EL FEMINISMO ILUSTRADO
Los movimientos feministas y de mujeres fueron fenómenos constitutivos de la Ilustración y de la
Revolución Francesa. No obstante, sus demandas nunca fueron aceptadas y el movimiento fue
derrotado al mismo tiempo que olvidado una y otra vez; por eso tuvo que volver a nacer en el siglo XIX
y, una vez más, en el XX.
Las mujeres del siglo XVIII se valieron de la razón ilustrada y de su capacidad crítica para denunciar la
irracionalidad del poder patriarcal, que fue cuestionado utilizando argumentos análogos a los que
sirvieron para deslegitimar el viejo orden.
Los textos feministas de esta época reflejan la toma de conciencia de las mujeres sobre el agravio
comparativo respecto a los hombres ante las nuevas reformas sociales y políticas basadas en la
igualdad de los individuos implantadas por ellos mismos. Aunque el feminismo ilustrado o feminismo
de la igualdad no se limitó únicamente a exigir derechos; también denunció situaciones cotidianas de
dominación en forma de cartas, cuadernos de quejas y declaraciones.
La polémica sobre las mujeres que recorría los salones —en los que participaban mujeres de la nobleza
y de la alta burguesía— se movía en una ambigüedad que oscilaba entre explicaciones que señalaban la
importancia de la educación y de la tradición cultural en la imagen que reviste a la mujer, por una parte,
y explicaciones biologicistas, por otra, que se basaban en las diferencias fisiológicas de ambos sexos
para justificar la división de géneros.
A estas discusiones hay que añadir la contribución de Rousseau al nuevo modelo de familia, adoptado
por la burguesía, que relega a las mujeres al ámbito privado del hogar y las excluye del ámbito público
del trabajo asalariado y de la política. Rousseau defendió en su obra Emilio o De la educación la
desigualdad física y racional entre ambos sexos.
Quienes justificaban la condición de la mujer partiendo de argumentos biologicistas inauguran un
discurso antifeminista que trata de mantener a la mujer en su rol tradicional apelando a una naturaleza
biológica. No obstante, siguiendo este camino podemos llegar al feminismo de la diferencia, que
reivindica esas diferencias y pone en valor la naturaleza diferente de lo femenino.
Este feminismo, que pone el acento en la diferencia sexual, reclamó al Estado protección para las
mujeres y advirtió de los peligros de la reivindicación de la igualdad, ya que veía en estas demandas la
imposición de valores y objetivos masculinos que conducirían a la mujer a renunciar a su propio ser
femenino.
Pero en el siglo XVIII, como decíamos, junto al pensamiento biologicista se desarrolla también un
pensamiento crítico con espíritu reformador que aplica la razón a todos los ámbitos.
Esta corriente destaca la influencia de la educación tanto en la división de géneros y en las diferencias
de comportamiento y afectividad (de ahí que encontremos numerosos textos que describen la
formación del sujeto femenino y que podemos considerar precursores de las tesis de Simone de
Beauvoir) como en su capacidad transformadora de la sociedad y de las relaciones entre los sexos.
Esta corriente de pensamiento, heredera del racionalismo cartesiano, que separa el intelecto del cuerpo
y permite presuponer que es igual en hombres y mujeres, consideró que la situación de la mujer podía
y debía mejorar no solamente por medio de la educación, sino también mediante unas leyes
fundamentadas en el derecho natural, que parte de la igualdad original de los seres humanos.
Estos ideales ilustrados guiarán las obras de Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft.
Los movimientos feministas y de mujeres fueron fenómenos constitutivos de la Ilustración y de la
Revolución Francesa. No obstante, sus demandas nunca fueron aceptadas y el movimiento fue
derrotado al mismo tiempo que olvidado una y otra vez; por eso tuvo que volver a nacer en el siglo XIX
y, una vez más, en el XX.
Las mujeres del siglo XVIII se valieron de la razón ilustrada y de su capacidad crítica para denunciar la
irracionalidad del poder patriarcal, que fue cuestionado utilizando argumentos análogos a los que
sirvieron para deslegitimar el viejo orden.
Los textos feministas de esta época reflejan la toma de conciencia de las mujeres sobre el agravio
comparativo respecto a los hombres ante las nuevas reformas sociales y políticas basadas en la
igualdad de los individuos implantadas por ellos mismos. Aunque el feminismo ilustrado o feminismo
de la igualdad no se limitó únicamente a exigir derechos; también denunció situaciones cotidianas de
dominación en forma de cartas, cuadernos de quejas y declaraciones.
La polémica sobre las mujeres que recorría los salones —en los que participaban mujeres de la nobleza
y de la alta burguesía— se movía en una ambigüedad que oscilaba entre explicaciones que señalaban la
importancia de la educación y de la tradición cultural en la imagen que reviste a la mujer, por una parte,
y explicaciones biologicistas, por otra, que se basaban en las diferencias fisiológicas de ambos sexos
para justificar la división de géneros.
A estas discusiones hay que añadir la contribución de Rousseau al nuevo modelo de familia, adoptado
por la burguesía, que relega a las mujeres al ámbito privado del hogar y las excluye del ámbito público
del trabajo asalariado y de la política. Rousseau defendió en su obra Emilio o De la educación la
desigualdad física y racional entre ambos sexos.
Quienes justificaban la condición de la mujer partiendo de argumentos biologicistas inauguran un
discurso antifeminista que trata de mantener a la mujer en su rol tradicional apelando a una naturaleza
biológica. No obstante, siguiendo este camino podemos llegar al feminismo de la diferencia, que
reivindica esas diferencias y pone en valor la naturaleza diferente de lo femenino.
Este feminismo, que pone el acento en la diferencia sexual, reclamó al Estado protección para las
mujeres y advirtió de los peligros de la reivindicación de la igualdad, ya que veía en estas demandas la
imposición de valores y objetivos masculinos que conducirían a la mujer a renunciar a su propio ser
femenino.
Pero en el siglo XVIII, como decíamos, junto al pensamiento biologicista se desarrolla también un
pensamiento crítico con espíritu reformador que aplica la razón a todos los ámbitos.
Esta corriente destaca la influencia de la educación tanto en la división de géneros y en las diferencias
de comportamiento y afectividad (de ahí que encontremos numerosos textos que describen la
formación del sujeto femenino y que podemos considerar precursores de las tesis de Simone de
Beauvoir) como en su capacidad transformadora de la sociedad y de las relaciones entre los sexos.
Esta corriente de pensamiento, heredera del racionalismo cartesiano, que separa el intelecto del cuerpo
y permite presuponer que es igual en hombres y mujeres, consideró que la situación de la mujer podía
y debía mejorar no solamente por medio de la educación, sino también mediante unas leyes
fundamentadas en el derecho natural, que parte de la igualdad original de los seres humanos.
Estos ideales ilustrados guiarán las obras de Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft.