Tres ensayos sobre la teoría sexual (Páginas 45-56)
Amnesia infantil
La razón de este asombroso descuido la busco, en parte, en los reparos convencionales de los autores a
consecuencia de su propia educación, y en parte en un fenómeno psíquico que hasta ahora se ha sustraído de
toda explicación. Aludo a la peculiar amnesia que en la mayoría de los seres humanos (¡no en todos!) cubre los
primeros años de su infancia, hasta el sexto o el octavo año de vida. Hasta ahora no se nos ha ocurrido
asombrarnos frente al hecho de esa amnesia; pero tendríamos buenas razones para ello. En efecto, se nos
informa que, en esos años, de los que después no conservamos en la memoria sino unos jirones
incomprensibles, reaccionábamos con vivacidad frente a las impresiones, sabíamos exteriorizar dolor y alegría
de una manera humana, mostrábamos amor, celos y otras pasiones que nos agitaban entonces con violencia, y
aun pronunciábamos frases que los adultos registraron como buenas pruebas de penetración y de una incipiente
capacidad de juicio. Y una vez adultos, nada de eso sabemos por nosotros mismos. ¿Por qué nuestra memoria
quedó tan retrasada respecto de nuestras otras actividades anímicas? Máxime cuando tenemos fundamento para
creer que en ningún otro período de la vida la capacidad de reproducción y de recepción es mayor, justamente,
que en los años de la infancia.
Las metamorfosis de la pubertad
Con el advenimiento de la pubertad se introducen los cambios que llevan la vida sexual infantil a su
conformación normal definitiva. La pulsión sexual era hasta entonces predominantemente autoerótica; ahora
halla al objeto sexual. Hasta ese momento actuaba partiendo de pulsiones y zonas erógenas singulares que,
independientemente unas de otras, buscaban un cierto placer en calidad de única meta sexual. Ahora es dada
una nueva meta sexual; para alcanzarla, todas las pulsiones parciales cooperan, al par que las zonas erógenas se
subordinan al primado de la zona genital.
Puesto que la nueva meta sexual asigna a los dos sexos funciones muy diferentes, su desarrollo sexual se separa
mucho en lo sucesivo. El del hombre es el más consecuente, y también el más accesible a nuestra comprensión,
mientras que en la mujer se presenta hasta una suerte de involución. La normalidad de la vida sexual es
garantizada únicamente por la exacta coincidencia de las dos corrientes dirigidas al objeto y a la meta sexuales:
la tierna y la sensual. La primera de ellas reúne en sí lo que resta del temprano florecimiento infantil de la
sexualidad. Es como la perforación de un túnel desde sus dos extremos.
Fuentes de la sexualidad infantil
En el empeño de rastrear los orígenes de la pulsión sexual hemos hallado hasta aquí que la excitación sexual
nace:
a) como calco de una satisfacción vivenciada a raíz de otros procesos orgánicos;
b) por una apropiada estimulación periférica de zonas erógenas, y
c) como expresión de algunas «pulsiones» cuyo origen todavía no comprendemos bien (p. ej., la pulsión de ver
y la pulsión a la crueldad).
Ahora bien, la investigación psicoanalítica que desde un período posterior se remonta hasta la infancia, y la
observación contemporánea del niño mismo, se conjugan para mostrarnos otras fuentes de fluencia regular para
la excitación sexual. La observación de niños tiene la desventaja de elaborar objetos que fácilmente originan
malentendidos, y el psicoanálisis es dificultado por el hecho de que sólo mediante grandes rodeos puede
alcanzar sus objetos y sus conclusiones; no obstante, los dos métodos conjugados alcanzan un grado suficiente
de certeza cognoscitiva.
Amnesia infantil
La razón de este asombroso descuido la busco, en parte, en los reparos convencionales de los autores a
consecuencia de su propia educación, y en parte en un fenómeno psíquico que hasta ahora se ha sustraído de
toda explicación. Aludo a la peculiar amnesia que en la mayoría de los seres humanos (¡no en todos!) cubre los
primeros años de su infancia, hasta el sexto o el octavo año de vida. Hasta ahora no se nos ha ocurrido
asombrarnos frente al hecho de esa amnesia; pero tendríamos buenas razones para ello. En efecto, se nos
informa que, en esos años, de los que después no conservamos en la memoria sino unos jirones
incomprensibles, reaccionábamos con vivacidad frente a las impresiones, sabíamos exteriorizar dolor y alegría
de una manera humana, mostrábamos amor, celos y otras pasiones que nos agitaban entonces con violencia, y
aun pronunciábamos frases que los adultos registraron como buenas pruebas de penetración y de una incipiente
capacidad de juicio. Y una vez adultos, nada de eso sabemos por nosotros mismos. ¿Por qué nuestra memoria
quedó tan retrasada respecto de nuestras otras actividades anímicas? Máxime cuando tenemos fundamento para
creer que en ningún otro período de la vida la capacidad de reproducción y de recepción es mayor, justamente,
que en los años de la infancia.
Las metamorfosis de la pubertad
Con el advenimiento de la pubertad se introducen los cambios que llevan la vida sexual infantil a su
conformación normal definitiva. La pulsión sexual era hasta entonces predominantemente autoerótica; ahora
halla al objeto sexual. Hasta ese momento actuaba partiendo de pulsiones y zonas erógenas singulares que,
independientemente unas de otras, buscaban un cierto placer en calidad de única meta sexual. Ahora es dada
una nueva meta sexual; para alcanzarla, todas las pulsiones parciales cooperan, al par que las zonas erógenas se
subordinan al primado de la zona genital.
Puesto que la nueva meta sexual asigna a los dos sexos funciones muy diferentes, su desarrollo sexual se separa
mucho en lo sucesivo. El del hombre es el más consecuente, y también el más accesible a nuestra comprensión,
mientras que en la mujer se presenta hasta una suerte de involución. La normalidad de la vida sexual es
garantizada únicamente por la exacta coincidencia de las dos corrientes dirigidas al objeto y a la meta sexuales:
la tierna y la sensual. La primera de ellas reúne en sí lo que resta del temprano florecimiento infantil de la
sexualidad. Es como la perforación de un túnel desde sus dos extremos.
Fuentes de la sexualidad infantil
En el empeño de rastrear los orígenes de la pulsión sexual hemos hallado hasta aquí que la excitación sexual
nace:
a) como calco de una satisfacción vivenciada a raíz de otros procesos orgánicos;
b) por una apropiada estimulación periférica de zonas erógenas, y
c) como expresión de algunas «pulsiones» cuyo origen todavía no comprendemos bien (p. ej., la pulsión de ver
y la pulsión a la crueldad).
Ahora bien, la investigación psicoanalítica que desde un período posterior se remonta hasta la infancia, y la
observación contemporánea del niño mismo, se conjugan para mostrarnos otras fuentes de fluencia regular para
la excitación sexual. La observación de niños tiene la desventaja de elaborar objetos que fácilmente originan
malentendidos, y el psicoanálisis es dificultado por el hecho de que sólo mediante grandes rodeos puede
alcanzar sus objetos y sus conclusiones; no obstante, los dos métodos conjugados alcanzan un grado suficiente
de certeza cognoscitiva.