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El islam salvó a los judíos. En el mundo actual, ésta es ciertamente una impopular e incómoda
reivindicación. Pero es una verdad histórica. El argumento para ello es doble. En primer lugar, en el
570 d. C., cuando el profeta Muhammad nació, los judíos y el judaísmo estaban en su camino hacia el
olvido. Y en segundo lugar, la venida del islam los rescató, proporcionándoles un nuevo contexto, en el
cual, no solo sobrevivieron sino que prosperaron, sentando además las bases para el posterior
florecimiento cultural judío, también en la cristiandad, desarrollándose a través de la época medieval
hasta el mundo moderno.
Llegado el siglo cuarto, el cristianismo se había convertido en la religión dominante del imperio
romano. Un resultado trascendental de este éxito fue su virulento antagonismo hacia las creencias
religiosas rivales, incluyendo el judaísmo, lo cual indujo a muchos miembros de esas religiones a la
conversión, a veces por la fuerza, al cristianismo. […] Esta grande e irreversible reducción numérica a
través de la conversión fue acompañada, entre el cuarto y el séptimo siglo, por una gradual, implacable
y muy eficaz erosión (= deterioro y destrucción) en derechos, posición social y económica, así como de
la vida cultural y religiosa de los judíos por todo el imperio romano. Esto se logró, en parte, por medios
legislativos. Una larga serie de leyes privó a los judíos de sus derechos como ciudadanos,
impidiéndoles el cumplimiento de sus obligaciones religiosas y excluyéndoles, por judíos, de la
sociedad en general.[…]
A todo esto se suma que los judíos, bajo el dominio cristiano, parecen haber perdido el
conocimiento cultural de sus propios idiomas: hebreo y arameo, y adoptaron el uso del latín o del
griego o bien otras lenguas locales; [...]. La pérdida de la fuerza unificadora representada por la lengua,
y además de la literatura con ella relacionada, fue un gran paso hacia la asimilación y la desaparición.
Las conquistas islámicas desde el siglo VII cambiaron el mundo, y lo hicieron de manera
espectacular y profunda, con un efecto permanente para los judíos. Pasado un siglo de la muerte del
profeta Mahoma, en 632, los ejércitos musulmanes habían conquistado casi toda el área donde los
judíos vivían, desde la Península Ibérica hasta la frontera oriental de Irán y más allá, a través del Norte
de África y el Oriente Medio. Casi todos los judíos del mundo, entonces, eran gobernados por el islam.
Esta nueva situación transforma la existencia judía. Su suerte cambió en sus aspectos legales,
demográficos, sociales, religiosos, políticos, geográficos, económicos, lingüísticos y culturales, y en
todos ellos para mejor. En primer lugar, políticamente: en casi todas las regiones que anteriormente
fueron cristianas, ahora vivían judíos formando parte del mismo ámbito político, tanto en Babilonia
como en Córdoba y Basora, y además se hallaban dentro de la misma esfera cultural. La antigua
frontera entre el centro vital de Babilonia y los judíos de la cuenca del Mediterráneo fue eliminada para
siempre.
El cambio político trajo consigo un cambio en el estatus legal de los judíos: aunque no es siempre
evidente, a partir de lo que sucedió durante la conquista musulmana una cosa resulta clara: el resultado
de las conquistas hizo de los judíos, por lo general, ciudadanos de segunda clase. Esto no debe ser
malinterpretado: ser ciudadanos de segunda clase era mejor que no tener ciudadanía alguna. Para la
mayoría de estos judíos la ciudadanía de segunda clase representó un avance importante. En la España
visigoda, por ejemplo, poco antes de la conquista musulmana, en el año 711, los judíos se habían visto
esclavizados y sus hijos secuestrados para ser convertidos forzosamente al cristianismo. En las
sociedades islámicas que se desarrollaron, la clásica y la medieval, ser judío significaba pertenecer a
una categoría definida en virtud de la ley, gozar de ciertos derechos y protecciones, junto con diversas
obligaciones. Estos derechos y protecciones no eran tan amplios o tan generosos como las que