PANORÁMICA EDAD MEDIA. (Visión panorámica de la historia de la filosofía desde Agustín de Hipona a la
crisis de la Escolástica medieval).
Durante todo el período medieval (siglos V-XV), el cristianismo fue la característica fundamental, no sólo
de la filosofía y moral, sino en todas las estructuras económicas, políticas o culturales. La fe en un Dios
personal y creador, y la visión contingente del mundo, rompió definitivamente el mundo mental de los griegos
y supuso un cambio total en el modo de interpretar la realidad.
Pese a que en un primer momento la filosofía había sido despreciada por los cristianos, pronto éstos
necesitaron una mayor precisión conceptual para hacer frente a pensadores paganos y sectas, lo que les llevó
a echar mano del pensamiento griego o helenístico (fundamentalmente, platonismo o neoplatonismo). Surge
así la problemática fundamental: la relación entre la fe y la razón. Estos primeros pensadores (que llevaron a
cabo su actividad entre los siglos II y finales del IV) se engloban bajo el término genérico de patrística, los
primeros “padres de la Iglesia”.
De entre todos ellos será Agustín de Hipona (354-430) el que ejercerá mayor influencia. Su obra supone el
primer intento de síntesis entre cristianismo y filosofía platónica. Según Agustín, no hay distinción clara entre
razón y fe; ambas confluyen en la búsqueda de la única verdad que existe, la revelada por Dios. La fe, que
prima sobre la razón, la ilumina y orienta, y la razón contribuye a esclarecer sus contenidos. Por tanto, “cree
para comprender, comprende para creer”.
En contraste con la decadencia intelectual y cultural del período que va desde el siglo V al VIII (Edad
Oscura), entre los siglos VIII y IX, se recupera de nuevo la intensidad en las investigaciones respecto de la razón
y la fe. El llamado “renacimiento carolingio” supuso la primera unificación “funcional” de los poderes políticos
y religiosos, a partir de la idea de Imperio Cristiano. Carlomagno, además de fundar la Escuela palatina de
Aquisgrán, había ordenado la apertura de escuelas en todos los obispados y monasterios: son estos centros
de investigación, los que, junto con a partir del siglo XI las universidades, permiten el desarrollo de la
Escolástica, que será sin duda la aportación fundamental de la filosofía medieval. Este movimiento intelectual
fue inaugurado por Anselmo de Canterbury en el siglo XI con su famoso lema “la fe debe buscar su
comprensión racional”, y tuvo su apogeo en el siglo XIII con la figura gigantesca de Tomás de Aquino.
Además, a finales del siglo XII la reforma gregoriana tuvo como resultado la consolidación del poder de la
Iglesia sobre el Estado, y la independencia de los monasterios sobre el poder secular. En este ámbito tuvo
especial importancia la labor de la orden benedictina, bajo la Regla de san Benito (paz, oración y trabajo), a la
que pertenecerá Hildegard von Bingen, quien propone la mística, la experiencia directa e interior de la
divinidad, como vía de acceso a la verdad. Esta abadesa, compositora, naturalista, filósofa y poetisa, abordó
las cuestiones teológicas a partir de la descripción e interpretación de los símbolos aparecidos en sus visiones.
La Escolástica –del latín scholae, escuela- nació con un interés educativo que exigía un trabajo conjunto:
hacer comprender a la humanidad la verdad revelada. A pesar de que esta corriente abarca un período de seis
siglos, todos los autores que la integraron entendían que la investigación filosófica debía subordinarse a la
tradición cristiana, y su finalidad debía ser por ello explicar las verdades ya conocidas por la revelación divina
(no descubrir otras nuevas). Su método fundamental fue la lectura y el comentario de textos, así como la
quaestio-disputatio, la discusión sobre algún punto espinoso de la doctrina. Es en ese momento cuando la
influencia de Aristóteles se hace crucial en Occidente: por un lado, se traducen sus obras; por otro, se conocen
los comentarios realizados a sus obras por pensadores musulmanes, como Averroes. El conocimiento de su
obra reavivará de nuevo el problema filosófico de la relación entre la fe y la razón.
Así, a principios del siglo XIII se extiende en la Universidad de París el averroísmo latino. Esta corriente,
representada por Sigerio de Brabante, defendía –basándose en la obra de Aristóteles-, la autonomía de la
razón frente a la fe. Según la “teoría de la doble verdad”, la razón establece autónomamente verdades que
crisis de la Escolástica medieval).
Durante todo el período medieval (siglos V-XV), el cristianismo fue la característica fundamental, no sólo
de la filosofía y moral, sino en todas las estructuras económicas, políticas o culturales. La fe en un Dios
personal y creador, y la visión contingente del mundo, rompió definitivamente el mundo mental de los griegos
y supuso un cambio total en el modo de interpretar la realidad.
Pese a que en un primer momento la filosofía había sido despreciada por los cristianos, pronto éstos
necesitaron una mayor precisión conceptual para hacer frente a pensadores paganos y sectas, lo que les llevó
a echar mano del pensamiento griego o helenístico (fundamentalmente, platonismo o neoplatonismo). Surge
así la problemática fundamental: la relación entre la fe y la razón. Estos primeros pensadores (que llevaron a
cabo su actividad entre los siglos II y finales del IV) se engloban bajo el término genérico de patrística, los
primeros “padres de la Iglesia”.
De entre todos ellos será Agustín de Hipona (354-430) el que ejercerá mayor influencia. Su obra supone el
primer intento de síntesis entre cristianismo y filosofía platónica. Según Agustín, no hay distinción clara entre
razón y fe; ambas confluyen en la búsqueda de la única verdad que existe, la revelada por Dios. La fe, que
prima sobre la razón, la ilumina y orienta, y la razón contribuye a esclarecer sus contenidos. Por tanto, “cree
para comprender, comprende para creer”.
En contraste con la decadencia intelectual y cultural del período que va desde el siglo V al VIII (Edad
Oscura), entre los siglos VIII y IX, se recupera de nuevo la intensidad en las investigaciones respecto de la razón
y la fe. El llamado “renacimiento carolingio” supuso la primera unificación “funcional” de los poderes políticos
y religiosos, a partir de la idea de Imperio Cristiano. Carlomagno, además de fundar la Escuela palatina de
Aquisgrán, había ordenado la apertura de escuelas en todos los obispados y monasterios: son estos centros
de investigación, los que, junto con a partir del siglo XI las universidades, permiten el desarrollo de la
Escolástica, que será sin duda la aportación fundamental de la filosofía medieval. Este movimiento intelectual
fue inaugurado por Anselmo de Canterbury en el siglo XI con su famoso lema “la fe debe buscar su
comprensión racional”, y tuvo su apogeo en el siglo XIII con la figura gigantesca de Tomás de Aquino.
Además, a finales del siglo XII la reforma gregoriana tuvo como resultado la consolidación del poder de la
Iglesia sobre el Estado, y la independencia de los monasterios sobre el poder secular. En este ámbito tuvo
especial importancia la labor de la orden benedictina, bajo la Regla de san Benito (paz, oración y trabajo), a la
que pertenecerá Hildegard von Bingen, quien propone la mística, la experiencia directa e interior de la
divinidad, como vía de acceso a la verdad. Esta abadesa, compositora, naturalista, filósofa y poetisa, abordó
las cuestiones teológicas a partir de la descripción e interpretación de los símbolos aparecidos en sus visiones.
La Escolástica –del latín scholae, escuela- nació con un interés educativo que exigía un trabajo conjunto:
hacer comprender a la humanidad la verdad revelada. A pesar de que esta corriente abarca un período de seis
siglos, todos los autores que la integraron entendían que la investigación filosófica debía subordinarse a la
tradición cristiana, y su finalidad debía ser por ello explicar las verdades ya conocidas por la revelación divina
(no descubrir otras nuevas). Su método fundamental fue la lectura y el comentario de textos, así como la
quaestio-disputatio, la discusión sobre algún punto espinoso de la doctrina. Es en ese momento cuando la
influencia de Aristóteles se hace crucial en Occidente: por un lado, se traducen sus obras; por otro, se conocen
los comentarios realizados a sus obras por pensadores musulmanes, como Averroes. El conocimiento de su
obra reavivará de nuevo el problema filosófico de la relación entre la fe y la razón.
Así, a principios del siglo XIII se extiende en la Universidad de París el averroísmo latino. Esta corriente,
representada por Sigerio de Brabante, defendía –basándose en la obra de Aristóteles-, la autonomía de la
razón frente a la fe. Según la “teoría de la doble verdad”, la razón establece autónomamente verdades que