Historia de la
filosofía antigua
y medieval
UNED
Curso 2025/2026
1
, Tema 1. El nacimiento de la filosofia: los filósofos presocráticos
CONTENIDO
1. Introducción
1.1. El comienzo de la filosofia griega
1.2. Contexto mítico y social del pensamiento presocrático
1.3. Mito, filosofia, ciencia
1.4. El problema del cambio y la physis
2. La primera filosofia de la naturaleza
2.1. Tales de Mileto
2.2. Anaximandro
2.3. Anaxímenes
2.4. Jenófanes de Colofón
3. La escuela pitagórica
3.1. Los datos históricos
3.2. Pitágoras
3.3. La doctrina de los números
3.4. La música del universo
5. Devenir y ser: la oposición Heráclito-Parménides
5.l. Heráclito de Éfeso
5.2. Parménides de Elea
6. Los sistemas conciliadores postparmenídeos
6.1. Aspectos comunes a las distintas tentativas
6.2. Empédocles de Agrigento
6.3. Anaxágoras de Clazomene
6.4. Leucipo de Abdera
6.5. Demócrito de Abdera
6.6. Sobre el movimiento cósmico y la formación del mundo
7. Síntesis de la evolución de la filosofia presocrática
7.1. La coherencia del recorrido
7.2. La personalidad de los primeros pensadores: filosofia y vida
7.3. La proyección social de la reflexión filosófica
BIBLIOGRAFÍA
2
,1. Introducción.
l. l. El comienzo de la filosofía griega.
El origen de la filosofía griega se sitúa en el Asia Menor, entre los s. VII – VI a.C. Hacia el s. V a.C., la
filosofía salta al continente, especialmente en Atenas. Las razones de que la filosofía surgiera en estas polis
se explican por sus condiciones de prosperidad y bonanza económica, científica y su contacto con culturas
como la persa o la egipcia.
La primera escuela filosófica helénica surge en Mileto. Un grupo de filósofos intentaron durante varias
generaciones teorizar sobre la naturaleza de las cosas. Sus máximos exponentes son Tales, Anaximandro y
Anaxímenes (s. VI a.C.). El primero de ellos, considerado el primer filósofo, llegará a contarse entre los
Siete Sabios griegos.
No obstante, las primeras teorías filosóficas surgirán en la poesía. Ya Homero reflexionaba sobre el concepto
de una ley sagrada que gobierna todo el mundo humano en la Ilíada y la Odisea. Hesíodo personifica esta
justicia en Diké, hija de Zeus, que castiga la arrogancia (hybris) de los hombres que la quebrantan. También
Solón habla de la ley como fuerza inexorable que debe castigar a quien infringe las normas de la ciudad. Así,
la justicia se presenta como garante del equilibrio de las pasiones humanas y la autolimitación. También las
tragedias de Esquilo muestran una ley divina que rige los acontecimientos humanos.
Asimismo, en la filosofía presocrática fueron muy influyentes las religiones mistéricas difundidas por
Grecia, como el culto eleusino a Deméter o el orfismo. Este último enseñaba la necesidad de una
purificación del alma para liberarla del ciclo de reencarnaciones en otros seres vivos. Así, por ejemplo en el
Fedón platónico pueden rastrearse muchas concepciones de la doctrina órfica.
1.2. Contexto mítico y social del pensamiento presocrático.
El pensamiento filosófico surgió en Grecia como una continuación racional del pensamiento mítico, sin una
ruptura radical entre ambos. En los presocráticos se mezclan elementos míticos y racionales, sin
diferenciarse ambas esferas. Las primeras cosmogonías introducen categorías míticas como el caos, el amor
o los dioses, pero ya introducen la idea de una fuerza ordenadora que estructura la realidad y la materia. Tal
es el caso de la Teogonía de Hesíodo, por la que del caos surge el mundo por obra del amor; o la de
Ferécides de Siro, en la que Zeus (cielo) se transforma en Eros (amor) y crea el mundo entre Cronos
(tiempo) y Cnotos (tierra).
La mitología griega ofrecía una explicación sistemática del origen y orden del cosmos: del caos y del
conflicto entre fuerzas opuestas naturales (personificadas en los dioses) surgía un orden regido por una ley
universal, basada en la justicia, el equilibrio y la armonía. La filosofía primitiva heredó del mito tanto sus
formas explicativas como sus conceptos, y de la vida social tomó nociones como orden, lucha y legalidad,
con el objetivo de construir una cosmología racional.
La búsqueda presocrática de un principio o causa primera refleja esta herencia, ya que la noción de causa
implicaba responsabilidad por parte del autor o fuerza generadora, de lo que se extrae también esa noción
del ideal moral griego, que valoraba el equilibrio y armonía tanto en la vida como en el arte.
1.3. Mito, filosofía, ciencia.
Los primeros filósofos intentarán teorizar basándose en principios lógicos, alejándose de los mitos. Sin
embargo, sus observaciones fueron más allá de lo observable, por lo que se apoyaron también en hipótesis
especulativas y metafísicas en la búsqueda del elemento esencial y primigenio de la materia.
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,Aristóteles llamó a estos pensadores «físicos», pues se enfrentaban a la naturaleza y le platean la pregunta
teórica de qué es, y que no puede contestarse con un mito o genealogía de los dioses, sino con filosofía.
1.4. El problema del cambio y la physis.
El proceso de cambio de las cosas, la mutabilidad de la vida o el envejecimiento fueron conceptos que
impactaron a los primeros filósofos. Se preguntaban: si las cosas cambian, ¿qué son de verdad? ¿Si algo que
es deja de ser, esa misma cosa es y no es? Esta contradicción les hizo plantearse una raíz permanente e
inmutable interior de las cosas, más allá de la multiplicidad o el cambio. De ahí surge la pregunta inicial de
la filosofía: ¿cuál es el principio de donde emerge todo?
Así, hablaron de la naturaleza de las cosas que se les confiere al nacer (physis) y que está relacionada con el
verbo «phyo» (nacer) y «phyomai» (crecer). Esta physis es la esencia de las cosas, lo que permanece a pesar
del cambio. Sin embargo, para los presocráticos, este concepto tenía un dovle sentido:
—Principio germinal de las cosas, es decir, lo que el creador transmite a lo creado.
—La propia naturaleza de aquello creado.
Esto posteriormente será concretado con la introducción de nuevos conceptos. La esencia de las cosas
seguirá siendo la physis, la fuerza creadora se llamará arjé y el proceso engendrador, que inicia el devenir de
las cosas, se llamará génesis. La sustancia cósmica estaba dotada para ellos de algo vital, espontáneo,
mutable, propio de los caracteres propios de los organismos, lo que ha llevado a designar a su doctrina como
«hilozoismo». Por otro lado, el cambio de la materia es para los presocráticos un hecho indubitable, evidente.
2. La primera filosofía de la naturaleza.
2.1. Tales de Mileto (624 – 546 a.C.).
Fundador de la escuela jónica. Promovió la creación de una federación de ciudades jónicas con capital en
Teos. Realizó aportaciones a la geometría o a la astronomía, prediciendo un eclipse solar.
De su filosofia, escribe Aristóteles: «Tales dice que el principio es el agua, por lo cual afirmaba también que
la tierra se sostiene sobre el agua; quizá sus razones fueran el ver que el alimento de todas las cosas es
húmedo y que lo cálido se engendra y vive en la humedad; pues aquello de lo cual todo se engendra es el
principio de todo». Aristóteles observa también que Homero había designado al Océano y a Tetis como
principios generadores.
En cualquier caso, parece claro que Tales trata de buscar la caracterización de la material fundamenta o
physis en la experiencia inmediata, rasgo característico de la escuela de Mileto. Así, mientras que para Tales
la physisera el agua, para Anaxímenes será el aire. Para estos debieron ser decisivas la mutabilidad y la
adaptación del agua y el aire, lo que explicaría el cambio y devenir de la materia cósmica.
2.2. Anaximandro.
La experiencia inmediata se supera con Anaximandro, pues pensaba que las características del arjé no
podían ser satisfechas por ninguna materia perceptible. Así, afirma la existencia de una esencia permanente y
ajena al cambio fuera de toda experiencia. A esta materia la llamó «lo indeterminado» y le adscribió los
postulados de la physis: eterna, imperecedera, inagotable e indestructible.
Aristóteles admite la idea de que la materia de Anaximandro es una mezcla indiferenciada de todas las
materias empíricas. Así, lo más probable es que este reprodujera el caos mítico originario de los mitos, al
reconocer que la materia cósmica es una masa corporal infinita donde las sutancias empíricas están
mezcladas, encontrando así el concepto de la unidad del mundo en sentido cualitativo.
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,Sobre el devenir cósmico habla el único fragmento literal del filósofo: «Donde las cosas tienen su origen,
allí tienen que perecer también, según la necesidad, pues tienen que pagar su culpa y ser juzgadas por su
injusticia, de acuerdo con el orden del tiempo». Los posteriores pensadores interpretaron el fragmento como
sigue: del ápeiron se separan los elementos opuestos. Estos elementos contrarios se mezclan y tales mezclas
son injuntas, pues conllevan lucha. El elemento cálido comete una injusticia en verano a costa del elemento
frío, y este, a su vez, la comete contra aquel en invierno. El cambio es una «lucha entre contrarios». Así, el
orden natural cósmico adquiere una dimensión moral.
Una última acepción del ápeiron es el de «lo divino». Por primera vez entre los filósofos, lo divino se
identifica con el más elevado concepto explicativo del mundo, despojándole a Dios toda misticidad e
insertándolo por primera vez en la esfera de lo físico.
2.3. Anaxímenes.
Anaxímenes, discípulo de Anaximandro y Mileto, afirmó que el principio de la naturaleza es el aire,
vinculado al aliento y a la respiración, fuerza vital que anima y sostiene el mundo como un ser vivo. De él
nacen todas las cosas y a él regresan cuando se corrompen, incluidos los dioses.
Su aportación más importante fue explicar cómo surge la multiplicidad a partir de ese principio: mediante los
procesos de rarefacción y condensación. Al enrarecerse, el aire se convierte en fuego; al condensarse, da
lugar al viento, la nube, el agua, la tierra y la piedra. El calor y el frío también dependen de estos procesos.
Así, Anaxímenes no solo propuso una sustancia primera, sino también un principio de movimiento y
transformación, entendiendo el aire como un elemento vivo, dinámico y animador, semejante al alma
humana. De este modo, el aire fundamenta la unidad: todas las cosas son iguales pero en diferente orden del
mundo, que se rige por un devenir cíclico en el que las cosas nacen y se disuelven periódicamente en el
principio originario.
2.4. Jenófanes de Colofón.
La evolución del pensamiento griego impulsó un pensamiento monoteísta cuyos primeros indicios aparecen
en Ferécides y Solón, pero fue Jenófanes quien formuló explícitamente el primer monismo filosófico. Su
concepción divina tenía rasgos panteístas, al identificar a Dios con una única esencia que abarca todo.
Jenófanes criticó duramente el antropomorfismo de la mitología popular y de los poetas, rechazando la idea
de dioses con características humanas. Para él, Dios no es comparable al hombre ni corporal ni
espiritualmente. Sin embargo, su doctrina resulta ambigua, ya que por un lado identifica a Dios con el
universo y le atribuye rasgos de la arjé (eternidad, inmutabilidad), y por otro le asigna características
espaciales y psíquicas, como forma esférica, omnipresencia, sabiduría y gobierno racional del mundo.
Es preciso ver aquí el cambio que experimenta el religioso Jenófanes del científico natural y metafísico
Anaximandro: Dios se convierte ante todo en objeto de veneración; se pierde el interés por comprender la
naturaleza. Mientras los milesios concebían el principio del mundo como dinámico y generador de la
multiplicidad, Jenófanes pensó a Dios como inmóvil y homogéneo, dejando sin aclarar cómo se relaciona
esta unidad divina con la diversidad de las cosas.
3. La escuela pitagórica.
3.1. Los datos históricos.
A finales del s. VI, el desarrollo filosófico se concentra en la Magna Grecia, pues en el Asia Menor se
produce la invasión persa. Se forma así la Escuela itálica, con los pitagóricos como grupo central. Son
escasos los datos de los que de ellos se disponen. Aristóteles les describe como una congregación o secta
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,regulada por una gran cantidad de normas (ej. no comían carne, no podían recoger lo que se había caído,
etc.). Se distinguían entre ellos los acusmáticos de los matemáticos, en función de su carácter y rango. Los
pitagóricos terminarían involucrándose en la esfera política y, tras una violenta reacción democrática en
Crotona, siendo perseguidos.
Lo más interesante de los pitagóricos es que conformaron la primera escuela filosófica. En griego, la palabra
«escuela» significa ocio. Estos distinguían tres modos de vida: el de los que participan en las competiciones
olímpicas, el de los que van allí a comprar y vender o el de los espectadores que se limitan a observar. Los
pitagóricos se identificaban con estos últimos, apelando a su vida teorética y contemplativa.
Posteriormente los pitagóricos obtendrían un resurgimiento con el neopitagorismo.
3.2. Pitágoras.
Fundador de la escuela pitagórica. Poco se sabe de él. Probablemente nació en la isla de Samos, próxima a la
costa del Asia Menor, para posteriormente establecerse en Crotona, en la Magna Grecia. Se dice que fue
discípulo de Ferécides de Siro y Anaximandro y que viajó por Egipto y Persia, entrando en contacto con el
zoroastrismo. Así, su labor sería principalmente religiosa, casi como un profeta, relacionada con los
misterios órficos y dionisíacos.
Probablemente no escribió nada, o su doctrina se mantuvo en la clandestinidad y se perdió. Es por ello que
poco se puede dilucidar sobre su postura, excepto en un tema: la supervivencia del alma tras la muerte y su
transmigración a otros cuerpos. El cuerpo sería una cárcel para el alma, necesario para poder sentir; pero
cuando está fuera de él, vive una vida incorpórea en un mundo superior. El alma volvería a ese lugar si
durante la vida corpórea se purifica; en caso contrario, está condenada a una cadena constante de
transmigraciones. Para la purificación es necesario alcanzar un estado de entusiasmo, es decir, el
endiosamiento. En esta idea se puede ver la conexión de los pitagóricos con los órficos y sus ritos, fundados
en la manía (locura) y en la orgía.
La escuela pitagórica utiliza estos ritos y los transforma en su modelo de vida contemplativa no ligada a las
necesidades del cuerpo sino queriéndose aproximar más bien a un modo de vivir divino. El hombre que llega
a esto es el sabio, el perfecto ciudadano. Así se unían política con religión.
3.3. La doctrina de los números.
La doctrina central del pitagorismo sostiene que la sustancia de todas las cosas es el número. Según
Aristóteles, los pitagóricos sustituyeron los elementos materiales de los jonios por el orden matemático como
causa universal del mundo. Gracias a ellos, la matemática se convirtió en una ciencia rigurosa y autónoma, y
se amplió la noción de ser al reconocer la realidad de entidades incorpóreas como los números y las figuras
geométricas.
Los pitagóricos identificaron el ser del mundo con las realidades matemáticas: las cosas existen por
imitación de los números, llegando a afirmar que los números son las cosas mismas y también su norma. Su
aportación más decisiva fue destacar la medida matemática como clave para comprender el orden y la unidad
del cosmos, idea que influirá profundamente en Platón.
Entendieron el número principalmente en sentido geométrico, aunque aritmética y geometría confluyen en la
noción de medida. Todas las oposiciones del mundo se reducen a oposiciones numéricas, especialmente la de
límite e ilimitado, asociadas respectivamente a los números impares (que relacionaban con lo limitado) y
pares (ilimitado). El límite, la medida y el orden representan la perfección y el bien, mientras que su
contrario representa el mal.
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,Sin embargo, los opuestos se reconcilian mediante un principio de armonía, que constituye el sentido último
de la realidad. Para los pitagóricos, la matemática era una ciencia sagrada, orientada al conocimiento de lo
eterno e inmutable, razón por la cual sus descubrimientos, como los poliedros regulares, se rodeaban de
misterio y secreto.
3.4. La música del universo.
Los pitagóricos crearon también una teoría matemática aplicada a la música. Las diversas longitudes de una
cuerda y sus diferentes notas correspondientes sirvieron de estudio de lo musical. La correspondencia
aproximada entre estas longitudes y las distancias de los planetas les llevó a pensar que cada astro da una
nota al moverse, conformando todas juntas la armonía de las esferas o música celestial.
Como en todo hay oposición de elementos, también hay armonía. Lo mismo valdría decir que todo es
número o que todo es armonía. Por tanto, la naturaleza es revelada por la música: las relaciones musicales
expresan de la manera más evidente la naturaleza universal.
Cosmológicamente, los pitagóricos aportaron un pensamiento precursor de Copérnico. Concibieron una
esfera con fuego en el centro. Lo más lejano de este centro sería el cielo de estrellas fijas, y posteriormente,
los cuerpos celestes moviéndose de occidente a oriente, a distancias cada vez menores: los cinco planetas, el
sol, la luna, la tierra y la antitierra, un planeta hipotético necesario para completar el número sagrado de diez.
5. Devenir y ser: la oposición Heráclito – Parménides.
5.1. Heráclito de Éfeso.
Heráclito creía que no existía nada estable, ni siquiera la esencia del universo. Conocedor de los postulados
milesios, su planteamiento fue más allá, al afirmar que no hay un elemento determinado que forme todas las
cosas, sino que lo que existe es más bien un flujo continuo de cambio y transformación, que es lo
fundamental. Todo cambia: nada permanece. Las cosas o elementos solo son aspectos o momentos de este
flujo.
Heráclito concibe «lo que es» y «lo que no es» como una lucha entre contrarios: «La guerra -dice- es el
padre y rey de todas las cosas». Pero, a diferencia de Anaximandro, esta lucha es justa, es decir, el devenir es
el modo en que las cosas son por naturaleza. Todo lo que parece detenerse por corto o largo tiempo es, por
tanto, el producto de un movimiento y unas fuerzas contrarias que se mantienen en equilibrio.
En definitiva, el devenir es unidad de oposiciones; las cosas, unidades transitorias de este devenir. Para
ilustrar este concepto, Heráclito usó el símbolo del fuego, como ejemplo de la transformación misma, del
devenir, que, al igual que el fuego para arder, necesita de multitud de objetos que va transformando en sí. La
existencia misma del fuego (del devenir) depende de esta tensión.
Heráclito también planteó que el devenir se sucede en una serie de fases repetitivas. Este ritmo de
acontecimientos lo llamó destino, el orden cósmico, la razón del mundo o lógos; que sin embargo el
pensamiento no es capaz de identificar. Esta ley o razón del flujo del devenir es inaccesible para los sentidos.
5.2. Parménides de Elea.
Existe un debate histórico sobre si Parménides y Heráclito se conocían o si el primero respondió con su
teoría al segundo. En cualquier caso, Parménides es presentado por Platón como el gran opuesto de
Heráclito. Frente al devenir heraclíteo, Parménides afirma que solo el ser es y el no-ser no es.
El ser posee los atributos del dios-todo de Jenófanes: es eterno, inmutable, único e indivisible. No puede
nacer ni cambiar, porque eso implicaría proceder del no-ser, lo cual es imposible. Fuera del ser, no hay nada.
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,Por ello, el devenir, la pluralidad y el cambio no existen realmente, sino que son ilusiones de los sentidos,
propias de la “vía de la opinión”.
Parménides concibe el ser como acabado, infinito y semejante a una esfera perfecta, lo que ha llevado a
interpretarlo como una realidad material y espacial. El no-ser es identificado con el vacío, entendido como lo
inexistente e inconcebible, inmaterial, incorpóreo. La diversidad y el movimiento solo parecen existir debido
a la percepción sensible, pero carecen de realidad verdadera.
La verdad solo puede alcanzarse por la razón, no por los sentidos. Parménides establece así un criterio
fundamental del conocimiento: solo es verdadero aquello que tiene realidad. Pensar solo puede dirigirse a lo
que es, y por ello sostiene la famosa tesis de que pensar y ser son lo mismo.
En consecuencia, Parménides no distingue entre el acto de pensar y su objeto: el pensar es la captación
directa del ser, y el ser es la verdad misma del pensar. Esta concepción marcará profundamente el desarrollo
posterior de la filosofía griega.
6. Los sistemas conciliadores post-parmenídeos.
6.1. Aspectos comunes a las distintas tentativas.
La multiplicidad de las cosas impulsó a los milesios a preguntar por algo permanente y común, pues creían
que ellas eran meras transformaciones. Con el concepto de ser de Parménides, la materia cósmica se aleja
tanto de las cosas singulares que se desposeyó de toda realidad a estas en favor del ser unitario. Solo el
“todo” permanecía, los cambios y la diversidad no eran más que engaño y apariencia. Todo esto, sumado a la
oposición del fuego-devenir de Heráclito y el ser absoluto de Parménides, pone de manifiesto la
imperfección del concepto de sustancia cósmica milesio.
Los filósofos posteriores analizaron esta antítesis y encontraron nuevas formas de relación que desarrollaron
en sus teorías. Estos aceptaban, como Parménides, que lo que existe debe ser pensado como eterno e
invariable; pero también la realidad innegable de Heráclito del devenir y la diversidad de las cosas. Pero
también están en contra de diversos postulados de estos pensadores. Contra Parménides creen que el ser no
es uno sino múltiple; contra Heráclito, que existen elementos sustanciales.
Así, la diversidad que percibe nuestra experiencia se explicaba por las incontables combinaciones de
elementos. Estas combinaciones y cambios de elementos (que debían permanecer intactos según el postulado
de Parménides) se explicaba por el movimiento, el cambio de lugar de dichos elementos.
6.2. Empédocles de Agrigento.
Empédocles fue una figura destacada y singular de su ciudad, autor de los poemas Sobre la naturaleza y Las
purificaciones, en los que combinó ideas religiosas, científicas y filosóficas. Realizó importantes
aportaciones astronómicas, como la explicación de los eclipses, su teoría sobre la distinción entre el fuego
real de los astros y la luz que vemos del sol reflejado, y la afirmación de que la luz se propaga y tarda un
tiempo, aunque mínimo.
Para explicar la realidad y la multiplicidad de las cosas, Empédocles postuló las cuatro raíces o elementos
eternos e indestructibles, opuestos: tierra, agua, aire y fuego, cuya mezcla da origen a los seres y cuya
separación provoca su desaparición. Estos elementos no cambian en sí mismos, pero sí en sus
combinaciones.
El movimiento y el cambio se explican mediante dos fuerzas independientes: Amor y Odio. El amor une los
elementos y el odio los separa. Sin embargo, también en el odio hay unión, pues solo los elementos se atraen
cuando han quedado libres. Así, el auténtico amor es la atracción de lo desemejante. Se produce así un
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,proceso cíclico del cosmos en cuatro fases: unidad total, separación progresiva, dominio de la separación y
nueva unión. En cada ciclo surgen combinaciones distintas, de las cuales solo perduran las que poseen una
estructura interna (lógos).
Empédocles sostuvo así la invariabilidad de la materia primordial, pero introdujo fuerzas externas como
causas del movimiento. Amor y Odio no son simples propiedades de los elementos, sino principios
metafísicos autónomos, vinculados también a valores éticos, al representar respectivamente el origen del
bien y del mal.
6.3. Anaxágoras de Clazomene.
Anaxágoras, de origen noble, renunció a la política para dedicarse a la filosofía. Mantuvo contacto con
figuras como Empédocles, Protágoras, Pericles y los sofistas, pero sus doctrinas le valieron la condena
ateniense y el exilio en Lampsaco.
Partiendo del principio eleático (Parménides) de que el ser no se crea ni se destruye, sostuvo que existen
infinitos elementos cualitativamente distintos (homeomerías o spermata), que se conservan idénticos incluso
al fragmentarse. Todas las cosas contienen algo de todos los elementos, pero presentan las cualidades del que
predomina en mayor proporción. La generación y corrupción de las cosas se explican por la mezcla y
separación de estas partículas eternas.
Los elementos, aunque móviles, no pueden moverse por sí mismos, lo que llevó a Anaxágoras a postular una
causa externa del movimiento. Esta causa es el nous (razón o inteligencia), una sustancia material especial,
la más fina y pura, capaz de automovimiento y de poner en movimiento a las demás.
El orden y la regularidad del cosmos, especialmente el movimiento de los astros, revelan para Anaxágoras la
acción de un principio racional que actúa conforme a fines, una causa. Así, el nous introduce por primera vez
una explicación teleológica de la naturaleza, en la que el orden, lo bello y lo perfecto se convierten en
principios explicativos del universo.
6.4. Leucipo de Abdera.
Leucipo de Abdera, fundador de la escuela de Abdera, cree al igual que Parménides que la multiplicidad de
la experiencia no existe, y que el ser lo constituye lo corpóreo. Sin embargo, para él hay que diferenciar el
cuerpo universal indiferenciado de Parménides de una diversidad de corpúsculos, no separados entre sí por
ser alguno, sino por el no-ser. Es indispensable, entonces, conceder al no-ser alguna existencia metafísica.
Leucipo designó a estos fragmentos del cuerpo eterno e invariable, pero esparcidos, como átomos. Estos los
concibió Leucipo como incontables e infinitamente variados. En suma, son diferentes en tamaño, forma y
posición.
Las cosas de nuestra experiencia son, pues, combinaciones de átomos: se generan por la reunión de ellos y
perecen por su separación. De modo que todo acontecer es, por esencia, movimiento de átomos en el
espacio. Este movimiento es un carácter intrínseco de los átomos.
La separación conceptual entre materia y fuerza que habían buscado Empédocles y Anaxágoras queda
anulada nuevamente por los atomistas, quienes atribuyen automovimiento a las partículas a la vez que las
despojan de toda capacidad de variación. De este modo acogen el principio, otra vez, del planteamiento de
los milesios, si bien en un sentido limitado y diferente.
6.5. Demócrito de Abdera.
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,Demócrito desarrolló y radicalizó el atomismo de Leucipo, subrayando el carácter mecánico y necesario del
acontecer universal: toda interacción entre los átomos se produce por choque. Su aportación más original se
encuentra en su concepción de la ciencia y del conocimiento, con la que intentó explicar la totalidad del
mundo desde un monismo materialista.
Para Demócrito, la ciencia debe explicar el mundo de la apariencia sensible a partir del conocimiento de la
verdadera realidad, compuesta por átomos y vacío. Las cualidades que percibimos no son reales en sí
mismas, sino el resultado de relaciones cuantitativas entre átomos. La tarea de la ciencia consiste en reducir
las variaciones cualitativas a determinaciones espaciales y mecánicas.
De ahí su distinción entre propiedades verdaderas de las cosas (forma, tamaño, densidad, solidez,
movimiento) y cualidades aparentes (color, sonido, olor, sabor), anticipando la posterior distinción entre
cualidades primarias y secundarias. Estas últimas dependen tanto de las propiedades de los átomos como del
sujeto que percibe, cuya alma es también un conjunto de átomos, especialmente finos e ígneos.
La percepción se produce por la acción de ídolos (emanaciones atómicas de las cosas) sobre los átomos del
alma, generando así el mundo aparente como consecuencia necesaria del mundo real. El tacto es el sentido
más fundamental, ya que todo conocimiento sensible se basa en el movimiento y el choque de átomos. Con
esta teoría, Demócrito ofrece una explicación completa del conocimiento y de la percepción sin abandonar el
materialismo atomista.
6.6. Sobre el movimiento cósmico y la formación del mundo.
Empédocles, Anaxágoras y Leucipo coinciden en explicar el movimiento cósmico mediante un torbellino o
movimiento circular, aunque difieren en su causa y significado. Para Empédocles, este movimiento se debe a
las fuerzas del amor y el odio; para Anaxágoras, lo inicia una razón ordenadora (nous) con finalidad, que
luego da paso a un mecanismo regular; para Leucipo y Demócrito, es exclusivamente resultado del choque
mecánico de los átomos.
El mecanicismo aparece de forma mítica en Empédocles, parcialmente racional en Anaxágoras y plenamente
desarrollado en Leucipo, quien elimina toda referencia ética o religiosa en la explicación de la naturaleza.
También difieren en su concepción del origen y destino del mundo. En Empédocles, el cosmos sigue un ciclo
eterno de mezcla y separación de los elementos, regido por el conflicto entre amor y odio, y las cosas
singulares solo existen en las fases intermedias. Para Anaxágoras, la formación del mundo es única e
irrepetible: el nous organiza un caos inicial en un cosmos ordenado y perfecto, motivado por la admiración
del orden celeste.
En cambio, Leucipo sostiene la existencia de infinitos mundos, que nacen y perecen sin finalidad ni ritmo,
formados por torbellinos atómicos autosuficientes. Cada mundo se organiza mecánicamente según el peso de
los átomos y puede desaparecer por colisión con otros. Esta concepción anticipa de manera notable la visión
de la ciencia natural moderna.
7. Síntesis de la evolución de la filosofía presocrática.
7.1. La coherencia del recorrido.
El pensamiento presocrático puede entenderse como un proceso progresivo de racionalización de la
explicación de la naturaleza, que culmina en el atomismo de Demócrito. Estos filósofos buscaron superar el
pensamiento mítico y construir una comprensión lógico-racional capaz de unificar conceptualmente la
diversidad de la experiencia.
Tales de Mileto inició este camino al explicar la realidad a partir de una sustancia originaria única, el agua.
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filosofía antigua
y medieval
UNED
Curso 2025/2026
1
, Tema 1. El nacimiento de la filosofia: los filósofos presocráticos
CONTENIDO
1. Introducción
1.1. El comienzo de la filosofia griega
1.2. Contexto mítico y social del pensamiento presocrático
1.3. Mito, filosofia, ciencia
1.4. El problema del cambio y la physis
2. La primera filosofia de la naturaleza
2.1. Tales de Mileto
2.2. Anaximandro
2.3. Anaxímenes
2.4. Jenófanes de Colofón
3. La escuela pitagórica
3.1. Los datos históricos
3.2. Pitágoras
3.3. La doctrina de los números
3.4. La música del universo
5. Devenir y ser: la oposición Heráclito-Parménides
5.l. Heráclito de Éfeso
5.2. Parménides de Elea
6. Los sistemas conciliadores postparmenídeos
6.1. Aspectos comunes a las distintas tentativas
6.2. Empédocles de Agrigento
6.3. Anaxágoras de Clazomene
6.4. Leucipo de Abdera
6.5. Demócrito de Abdera
6.6. Sobre el movimiento cósmico y la formación del mundo
7. Síntesis de la evolución de la filosofia presocrática
7.1. La coherencia del recorrido
7.2. La personalidad de los primeros pensadores: filosofia y vida
7.3. La proyección social de la reflexión filosófica
BIBLIOGRAFÍA
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,1. Introducción.
l. l. El comienzo de la filosofía griega.
El origen de la filosofía griega se sitúa en el Asia Menor, entre los s. VII – VI a.C. Hacia el s. V a.C., la
filosofía salta al continente, especialmente en Atenas. Las razones de que la filosofía surgiera en estas polis
se explican por sus condiciones de prosperidad y bonanza económica, científica y su contacto con culturas
como la persa o la egipcia.
La primera escuela filosófica helénica surge en Mileto. Un grupo de filósofos intentaron durante varias
generaciones teorizar sobre la naturaleza de las cosas. Sus máximos exponentes son Tales, Anaximandro y
Anaxímenes (s. VI a.C.). El primero de ellos, considerado el primer filósofo, llegará a contarse entre los
Siete Sabios griegos.
No obstante, las primeras teorías filosóficas surgirán en la poesía. Ya Homero reflexionaba sobre el concepto
de una ley sagrada que gobierna todo el mundo humano en la Ilíada y la Odisea. Hesíodo personifica esta
justicia en Diké, hija de Zeus, que castiga la arrogancia (hybris) de los hombres que la quebrantan. También
Solón habla de la ley como fuerza inexorable que debe castigar a quien infringe las normas de la ciudad. Así,
la justicia se presenta como garante del equilibrio de las pasiones humanas y la autolimitación. También las
tragedias de Esquilo muestran una ley divina que rige los acontecimientos humanos.
Asimismo, en la filosofía presocrática fueron muy influyentes las religiones mistéricas difundidas por
Grecia, como el culto eleusino a Deméter o el orfismo. Este último enseñaba la necesidad de una
purificación del alma para liberarla del ciclo de reencarnaciones en otros seres vivos. Así, por ejemplo en el
Fedón platónico pueden rastrearse muchas concepciones de la doctrina órfica.
1.2. Contexto mítico y social del pensamiento presocrático.
El pensamiento filosófico surgió en Grecia como una continuación racional del pensamiento mítico, sin una
ruptura radical entre ambos. En los presocráticos se mezclan elementos míticos y racionales, sin
diferenciarse ambas esferas. Las primeras cosmogonías introducen categorías míticas como el caos, el amor
o los dioses, pero ya introducen la idea de una fuerza ordenadora que estructura la realidad y la materia. Tal
es el caso de la Teogonía de Hesíodo, por la que del caos surge el mundo por obra del amor; o la de
Ferécides de Siro, en la que Zeus (cielo) se transforma en Eros (amor) y crea el mundo entre Cronos
(tiempo) y Cnotos (tierra).
La mitología griega ofrecía una explicación sistemática del origen y orden del cosmos: del caos y del
conflicto entre fuerzas opuestas naturales (personificadas en los dioses) surgía un orden regido por una ley
universal, basada en la justicia, el equilibrio y la armonía. La filosofía primitiva heredó del mito tanto sus
formas explicativas como sus conceptos, y de la vida social tomó nociones como orden, lucha y legalidad,
con el objetivo de construir una cosmología racional.
La búsqueda presocrática de un principio o causa primera refleja esta herencia, ya que la noción de causa
implicaba responsabilidad por parte del autor o fuerza generadora, de lo que se extrae también esa noción
del ideal moral griego, que valoraba el equilibrio y armonía tanto en la vida como en el arte.
1.3. Mito, filosofía, ciencia.
Los primeros filósofos intentarán teorizar basándose en principios lógicos, alejándose de los mitos. Sin
embargo, sus observaciones fueron más allá de lo observable, por lo que se apoyaron también en hipótesis
especulativas y metafísicas en la búsqueda del elemento esencial y primigenio de la materia.
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,Aristóteles llamó a estos pensadores «físicos», pues se enfrentaban a la naturaleza y le platean la pregunta
teórica de qué es, y que no puede contestarse con un mito o genealogía de los dioses, sino con filosofía.
1.4. El problema del cambio y la physis.
El proceso de cambio de las cosas, la mutabilidad de la vida o el envejecimiento fueron conceptos que
impactaron a los primeros filósofos. Se preguntaban: si las cosas cambian, ¿qué son de verdad? ¿Si algo que
es deja de ser, esa misma cosa es y no es? Esta contradicción les hizo plantearse una raíz permanente e
inmutable interior de las cosas, más allá de la multiplicidad o el cambio. De ahí surge la pregunta inicial de
la filosofía: ¿cuál es el principio de donde emerge todo?
Así, hablaron de la naturaleza de las cosas que se les confiere al nacer (physis) y que está relacionada con el
verbo «phyo» (nacer) y «phyomai» (crecer). Esta physis es la esencia de las cosas, lo que permanece a pesar
del cambio. Sin embargo, para los presocráticos, este concepto tenía un dovle sentido:
—Principio germinal de las cosas, es decir, lo que el creador transmite a lo creado.
—La propia naturaleza de aquello creado.
Esto posteriormente será concretado con la introducción de nuevos conceptos. La esencia de las cosas
seguirá siendo la physis, la fuerza creadora se llamará arjé y el proceso engendrador, que inicia el devenir de
las cosas, se llamará génesis. La sustancia cósmica estaba dotada para ellos de algo vital, espontáneo,
mutable, propio de los caracteres propios de los organismos, lo que ha llevado a designar a su doctrina como
«hilozoismo». Por otro lado, el cambio de la materia es para los presocráticos un hecho indubitable, evidente.
2. La primera filosofía de la naturaleza.
2.1. Tales de Mileto (624 – 546 a.C.).
Fundador de la escuela jónica. Promovió la creación de una federación de ciudades jónicas con capital en
Teos. Realizó aportaciones a la geometría o a la astronomía, prediciendo un eclipse solar.
De su filosofia, escribe Aristóteles: «Tales dice que el principio es el agua, por lo cual afirmaba también que
la tierra se sostiene sobre el agua; quizá sus razones fueran el ver que el alimento de todas las cosas es
húmedo y que lo cálido se engendra y vive en la humedad; pues aquello de lo cual todo se engendra es el
principio de todo». Aristóteles observa también que Homero había designado al Océano y a Tetis como
principios generadores.
En cualquier caso, parece claro que Tales trata de buscar la caracterización de la material fundamenta o
physis en la experiencia inmediata, rasgo característico de la escuela de Mileto. Así, mientras que para Tales
la physisera el agua, para Anaxímenes será el aire. Para estos debieron ser decisivas la mutabilidad y la
adaptación del agua y el aire, lo que explicaría el cambio y devenir de la materia cósmica.
2.2. Anaximandro.
La experiencia inmediata se supera con Anaximandro, pues pensaba que las características del arjé no
podían ser satisfechas por ninguna materia perceptible. Así, afirma la existencia de una esencia permanente y
ajena al cambio fuera de toda experiencia. A esta materia la llamó «lo indeterminado» y le adscribió los
postulados de la physis: eterna, imperecedera, inagotable e indestructible.
Aristóteles admite la idea de que la materia de Anaximandro es una mezcla indiferenciada de todas las
materias empíricas. Así, lo más probable es que este reprodujera el caos mítico originario de los mitos, al
reconocer que la materia cósmica es una masa corporal infinita donde las sutancias empíricas están
mezcladas, encontrando así el concepto de la unidad del mundo en sentido cualitativo.
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,Sobre el devenir cósmico habla el único fragmento literal del filósofo: «Donde las cosas tienen su origen,
allí tienen que perecer también, según la necesidad, pues tienen que pagar su culpa y ser juzgadas por su
injusticia, de acuerdo con el orden del tiempo». Los posteriores pensadores interpretaron el fragmento como
sigue: del ápeiron se separan los elementos opuestos. Estos elementos contrarios se mezclan y tales mezclas
son injuntas, pues conllevan lucha. El elemento cálido comete una injusticia en verano a costa del elemento
frío, y este, a su vez, la comete contra aquel en invierno. El cambio es una «lucha entre contrarios». Así, el
orden natural cósmico adquiere una dimensión moral.
Una última acepción del ápeiron es el de «lo divino». Por primera vez entre los filósofos, lo divino se
identifica con el más elevado concepto explicativo del mundo, despojándole a Dios toda misticidad e
insertándolo por primera vez en la esfera de lo físico.
2.3. Anaxímenes.
Anaxímenes, discípulo de Anaximandro y Mileto, afirmó que el principio de la naturaleza es el aire,
vinculado al aliento y a la respiración, fuerza vital que anima y sostiene el mundo como un ser vivo. De él
nacen todas las cosas y a él regresan cuando se corrompen, incluidos los dioses.
Su aportación más importante fue explicar cómo surge la multiplicidad a partir de ese principio: mediante los
procesos de rarefacción y condensación. Al enrarecerse, el aire se convierte en fuego; al condensarse, da
lugar al viento, la nube, el agua, la tierra y la piedra. El calor y el frío también dependen de estos procesos.
Así, Anaxímenes no solo propuso una sustancia primera, sino también un principio de movimiento y
transformación, entendiendo el aire como un elemento vivo, dinámico y animador, semejante al alma
humana. De este modo, el aire fundamenta la unidad: todas las cosas son iguales pero en diferente orden del
mundo, que se rige por un devenir cíclico en el que las cosas nacen y se disuelven periódicamente en el
principio originario.
2.4. Jenófanes de Colofón.
La evolución del pensamiento griego impulsó un pensamiento monoteísta cuyos primeros indicios aparecen
en Ferécides y Solón, pero fue Jenófanes quien formuló explícitamente el primer monismo filosófico. Su
concepción divina tenía rasgos panteístas, al identificar a Dios con una única esencia que abarca todo.
Jenófanes criticó duramente el antropomorfismo de la mitología popular y de los poetas, rechazando la idea
de dioses con características humanas. Para él, Dios no es comparable al hombre ni corporal ni
espiritualmente. Sin embargo, su doctrina resulta ambigua, ya que por un lado identifica a Dios con el
universo y le atribuye rasgos de la arjé (eternidad, inmutabilidad), y por otro le asigna características
espaciales y psíquicas, como forma esférica, omnipresencia, sabiduría y gobierno racional del mundo.
Es preciso ver aquí el cambio que experimenta el religioso Jenófanes del científico natural y metafísico
Anaximandro: Dios se convierte ante todo en objeto de veneración; se pierde el interés por comprender la
naturaleza. Mientras los milesios concebían el principio del mundo como dinámico y generador de la
multiplicidad, Jenófanes pensó a Dios como inmóvil y homogéneo, dejando sin aclarar cómo se relaciona
esta unidad divina con la diversidad de las cosas.
3. La escuela pitagórica.
3.1. Los datos históricos.
A finales del s. VI, el desarrollo filosófico se concentra en la Magna Grecia, pues en el Asia Menor se
produce la invasión persa. Se forma así la Escuela itálica, con los pitagóricos como grupo central. Son
escasos los datos de los que de ellos se disponen. Aristóteles les describe como una congregación o secta
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,regulada por una gran cantidad de normas (ej. no comían carne, no podían recoger lo que se había caído,
etc.). Se distinguían entre ellos los acusmáticos de los matemáticos, en función de su carácter y rango. Los
pitagóricos terminarían involucrándose en la esfera política y, tras una violenta reacción democrática en
Crotona, siendo perseguidos.
Lo más interesante de los pitagóricos es que conformaron la primera escuela filosófica. En griego, la palabra
«escuela» significa ocio. Estos distinguían tres modos de vida: el de los que participan en las competiciones
olímpicas, el de los que van allí a comprar y vender o el de los espectadores que se limitan a observar. Los
pitagóricos se identificaban con estos últimos, apelando a su vida teorética y contemplativa.
Posteriormente los pitagóricos obtendrían un resurgimiento con el neopitagorismo.
3.2. Pitágoras.
Fundador de la escuela pitagórica. Poco se sabe de él. Probablemente nació en la isla de Samos, próxima a la
costa del Asia Menor, para posteriormente establecerse en Crotona, en la Magna Grecia. Se dice que fue
discípulo de Ferécides de Siro y Anaximandro y que viajó por Egipto y Persia, entrando en contacto con el
zoroastrismo. Así, su labor sería principalmente religiosa, casi como un profeta, relacionada con los
misterios órficos y dionisíacos.
Probablemente no escribió nada, o su doctrina se mantuvo en la clandestinidad y se perdió. Es por ello que
poco se puede dilucidar sobre su postura, excepto en un tema: la supervivencia del alma tras la muerte y su
transmigración a otros cuerpos. El cuerpo sería una cárcel para el alma, necesario para poder sentir; pero
cuando está fuera de él, vive una vida incorpórea en un mundo superior. El alma volvería a ese lugar si
durante la vida corpórea se purifica; en caso contrario, está condenada a una cadena constante de
transmigraciones. Para la purificación es necesario alcanzar un estado de entusiasmo, es decir, el
endiosamiento. En esta idea se puede ver la conexión de los pitagóricos con los órficos y sus ritos, fundados
en la manía (locura) y en la orgía.
La escuela pitagórica utiliza estos ritos y los transforma en su modelo de vida contemplativa no ligada a las
necesidades del cuerpo sino queriéndose aproximar más bien a un modo de vivir divino. El hombre que llega
a esto es el sabio, el perfecto ciudadano. Así se unían política con religión.
3.3. La doctrina de los números.
La doctrina central del pitagorismo sostiene que la sustancia de todas las cosas es el número. Según
Aristóteles, los pitagóricos sustituyeron los elementos materiales de los jonios por el orden matemático como
causa universal del mundo. Gracias a ellos, la matemática se convirtió en una ciencia rigurosa y autónoma, y
se amplió la noción de ser al reconocer la realidad de entidades incorpóreas como los números y las figuras
geométricas.
Los pitagóricos identificaron el ser del mundo con las realidades matemáticas: las cosas existen por
imitación de los números, llegando a afirmar que los números son las cosas mismas y también su norma. Su
aportación más decisiva fue destacar la medida matemática como clave para comprender el orden y la unidad
del cosmos, idea que influirá profundamente en Platón.
Entendieron el número principalmente en sentido geométrico, aunque aritmética y geometría confluyen en la
noción de medida. Todas las oposiciones del mundo se reducen a oposiciones numéricas, especialmente la de
límite e ilimitado, asociadas respectivamente a los números impares (que relacionaban con lo limitado) y
pares (ilimitado). El límite, la medida y el orden representan la perfección y el bien, mientras que su
contrario representa el mal.
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,Sin embargo, los opuestos se reconcilian mediante un principio de armonía, que constituye el sentido último
de la realidad. Para los pitagóricos, la matemática era una ciencia sagrada, orientada al conocimiento de lo
eterno e inmutable, razón por la cual sus descubrimientos, como los poliedros regulares, se rodeaban de
misterio y secreto.
3.4. La música del universo.
Los pitagóricos crearon también una teoría matemática aplicada a la música. Las diversas longitudes de una
cuerda y sus diferentes notas correspondientes sirvieron de estudio de lo musical. La correspondencia
aproximada entre estas longitudes y las distancias de los planetas les llevó a pensar que cada astro da una
nota al moverse, conformando todas juntas la armonía de las esferas o música celestial.
Como en todo hay oposición de elementos, también hay armonía. Lo mismo valdría decir que todo es
número o que todo es armonía. Por tanto, la naturaleza es revelada por la música: las relaciones musicales
expresan de la manera más evidente la naturaleza universal.
Cosmológicamente, los pitagóricos aportaron un pensamiento precursor de Copérnico. Concibieron una
esfera con fuego en el centro. Lo más lejano de este centro sería el cielo de estrellas fijas, y posteriormente,
los cuerpos celestes moviéndose de occidente a oriente, a distancias cada vez menores: los cinco planetas, el
sol, la luna, la tierra y la antitierra, un planeta hipotético necesario para completar el número sagrado de diez.
5. Devenir y ser: la oposición Heráclito – Parménides.
5.1. Heráclito de Éfeso.
Heráclito creía que no existía nada estable, ni siquiera la esencia del universo. Conocedor de los postulados
milesios, su planteamiento fue más allá, al afirmar que no hay un elemento determinado que forme todas las
cosas, sino que lo que existe es más bien un flujo continuo de cambio y transformación, que es lo
fundamental. Todo cambia: nada permanece. Las cosas o elementos solo son aspectos o momentos de este
flujo.
Heráclito concibe «lo que es» y «lo que no es» como una lucha entre contrarios: «La guerra -dice- es el
padre y rey de todas las cosas». Pero, a diferencia de Anaximandro, esta lucha es justa, es decir, el devenir es
el modo en que las cosas son por naturaleza. Todo lo que parece detenerse por corto o largo tiempo es, por
tanto, el producto de un movimiento y unas fuerzas contrarias que se mantienen en equilibrio.
En definitiva, el devenir es unidad de oposiciones; las cosas, unidades transitorias de este devenir. Para
ilustrar este concepto, Heráclito usó el símbolo del fuego, como ejemplo de la transformación misma, del
devenir, que, al igual que el fuego para arder, necesita de multitud de objetos que va transformando en sí. La
existencia misma del fuego (del devenir) depende de esta tensión.
Heráclito también planteó que el devenir se sucede en una serie de fases repetitivas. Este ritmo de
acontecimientos lo llamó destino, el orden cósmico, la razón del mundo o lógos; que sin embargo el
pensamiento no es capaz de identificar. Esta ley o razón del flujo del devenir es inaccesible para los sentidos.
5.2. Parménides de Elea.
Existe un debate histórico sobre si Parménides y Heráclito se conocían o si el primero respondió con su
teoría al segundo. En cualquier caso, Parménides es presentado por Platón como el gran opuesto de
Heráclito. Frente al devenir heraclíteo, Parménides afirma que solo el ser es y el no-ser no es.
El ser posee los atributos del dios-todo de Jenófanes: es eterno, inmutable, único e indivisible. No puede
nacer ni cambiar, porque eso implicaría proceder del no-ser, lo cual es imposible. Fuera del ser, no hay nada.
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,Por ello, el devenir, la pluralidad y el cambio no existen realmente, sino que son ilusiones de los sentidos,
propias de la “vía de la opinión”.
Parménides concibe el ser como acabado, infinito y semejante a una esfera perfecta, lo que ha llevado a
interpretarlo como una realidad material y espacial. El no-ser es identificado con el vacío, entendido como lo
inexistente e inconcebible, inmaterial, incorpóreo. La diversidad y el movimiento solo parecen existir debido
a la percepción sensible, pero carecen de realidad verdadera.
La verdad solo puede alcanzarse por la razón, no por los sentidos. Parménides establece así un criterio
fundamental del conocimiento: solo es verdadero aquello que tiene realidad. Pensar solo puede dirigirse a lo
que es, y por ello sostiene la famosa tesis de que pensar y ser son lo mismo.
En consecuencia, Parménides no distingue entre el acto de pensar y su objeto: el pensar es la captación
directa del ser, y el ser es la verdad misma del pensar. Esta concepción marcará profundamente el desarrollo
posterior de la filosofía griega.
6. Los sistemas conciliadores post-parmenídeos.
6.1. Aspectos comunes a las distintas tentativas.
La multiplicidad de las cosas impulsó a los milesios a preguntar por algo permanente y común, pues creían
que ellas eran meras transformaciones. Con el concepto de ser de Parménides, la materia cósmica se aleja
tanto de las cosas singulares que se desposeyó de toda realidad a estas en favor del ser unitario. Solo el
“todo” permanecía, los cambios y la diversidad no eran más que engaño y apariencia. Todo esto, sumado a la
oposición del fuego-devenir de Heráclito y el ser absoluto de Parménides, pone de manifiesto la
imperfección del concepto de sustancia cósmica milesio.
Los filósofos posteriores analizaron esta antítesis y encontraron nuevas formas de relación que desarrollaron
en sus teorías. Estos aceptaban, como Parménides, que lo que existe debe ser pensado como eterno e
invariable; pero también la realidad innegable de Heráclito del devenir y la diversidad de las cosas. Pero
también están en contra de diversos postulados de estos pensadores. Contra Parménides creen que el ser no
es uno sino múltiple; contra Heráclito, que existen elementos sustanciales.
Así, la diversidad que percibe nuestra experiencia se explicaba por las incontables combinaciones de
elementos. Estas combinaciones y cambios de elementos (que debían permanecer intactos según el postulado
de Parménides) se explicaba por el movimiento, el cambio de lugar de dichos elementos.
6.2. Empédocles de Agrigento.
Empédocles fue una figura destacada y singular de su ciudad, autor de los poemas Sobre la naturaleza y Las
purificaciones, en los que combinó ideas religiosas, científicas y filosóficas. Realizó importantes
aportaciones astronómicas, como la explicación de los eclipses, su teoría sobre la distinción entre el fuego
real de los astros y la luz que vemos del sol reflejado, y la afirmación de que la luz se propaga y tarda un
tiempo, aunque mínimo.
Para explicar la realidad y la multiplicidad de las cosas, Empédocles postuló las cuatro raíces o elementos
eternos e indestructibles, opuestos: tierra, agua, aire y fuego, cuya mezcla da origen a los seres y cuya
separación provoca su desaparición. Estos elementos no cambian en sí mismos, pero sí en sus
combinaciones.
El movimiento y el cambio se explican mediante dos fuerzas independientes: Amor y Odio. El amor une los
elementos y el odio los separa. Sin embargo, también en el odio hay unión, pues solo los elementos se atraen
cuando han quedado libres. Así, el auténtico amor es la atracción de lo desemejante. Se produce así un
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,proceso cíclico del cosmos en cuatro fases: unidad total, separación progresiva, dominio de la separación y
nueva unión. En cada ciclo surgen combinaciones distintas, de las cuales solo perduran las que poseen una
estructura interna (lógos).
Empédocles sostuvo así la invariabilidad de la materia primordial, pero introdujo fuerzas externas como
causas del movimiento. Amor y Odio no son simples propiedades de los elementos, sino principios
metafísicos autónomos, vinculados también a valores éticos, al representar respectivamente el origen del
bien y del mal.
6.3. Anaxágoras de Clazomene.
Anaxágoras, de origen noble, renunció a la política para dedicarse a la filosofía. Mantuvo contacto con
figuras como Empédocles, Protágoras, Pericles y los sofistas, pero sus doctrinas le valieron la condena
ateniense y el exilio en Lampsaco.
Partiendo del principio eleático (Parménides) de que el ser no se crea ni se destruye, sostuvo que existen
infinitos elementos cualitativamente distintos (homeomerías o spermata), que se conservan idénticos incluso
al fragmentarse. Todas las cosas contienen algo de todos los elementos, pero presentan las cualidades del que
predomina en mayor proporción. La generación y corrupción de las cosas se explican por la mezcla y
separación de estas partículas eternas.
Los elementos, aunque móviles, no pueden moverse por sí mismos, lo que llevó a Anaxágoras a postular una
causa externa del movimiento. Esta causa es el nous (razón o inteligencia), una sustancia material especial,
la más fina y pura, capaz de automovimiento y de poner en movimiento a las demás.
El orden y la regularidad del cosmos, especialmente el movimiento de los astros, revelan para Anaxágoras la
acción de un principio racional que actúa conforme a fines, una causa. Así, el nous introduce por primera vez
una explicación teleológica de la naturaleza, en la que el orden, lo bello y lo perfecto se convierten en
principios explicativos del universo.
6.4. Leucipo de Abdera.
Leucipo de Abdera, fundador de la escuela de Abdera, cree al igual que Parménides que la multiplicidad de
la experiencia no existe, y que el ser lo constituye lo corpóreo. Sin embargo, para él hay que diferenciar el
cuerpo universal indiferenciado de Parménides de una diversidad de corpúsculos, no separados entre sí por
ser alguno, sino por el no-ser. Es indispensable, entonces, conceder al no-ser alguna existencia metafísica.
Leucipo designó a estos fragmentos del cuerpo eterno e invariable, pero esparcidos, como átomos. Estos los
concibió Leucipo como incontables e infinitamente variados. En suma, son diferentes en tamaño, forma y
posición.
Las cosas de nuestra experiencia son, pues, combinaciones de átomos: se generan por la reunión de ellos y
perecen por su separación. De modo que todo acontecer es, por esencia, movimiento de átomos en el
espacio. Este movimiento es un carácter intrínseco de los átomos.
La separación conceptual entre materia y fuerza que habían buscado Empédocles y Anaxágoras queda
anulada nuevamente por los atomistas, quienes atribuyen automovimiento a las partículas a la vez que las
despojan de toda capacidad de variación. De este modo acogen el principio, otra vez, del planteamiento de
los milesios, si bien en un sentido limitado y diferente.
6.5. Demócrito de Abdera.
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,Demócrito desarrolló y radicalizó el atomismo de Leucipo, subrayando el carácter mecánico y necesario del
acontecer universal: toda interacción entre los átomos se produce por choque. Su aportación más original se
encuentra en su concepción de la ciencia y del conocimiento, con la que intentó explicar la totalidad del
mundo desde un monismo materialista.
Para Demócrito, la ciencia debe explicar el mundo de la apariencia sensible a partir del conocimiento de la
verdadera realidad, compuesta por átomos y vacío. Las cualidades que percibimos no son reales en sí
mismas, sino el resultado de relaciones cuantitativas entre átomos. La tarea de la ciencia consiste en reducir
las variaciones cualitativas a determinaciones espaciales y mecánicas.
De ahí su distinción entre propiedades verdaderas de las cosas (forma, tamaño, densidad, solidez,
movimiento) y cualidades aparentes (color, sonido, olor, sabor), anticipando la posterior distinción entre
cualidades primarias y secundarias. Estas últimas dependen tanto de las propiedades de los átomos como del
sujeto que percibe, cuya alma es también un conjunto de átomos, especialmente finos e ígneos.
La percepción se produce por la acción de ídolos (emanaciones atómicas de las cosas) sobre los átomos del
alma, generando así el mundo aparente como consecuencia necesaria del mundo real. El tacto es el sentido
más fundamental, ya que todo conocimiento sensible se basa en el movimiento y el choque de átomos. Con
esta teoría, Demócrito ofrece una explicación completa del conocimiento y de la percepción sin abandonar el
materialismo atomista.
6.6. Sobre el movimiento cósmico y la formación del mundo.
Empédocles, Anaxágoras y Leucipo coinciden en explicar el movimiento cósmico mediante un torbellino o
movimiento circular, aunque difieren en su causa y significado. Para Empédocles, este movimiento se debe a
las fuerzas del amor y el odio; para Anaxágoras, lo inicia una razón ordenadora (nous) con finalidad, que
luego da paso a un mecanismo regular; para Leucipo y Demócrito, es exclusivamente resultado del choque
mecánico de los átomos.
El mecanicismo aparece de forma mítica en Empédocles, parcialmente racional en Anaxágoras y plenamente
desarrollado en Leucipo, quien elimina toda referencia ética o religiosa en la explicación de la naturaleza.
También difieren en su concepción del origen y destino del mundo. En Empédocles, el cosmos sigue un ciclo
eterno de mezcla y separación de los elementos, regido por el conflicto entre amor y odio, y las cosas
singulares solo existen en las fases intermedias. Para Anaxágoras, la formación del mundo es única e
irrepetible: el nous organiza un caos inicial en un cosmos ordenado y perfecto, motivado por la admiración
del orden celeste.
En cambio, Leucipo sostiene la existencia de infinitos mundos, que nacen y perecen sin finalidad ni ritmo,
formados por torbellinos atómicos autosuficientes. Cada mundo se organiza mecánicamente según el peso de
los átomos y puede desaparecer por colisión con otros. Esta concepción anticipa de manera notable la visión
de la ciencia natural moderna.
7. Síntesis de la evolución de la filosofía presocrática.
7.1. La coherencia del recorrido.
El pensamiento presocrático puede entenderse como un proceso progresivo de racionalización de la
explicación de la naturaleza, que culmina en el atomismo de Demócrito. Estos filósofos buscaron superar el
pensamiento mítico y construir una comprensión lógico-racional capaz de unificar conceptualmente la
diversidad de la experiencia.
Tales de Mileto inició este camino al explicar la realidad a partir de una sustancia originaria única, el agua.
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