La Psicología Social Comunitaria ante los cambios en la sociedad
contemporánea: De la reificación de lo común a la articulación de las
diferencias Marisela Montenegro
La captura de las posibilidades de acción colectiva acarrea consecuencias negativas para el
desarrollo de una Psicología Social Comunitaria (PSC) transformadora de nuestra realidad social y
política, una inquietud compartida con profesionales e investigadoras de otras disciplinas de las
ciencias sociales con las que desarrollamos nuestras prácticas de investigaciónacción.
Las dificultades, desesperanzas e incertidumbres respecto de la posibilidad de generar cambios
que redunden en mayores niveles de igualdad y justicia social en los escenarios comunitarios
pueden tener distintas lecturas.
En primer lugar, la praxis de la PSC se dirige a subsanar los problemas concretos derivados de un
modelo de sociedad que reproduce y consolida relaciones de dominación, ancladas en las formas
hegemónicas de pensar y actuar enquistadas en las ciencias sociales. Se trata de potenciar la
capacidad de acción de la comunidad para la transformación social. La profundización de los
procesos de fragmentación y desvinculación social dificultan, sin embargo, la construcción de
valores e intereses ―comunes‖ sobre los que se construye y promueve la PSC y que constituyen la
base para una acción colectiva. Asistimos, en segundo lugar, a la apropiación capitalista y pérdida
de potencial crítico de los principales conceptos de la PSC (comunidad, problematización,
participación, autogestión, fortalecimiento, etc.), que deriva en prácticas que con efectos
contrarios a los perseguidos. Este es resultado de la captura de conceptos y prácticas por agentes
no interesadas en las producción de cambios sociales profundos que deriven en intervenciones
acríticas, voluntaristas e ingenuas; insensibles a las relaciones de poder que atraviesan el espacio
social.
Los cambios socioeconómicos y las formas en que se desarrolla la práctica comunitaria están
probablemente interrelacionadas. La interrelación entre la esfera económica y la cultural debilita
los pilares básicos sobre los que se asienta la PSC: sujetos con sentimiento de comunidad anclados
en un espacio e identidad común y susceptibles de ofrecer su tiempo y esfuerzo para mejorar la
comunidad.
A propósito de estos procesos de exclusión-inclusión social, el escenario de las políticas sociales y,
en particular el de las políticas focalizadas, se ha constituido en un ámbito frecuente para la
inserción de los/as psicólogas comunitarias, lo que nos exige interrogarnos sobre las
características del sujeto que estas políticas contribuyen a construir (Sandomirsky, 2010). Las
políticas focalizadas, como resultado de un proceso de discriminación positiva al seleccionar a sus
destinatarias, las instituye como sujetos de carencia. El agente externo se aproxima a ellas desde
un diagnóstico predefinido con el consiguiente riesgo de que el sujeto desaparezca en su
singularidad. Aún en el marco del establecimiento de vínculos singularizantes y humanizados entre
los/as operadoras de la política social y los sujetos, se produce una disputa de sentidos acerca de
qué significa ser pobre y se instala una suerte de inevitabilidad de la dependencia (Rodríguez,
2012). De esta manera, suele instituirse un sujeto agradecido que personifica la política en la
persona que ejerce como operadora social y donde aquella queda invisibilizada en su más
profundo sentido político de incidir sobre la desigualdad socia.
Las acciones comunitarias toman como delimitador el criterio geográfico, en base al alcance de las
relaciones cotidianas de las personas participantes, por lo que se intensifica la acción en aquellos
espacios donde confluyen la mayor parte de relaciones. Esta aproximación tiende a vincular la
noción de comunidad con el espacio físico y el territorio. Si bien varias autoras de la PSC coinciden
en que el componente subjetivo (sentido de comunidad) es central frente al geográfico; la práctica
comunitaria tiende a superponer ambos aspectos. Sin embargo, los procesos de segregación
contemporánea: De la reificación de lo común a la articulación de las
diferencias Marisela Montenegro
La captura de las posibilidades de acción colectiva acarrea consecuencias negativas para el
desarrollo de una Psicología Social Comunitaria (PSC) transformadora de nuestra realidad social y
política, una inquietud compartida con profesionales e investigadoras de otras disciplinas de las
ciencias sociales con las que desarrollamos nuestras prácticas de investigaciónacción.
Las dificultades, desesperanzas e incertidumbres respecto de la posibilidad de generar cambios
que redunden en mayores niveles de igualdad y justicia social en los escenarios comunitarios
pueden tener distintas lecturas.
En primer lugar, la praxis de la PSC se dirige a subsanar los problemas concretos derivados de un
modelo de sociedad que reproduce y consolida relaciones de dominación, ancladas en las formas
hegemónicas de pensar y actuar enquistadas en las ciencias sociales. Se trata de potenciar la
capacidad de acción de la comunidad para la transformación social. La profundización de los
procesos de fragmentación y desvinculación social dificultan, sin embargo, la construcción de
valores e intereses ―comunes‖ sobre los que se construye y promueve la PSC y que constituyen la
base para una acción colectiva. Asistimos, en segundo lugar, a la apropiación capitalista y pérdida
de potencial crítico de los principales conceptos de la PSC (comunidad, problematización,
participación, autogestión, fortalecimiento, etc.), que deriva en prácticas que con efectos
contrarios a los perseguidos. Este es resultado de la captura de conceptos y prácticas por agentes
no interesadas en las producción de cambios sociales profundos que deriven en intervenciones
acríticas, voluntaristas e ingenuas; insensibles a las relaciones de poder que atraviesan el espacio
social.
Los cambios socioeconómicos y las formas en que se desarrolla la práctica comunitaria están
probablemente interrelacionadas. La interrelación entre la esfera económica y la cultural debilita
los pilares básicos sobre los que se asienta la PSC: sujetos con sentimiento de comunidad anclados
en un espacio e identidad común y susceptibles de ofrecer su tiempo y esfuerzo para mejorar la
comunidad.
A propósito de estos procesos de exclusión-inclusión social, el escenario de las políticas sociales y,
en particular el de las políticas focalizadas, se ha constituido en un ámbito frecuente para la
inserción de los/as psicólogas comunitarias, lo que nos exige interrogarnos sobre las
características del sujeto que estas políticas contribuyen a construir (Sandomirsky, 2010). Las
políticas focalizadas, como resultado de un proceso de discriminación positiva al seleccionar a sus
destinatarias, las instituye como sujetos de carencia. El agente externo se aproxima a ellas desde
un diagnóstico predefinido con el consiguiente riesgo de que el sujeto desaparezca en su
singularidad. Aún en el marco del establecimiento de vínculos singularizantes y humanizados entre
los/as operadoras de la política social y los sujetos, se produce una disputa de sentidos acerca de
qué significa ser pobre y se instala una suerte de inevitabilidad de la dependencia (Rodríguez,
2012). De esta manera, suele instituirse un sujeto agradecido que personifica la política en la
persona que ejerce como operadora social y donde aquella queda invisibilizada en su más
profundo sentido político de incidir sobre la desigualdad socia.
Las acciones comunitarias toman como delimitador el criterio geográfico, en base al alcance de las
relaciones cotidianas de las personas participantes, por lo que se intensifica la acción en aquellos
espacios donde confluyen la mayor parte de relaciones. Esta aproximación tiende a vincular la
noción de comunidad con el espacio físico y el territorio. Si bien varias autoras de la PSC coinciden
en que el componente subjetivo (sentido de comunidad) es central frente al geográfico; la práctica
comunitaria tiende a superponer ambos aspectos. Sin embargo, los procesos de segregación