poder político
Introducción: El ser humano: animal social
1. Sobre las relaciones entre ética, moral y
política. La cuestión filosófica de la Justicia.
2. De la sociedad natural a la sociedad
política: Fundamento del poder político
2.1. Historicidad de la sociedad política
3. Componentes del Estado
4. Dinámica interna del poder en la sociedad
política
4.1. El poder político descendente y
ascendente
5. La eutaxia el objetivo de la sociedad
política
INTRODUCCIÓN: EL SER HUMANO: ANIMAL SOCIAL
Las características específicas del animal social humano son el lenguaje articulado,
la conducta normada, la realización de ceremonias, la tradición o las costumbres
como transmisión cultural, y, al pasar de la sociedad natural a la sociedad política,
la articulación de su vida social en la historia.
El ser humano es un animal social, animal político (zoon politikon) en expresión de
Aristóteles. Pero es animal social no porque partiendo de una esencia personal vendría a
desarrollarla plenamente entre las demás personas, sino porque sin sociedad ni siquiera
sería persona. El homo sapiens sin sociedad, aislado totalmente, no puede ser sino una
«fiera» con una inteligencia peculiar, como lo demuestran los casos de niños ferinos.
Como una hormiga que ha de vivir fuera de un hormiguero pierde sentido o como una
abeja sola no podría fabricar miel, un ser humano recluido en su individualidad perdería
su humanidad.
Pero la diferencia entre los animales sociales, en general, y el ser humano reside en
determinados componentes exclusivos que caracterizan la vida en sociedad humana: el
lenguaje articulado (segunda articulación), la conducta normada y no meramente
pautada, y la vida social donde se desarrollan no ya sólo ritos zoológicos estereotipados
(apareamiento…) sino ceremonias (la caza cooperativa, la cocina según recetas, un
funeral…) que se transmiten en una tradición y finalmente en forma histórica a través
de instituciones. Los animales no tienen historia y aunque utilizan algún tipo de lenguaje,
éste no llega a alcanzar la segunda articulación que es la que permite un lenguaje y un
pensamiento capaz de «universalidad semántica», por la que podemos transmitir
información sobre aspectos, propiedades, lugares o acontecimientos del pasado, presente
o futuro, reales, posibles o imaginarios, y sin que se agote la capacidad de productividad
lingüística.
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, 1. SOBRE LAS RELACIONES ENTRE ÉTICA, MORAL Y POLÍTICA. LA
CUESTIÓN FILOSÓFICA DE LA JUSTICIA.
La ética tiene que ver con el conjunto de derechos y deberes del ser humano como
individuo: los referidos a la conservación de la vida (por imperativo material) y a la
igualdad entre los individuos (por imperativo formal), dos caras de una misma realidad.
La moral nace de las distintas mores, costumbres grupales, que están enfrentadas entre
sí. Se mueve por el deber ser que marca la idea de justicia, entendida como la aplicación
escrupulosa de las normas que regulan las relaciones de los individuos o grupos de
individuos en cuanto partes del todo social. La aplicación de la justicia en el sentido moral
puede conducir a situaciones injustas desde el punto de vista de otras morales. También
pueden llegar a ser morales actos muy poco éticos que están orientados a le eliminación
del individuo cuando este pone en peligro al grupo. La moral entra en dialéctica tanto con
la política como con la ética.
Mientras que la ética se promueve fácilmente a escala individual (la del individuo que
está, no obstante, siempre enclasado o envuelto en las relaciones grupales) la moral se
desarrolla como expresión directa de la dinámica de los grupos que conforman una
sociedad. Es fácil apelar teóricamente a una ética universal, puesto que basta con aplicar
los valores defendidos a todos los seres humanos, uno a uno, pero es mucho más difícil
apelar a una moral universal, puesto que la moral tiene que ver con el modo cómo se
pretende regular la convivencia entre los distintos grupos, desde distintos valores y
apreciaciones.
Los grupos y los sujetos morales han de tender a universalizar las normas que ellos
defienden para sí, extendiéndolas a todos los demás en nombre de la justicia. La justicia,
aquí, es el modo que tiene un grupo social determinado de reivindicar el mayor grado de
igualdad posible en el contexto de las desigualdades sociales. La igualdad sigue siendo el
motor de la universalización de los valores pero, ahora, las desigualdades que se oponen
no son sólo de tipo ético (distinta fuerza personal, distinto talante, distintos gustos e
inclinaciones, &c.) sino que comportan diferentes formas de concebir y experimentar la
organización social. Es, por decirlo claramente, una igualdad que resulta imposible de
realizar, incluso en el plano ideal. Las utopías siempre han soñado con una humanidad
confraternizada, unida, sin diferencias: esto es posible en el plano ético -y sólo en su
idealidad, porque las diferencias interpersonales seguirán siendo siempre fuente de
conflictos- pero no en el moral, porque las fuertes diversidades entre los grupos y el
elevado número de sujetos de la especie humana imposibilita que se forme un solo gran
grupo humano operativo moralmente. La justicia arrastra, de esta manera, algo negativo:
la imposibilidad de la igualdad pero también arroja algo positivo: la determinación de
corregir las injusticias siempre fluyentes en la dialéctica social de los grupos y del
conjunto de la sociedad, donde se manifiesta el valor de unas normas frente a otras.Tras
de un caso resuelto de justicia, fluyen otras injusticias al correr de las nuevas situaciones
y circunstancias siempre en proceso de renovación. El afán de justicia es el «bien» moral
por antonomasia que resume en él todas las acciones que puedan llamarse morales (en
sentido completo).
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