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Sumario La Republica

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Platon (Platon)

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PLATÓN FILOSOFÍA
COMPLEJA


LA REPUBLICA




REPÚBLICA
Dialogo filosófico de Sócrates



FILOSOFÍA



EGIBIDE JESÚS OBRERO EKAITZ FERNANDEZ HERRERO

,La República - Platón




Platón




La República




Documento preparado por el Programa de Redes Informáticas y Productivas
de la Universidad Nacional de General San Martín (UNSAM).
www.bibliotecabasica.com.ar
Documento preparado por el Programa de Redes Informáticas y Productivas 1
de la Universidad Nacional de General San Martín (UNSAM). http:\\www.bibliotecabasica.com.ar

,La República - Platón

LIBRO PRIMERO

Personajes del diálogo:


SÓCRATES, POLEMARCO, TRASÍMACO, ADIMANTO, CÉFALO


Sócrates en el Pireo para las fiestas en honor de Bendis


I

Descendí ayer al Pireo en compañía de Glaucón, hijo de Aristón, para hacer mis pre-
ces a la diosa y al mismo tiempo porque quería ver de qué manera celebraban la fiesta
que ahora se estaba efectuando por primera vez. A mí, ciertamente, me pareció que era
bella la procesión de los habitantes del lugar, pero no menos espléndida la que los tracios
conducían. Después de haber efectuado nuestras plegarias y de haber contemplado [el
espectáculo], regresamos a la ciudad. Y habiendo visto desde lejos Polemarco, hijo de
Céfalo, que nosotros regresábamos a casa, ordenó a su esclavo que corriendo nos pidie-
se que le esperásemos. Y el joven [esclavo], cogiéndome por detrás el manto, me dijo:
«Polemarco ruega que vosotros le esperéis. » Yo me volví y le pregunté dónde se encon-
traba él. «Él – contestó – llega detrás de mí; esperadle. » «¡Bien!, lo esperaremos», dijo
Glaucón.
Poco después, Polemarco llegaba y además [venían] Adimanto, hermano de Glaucón;
Nicérato, hijo de Nicias, y algunos otros [más], que venían de la procesión.
Polemarco dijo:
– Sócrates, me parece que vosotros os ponéis en movimiento hacia la ciudad para
regresar a ella.
– Pues no suponéis mal – dije yo.
– ¿Ves, ciertamente, cuántos somos nosotros?
– Pues ¿cómo no?
– Entonces – dijo –, o seréis más fuertes que nosotros, o vosotros permaneceréis
aquí.
– ¿Acaso – dije yo – no queda ya más que una cosa, el convenceros de que es
necesario de que nosotros nos marchemos?
– ¿Acaso también podríais – dijo él – convencer a los que no escuchan?
– De ninguna manera – intervino Glaucón.
– Por lo tanto, pensad que no escucharemos.
Y Adimanto dijo a su vez:
– ¿Acaso no sabéis que al atardecer habrá carrera de antorchas a caballo en honor de
la diosa?
– ¿A caballo? – grité yo –; novedad esto, realmente. ¿Con las antorchas se persegui-
rán los unos a los otros compitiendo a caballo? ¿O cómo dices?
– Así [es] – contestó Polemarco –; y por la noche celebrarán una fiesta que será cosa
digna de verse; saldremos, pues, una vez censados, y contemplaremos esa fiesta noc-
turna, y estaremos allí con muchos jóvenes y conversaremos. Por tanto, quedaos y no
obréis de otro modo.


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Céfalo y Sócrates hablan sobre la vejez


II
Nos fuimos, pues, a casa de Polemarco y allí encontramos a Lisias y Eutidemo, sus
hermanos; a Trasímaco de Calcedonia, a Carmántides de Peanea y a Clitofón, hijo de
Aristónimo; también estaba dentro Céfalo, el padre de Polemarco, y a mí me parecía que
era muy viejo, pues no le había visto desde hacía tiempo. Con una corona sobre la
cabeza, se hallaba sentado en una silla con un cojín; pues venía de hacer un sacrificio en
el patio. Nos sentamos, pues, junto a él, ya que allí había algunas sillas puestas en
circulo.
Habiéndome visto en seguida Céfalo, me saludó y dijo: «Sócrates, no vienes a menu-
do. Sin embargo, es conveniente; porque si yo tuviera todavía fuerzas para andar con
facilidad hasta la ciudad, no habría necesidad de venir aquí, sino que nosotros iríamos a
tu casa; pero ahora es necesario que tú vengas aquí y más a menudo; porque has de
saber bien que cuanto para mí se van marchitando los placeres del cuerpo, tanto se van
acrecentando los anhelos y placeres de la conversación. No obres de otro modo, sino
que estáte en compañía de los jóvenes, [pero] también ven aquí a casa periódicamente,
como a casa de tus amigos, y amigos completamente íntimos. »
Yo dije: «Ciertamente, Céfalo, me complace conversar con las personas de mucha
edad, pues me parece que es conveniente aprender de ellos, ya que han recorrido un
camino que también nosotros deberemos recorrer de igual modo, de qué condición es:
áspero y difícil o fácil y cómodo. También me agradaría saber qué opinas sobre lo que los
poetas llaman “estar en el umbral de la vejez”, puesto que tú has llegado en estos mo-
mentos de tu vida, si es un pasaje difícil de la vida o cómo lo denominarías tú. »


III
– ¡Por Zeus! – contestó –. Yo, Sócrates, te diré qué opino [sobre eso]. Pues muchas
veces nos reunimos en tertulia algunos viejos que nos encontramos en la misma edad
poco más o menos, justificando el antiguo adagio. La mayoría de nosotros allí reunidos
se lamentan, echando de menos los placeres de la juventud, recordando las delicias del
amor, del vino, de los manjares exquisitos y otras satisfacciones del mismo género, y se
afligen como si hubiesen perdido algunos bienes considerables, y de que entonces se
vivía bien, y de que ahora ni siquiera se vive. Algunos también se quejan de los ultrajes
de parte de sus allegados que, a causa de la edad, tienen que sufrir y, sobre eso, tienen
siempre en boca que la vejez es para ellos la causa de todos sus males. A mí, Sócrates,
me parece que ellos no aducen la verdadera causa; pues si ésa fuera la causa, yo tam-
bién padecería esos mismos males, debidos a la vejez, como todos los demás que han
llegado a esta edad. Por el contrario, yo he encontrado a quienes no obran de ese modo,
y entre otros al poeta Sófocles, junto al que en una cierta ocasión me hallaba a su lado,
cuando uno le preguntó: «¿Cómo te encuentras, Sófocles, con respecto al amor?, ¿te
encuentras todavía en situación de tener relaciones íntimas con una mujer?» Y él le
contestó: «Cállate, amigo; escapé a ello con la mayor satisfacción, como si me hubiese
escapado de un dueño furioso y salvaje.» A mí entonces me pareció que contestó bien, y
ahora, no menos bien; pues en la vejez llega a producirse una paz: y una libertad en toda
clase de esas turbaciones [de los sentidos]. Después de que las pasiones han cesado en
sus violencias y se han apaciguado, lo de Sófocles se ha realizado para todas las pasio-
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