La transición al capitalismo en el siglo XIX : industrialización y movimiento obrero.
La industrialización en España fue lenta, tardía y desequilibrada geográficamente debido a graves
problemas estructurales. La escasa modernización agraria impidió la creación de excedentes
demográficos y agrícolas, obstaculizando la acumulación de capitales. Además, las bajas rentas de la
población limitaron el mercado interior. Ante la falta de inversores nacionales, que prefirieron la
compra de bienes desamortizados, el país desarrolló una fuerte dependencia de capital y tecnología
extranjeros (visible en transportes y minería), acentuando la brecha entre el norte y el sur. La pérdida
de las colonias americanas redujo el comercio exterior, y la inestabilidad política por las guerras
carlistas y constantes pronunciamientos militares retrajo aún más la inversión.
A pesar de ello, hacia mediados del siglo XIX comenzó un despegue industrial impulsado por el
crecimiento demográfico y el aumento de la demanda interna. No obstante, este desarrollo quedó
concentrado casi exclusivamente en Cataluña y el País Vasco, y se centró en dos sectores rectores: el
textil y el siderúrgico.
La industria textil del algodón se concentró en Cataluña, superando factores adversos como la mala
calidad del carbón y la debilidad del mercado. Su éxito se debió a la vitalidad demográfica catalana
desde el siglo XVIII y a los capitales acumulados mediante el previo comercio americano. El sector
se modernizó con innovaciones como la hiladora bergadana y la máquina de vapor (fábrica
Bonaplata). En su evolución destacan dos etapas: un período de fuerte crecimiento protegido por
aranceles (1830-1860) que sufrió las primeras protestas ludistas y la huelga general de 1855; y una
fase de crisis (1860-1870) marcadas por la Guerra de Estados Unidos y el bache de 1882, que motivó
el Memorial de los Agravios. Se redactó la Ley de Relaciones Comerciales con las Antillas (1882),
que junto al arancel Cánovas (1891) pretendían establecer el librecambio para las exportaciones
españolas a Cuba y Puerto Rico, y el proteccionismo para las importaciones a las colonias y España
Por su parte, la siderurgia se desarrolló en tres fases regionales según la disponibilidad de materias
primas. Comenzó en Andalucía (Málaga, 1830-1860) con la familia Heredia, pero fracasó por el alto
coste de usar carbón vegetal frente al mineral. Tomó el relevo Asturias (1860-1880), aprovechando el
carbón de Mieres y Langreo y el impulso del ferrocarril. Finalmente, a finales de siglo, el País Vasco
lideró el sector gracias a la familia Ybarra, que introdujo los hornos Bessemer y Siemens-Martin. La
siderurgia vizcaína prosperó gracias a un ventajoso intercambio comercial: exportaba hierro puro a
Inglaterra e importaba carbón de coque británico, proceso que culminó en 1902 con la creación de los
Altos Hornos de Vizcaya.
La vertebración del mercado nacional requería una red de transportes que se articuló a través del
ferrocarril, regulado por la Ley General de Ferrocarriles de 1855. Esta normativa atrajo un masivo
capital extranjero mediante subvenciones y exenciones arancelarias, permitiendo a compañías como
la CCHNE y la MZA duplicar la red a finales de siglo. No obstante, el sistema ferroviario recibió duras
críticas debido a su diseño centralista y radial, y a la adopción de un ancho de vía mayor que el
europeo, lo que aisló comercialmente al país. Para paliarlo, Cánovas impulsó líneas transversales con
otra Ley de ferrocarriles en 1877. Pese a todo, el ferrocarril dinamizó sectores como la metalurgia y la
minería, y abarató el transporte de mercancías.
El tejido industrial se completó con sectores secundarios como el agroalimentario con harineras en
Aragón y Cataluña, y el auge del vino por la plaga de la filoxera en Francia, la industria corchera en
Gerona y la química en Barcelona. Asimismo, la industria lanera y sedera se concentró en Cataluña y
la minería se expandió tras la Ley de Bases de 1868, quedando los yacimientos de mercurio, plomo y
cobre bajo control de compañías británicas, mientras que el carbón, de peor calidad, permaneció en
manos españolas.
La revolución liberal sustituyó los estamentos por una sociedad de clases basada en la riqueza. Por
un lado, las clases dirigentes (aristocracia, clero, altos mandos militares y alta burguesía) ejercieron el
poder político a través del sufragio censitario. Por otro lado, las clases populares (artesanos,
obreros y jornaleros sin tierras) sufrieron las desigualdades del capitalismo industrial y rural, lo que
sembró el origen del movimiento obrero.
La industrialización en España fue lenta, tardía y desequilibrada geográficamente debido a graves
problemas estructurales. La escasa modernización agraria impidió la creación de excedentes
demográficos y agrícolas, obstaculizando la acumulación de capitales. Además, las bajas rentas de la
población limitaron el mercado interior. Ante la falta de inversores nacionales, que prefirieron la
compra de bienes desamortizados, el país desarrolló una fuerte dependencia de capital y tecnología
extranjeros (visible en transportes y minería), acentuando la brecha entre el norte y el sur. La pérdida
de las colonias americanas redujo el comercio exterior, y la inestabilidad política por las guerras
carlistas y constantes pronunciamientos militares retrajo aún más la inversión.
A pesar de ello, hacia mediados del siglo XIX comenzó un despegue industrial impulsado por el
crecimiento demográfico y el aumento de la demanda interna. No obstante, este desarrollo quedó
concentrado casi exclusivamente en Cataluña y el País Vasco, y se centró en dos sectores rectores: el
textil y el siderúrgico.
La industria textil del algodón se concentró en Cataluña, superando factores adversos como la mala
calidad del carbón y la debilidad del mercado. Su éxito se debió a la vitalidad demográfica catalana
desde el siglo XVIII y a los capitales acumulados mediante el previo comercio americano. El sector
se modernizó con innovaciones como la hiladora bergadana y la máquina de vapor (fábrica
Bonaplata). En su evolución destacan dos etapas: un período de fuerte crecimiento protegido por
aranceles (1830-1860) que sufrió las primeras protestas ludistas y la huelga general de 1855; y una
fase de crisis (1860-1870) marcadas por la Guerra de Estados Unidos y el bache de 1882, que motivó
el Memorial de los Agravios. Se redactó la Ley de Relaciones Comerciales con las Antillas (1882),
que junto al arancel Cánovas (1891) pretendían establecer el librecambio para las exportaciones
españolas a Cuba y Puerto Rico, y el proteccionismo para las importaciones a las colonias y España
Por su parte, la siderurgia se desarrolló en tres fases regionales según la disponibilidad de materias
primas. Comenzó en Andalucía (Málaga, 1830-1860) con la familia Heredia, pero fracasó por el alto
coste de usar carbón vegetal frente al mineral. Tomó el relevo Asturias (1860-1880), aprovechando el
carbón de Mieres y Langreo y el impulso del ferrocarril. Finalmente, a finales de siglo, el País Vasco
lideró el sector gracias a la familia Ybarra, que introdujo los hornos Bessemer y Siemens-Martin. La
siderurgia vizcaína prosperó gracias a un ventajoso intercambio comercial: exportaba hierro puro a
Inglaterra e importaba carbón de coque británico, proceso que culminó en 1902 con la creación de los
Altos Hornos de Vizcaya.
La vertebración del mercado nacional requería una red de transportes que se articuló a través del
ferrocarril, regulado por la Ley General de Ferrocarriles de 1855. Esta normativa atrajo un masivo
capital extranjero mediante subvenciones y exenciones arancelarias, permitiendo a compañías como
la CCHNE y la MZA duplicar la red a finales de siglo. No obstante, el sistema ferroviario recibió duras
críticas debido a su diseño centralista y radial, y a la adopción de un ancho de vía mayor que el
europeo, lo que aisló comercialmente al país. Para paliarlo, Cánovas impulsó líneas transversales con
otra Ley de ferrocarriles en 1877. Pese a todo, el ferrocarril dinamizó sectores como la metalurgia y la
minería, y abarató el transporte de mercancías.
El tejido industrial se completó con sectores secundarios como el agroalimentario con harineras en
Aragón y Cataluña, y el auge del vino por la plaga de la filoxera en Francia, la industria corchera en
Gerona y la química en Barcelona. Asimismo, la industria lanera y sedera se concentró en Cataluña y
la minería se expandió tras la Ley de Bases de 1868, quedando los yacimientos de mercurio, plomo y
cobre bajo control de compañías británicas, mientras que el carbón, de peor calidad, permaneció en
manos españolas.
La revolución liberal sustituyó los estamentos por una sociedad de clases basada en la riqueza. Por
un lado, las clases dirigentes (aristocracia, clero, altos mandos militares y alta burguesía) ejercieron el
poder político a través del sufragio censitario. Por otro lado, las clases populares (artesanos,
obreros y jornaleros sin tierras) sufrieron las desigualdades del capitalismo industrial y rural, lo que
sembró el origen del movimiento obrero.