocarril como el elemento básico de la modernización. Sin
embargo, la cesión a las presiones capitalistas extranjeras hizo que en el articulado de la ley se contemplara el
que se importasen, libres de impuestos, locomotoras, raíles y maquinaria, lo que iba en perjuicio para el
desarrollo industrial español. Las principales líneas que se pusieron en marcha fueron Madrid-Alicante,
Barcelona-Zaragoza y Madrid-Irún, completándose con la conexión de todas ellas con Madrid y desde la capital
con Cádiz. El ferrocarril unía centros industriales y mineros y era considerado indispensable tanto para el
desarrollo interno de la economía como para la integración en el mercado internacional. Y aunque su
construcción fue tardía, cara y además se cometieron importantes errores como el ancho de vía, fue
considerado uno de los principales motores de la industrialización.
Durante el XIX la economía española estuvo marcada por la aplicación de medidas proteccionistas, alternadas
por pequeños periodos de librecambismo. En general el liberalismo conservador optó por el proteccionismo;
los industriales catalanes y vascos y los cerealistas castellanos, lograron que se les reservase el mercado
interior mediante el establecimiento de elevados aranceles que frenaban la entrada de los productos
extranjeros. En cambio, el liberalismo progresista defendía la aplicación del librecambismo, confiaban en que la
libre circulación de productos serviría de estímulo para la economía nacional. Así, la aparición de un verdadero
mercado nacional no llegó a ser completa hasta finales del siglo gracias al intercambio entre las distintas
regiones y al favorecer el movimiento de personas y la llegada de capitales extranjeros.
Hasta mediados del XIX no se produjo en España la aparición de la banca moderna. La Ley de Bancos y
Sociedades de Crédito fue el punto de partida para la modernización del sistema bancario. En 1856 se
aprobaron dos leyes, la primera que reguló la emisión de moneda y creó el Banco de España, la segunda fue la
Ley de Sociedades Bancarias y Crediticias que reglamentó el sector. En 1868, el ministro de Hacienda Laureano
Figuerola, instauró la peseta (divisible en cuatro reales y en cien céntimos) como moneda única, acabando con
la diversidad de monedas. Durante los primeros años de la Restauración se vivió una ‘fiebre del oro’. Tras el
desastre se fundaron algunos de los bancos más importantes, como el Santander, Bilbao o Vizcaya. Además, se
acometieron grandes obras públicas, como la construcción del Canal de Isabel II. La crisis de 1865 hundió el
crédito público pero tras 1898 se produjo un saneamiento de las deudas del Estado consiguiendo superávit
entre 1902 y 1909.
FERROCARRIL. PROTECCIONISMO Y LIBRECAMBISMO. LA APARICIÓN DE LA BANCA MODERNA.
El desarrollo industrial en España fue muy lento, quedando rezagada con respecto al resto de los países
europeos. Así, desde 1808 a 1830 prima el estancamiento industrial como consecuencia del inexistente
mercado nacional, de las numerosas guerras como la de la Independencia o las carlistas y la independencia de
las colonias americanas, así como de la escasez de recursos y la ausencia de nuevas técnicas propias de la
revolución industrial. En 1830 arranca la industrialización en los sectores textiles y del hierro hasta 1860
produciéndose una modernización y una industrialización en torno a las minas de carbón y hierro en el Norte
de España y a industrias textiles de Cataluña, con una incipiente siderurgia en el sur (Málaga). Por último, desde
1860 hasta 1890, comienza un periodo de crisis con etapas de fuerte crecimiento.
Fue la industria textil de algodón la que inició realmente el camino de la industrialización y la modernización.
Esta se localizaba sobretodo en Cataluña gracias a la concentración de capitales americanos y de la agricultura,
junto a la introducción de maquinaria moderna. Este sector adquirió su máximo apogeo entre 1830 y 1860,
aunque 20 años más tarde entró en crisis. En cuanto al proceso de mecanización cabe destacar que a principios
de siglo se instalaron las primeras hilaturas mecánicas (mule Jenny), pero la Guerra de la Independencia supuso
un parón, que se retomó a partir de mediados de siglo. Por otro lado, el desarrollo de la industria siderúrgica
se debe a la demanda desde otros sectores como el agrario, textil o transportes (ferrocarril), especialmente
desde la segunda mitad del siglo XIX. Las principales zonas de producción siderúrgica serán Andalucía, Asturias
y País Vasco. Los primeros altos hornos se instalaron en Málaga, pero después, la proximidad de fuentes de
materias primas (carbón y hierro) hicieron que ese núcleo fuera sustituido por Asturias y País Vasco. El mayor
crecimiento se dará en Vizcaya a partir de mediados de siglo. Otras industrias importantes serán la industria de
la harina, aceite de oliva, calzado, cerámica, vidrio y alcoholes, la industria del gas para el alumbrado de las
ciudades como Barcelona o Madrid y la minera (Ley de Minas, 1868) liberalizando el sector.
En cuanto a los transportes, la accidentada orografía de la Península Ibérica dificultó la construcción de medios
de transporte internos, al suponer grandes dificultades técnicas y enormes costes. La gran novedad será la
construcción de una red ferroviaria, que se inicia con la aprobación del Plan General de Ferrocarriles en 1851.
Ya antes existían pequeños tramos como Barcelona-Mataró, Madrid-Aranjuez y Langreo-Gijón. En 1855 (con los
progresistas en el poder) e iniciándose hasta 1865, el periodo de máximo crecimiento y expansión ferroviaria,
se aprueba la Ley de ferrocarriles, apoyada con las Desamortizaciones de Madoz, en la Ley de Bancos y
Sociedades de Créditos. Esta ley concebía el ferrocarril como el elemento básico de la modernización. Sin
embargo, la cesión a las presiones capitalistas extranjeras hizo que en el articulado de la ley se contemplara el
que se importasen, libres de impuestos, locomotoras, raíles y maquinaria, lo que iba en perjuicio para el
desarrollo industrial español. Las principales líneas que se pusieron en marcha fueron Madrid-Alicante,
Barcelona-Zaragoza y Madrid-Irún, completándose con la conexión de todas ellas con Madrid y desde la capital
con Cádiz. El ferrocarril unía centros industriales y mineros y era considerado indispensable tanto para el
desarrollo interno de la economía como para la integración en el mercado internacional. Y aunque su
construcción fue tardía, cara y además se cometieron importantes errores como el ancho de vía, fue
considerado uno de los principales motores de la industrialización.
Durante el XIX la economía española estuvo marcada por la aplicación de medidas proteccionistas, alternadas
por pequeños periodos de librecambismo. En general el liberalismo conservador optó por el proteccionismo;
los industriales catalanes y vascos y los cerealistas castellanos, lograron que se les reservase el mercado
interior mediante el establecimiento de elevados aranceles que frenaban la entrada de los productos
extranjeros. En cambio, el liberalismo progresista defendía la aplicación del librecambismo, confiaban en que la
libre circulación de productos serviría de estímulo para la economía nacional. Así, la aparición de un verdadero
mercado nacional no llegó a ser completa hasta finales del siglo gracias al intercambio entre las distintas
regiones y al favorecer el movimiento de personas y la llegada de capitales extranjeros.
Hasta mediados del XIX no se produjo en España la aparición de la banca moderna. La Ley de Bancos y
Sociedades de Crédito fue el punto de partida para la modernización del sistema bancario. En 1856 se
aprobaron dos leyes, la primera que reguló la emisión de moneda y creó el Banco de España, la segunda fue la
Ley de Sociedades Bancarias y Crediticias que reglamentó el sector. En 1868, el ministro de Hacienda Laureano
Figuerola, instauró la peseta (divisible en cuatro reales y en cien céntimos) como moneda única, acabando con
la diversidad de monedas. Durante los primeros años de la Restauración se vivió una ‘fiebre del oro’. Tras el
desastre se fundaron algunos de los bancos más importantes, como el Santander, Bilbao o Vizcaya. Además, se
acometieron grandes obras públicas, como la construcción del Canal de Isabel II. La crisis de 1865 hundió el
crédito público pero tras 1898 se produjo un saneamiento de las deudas del Estado consiguiendo superávit
entre 1902 y 1909.