LA MURALLA EUROPEA
Imaginá un bosque frondoso en medio de una tierra hostil, en un otoño tardío que se parece
demasiado al invierno. Imagina el frío, el hambre, el agotamiento. Escuchás disparos en la
oscuridad, quizás sean tiros al aire para asustarte, quizás a un árbol o a un animal para matar
el aburrimiento de soldados enmascarados y sin identificación; tal vez apunten a un ser
humano que resulte molesto. Imposible saberlo. Pensá en la incertidumbre del callejón sin
salida o, mejor, el saberse casi literalmente entre la espada y la pared. Porque no será una
espada sino decenas de fusiles y no será una pared sino las vallas metálicas, el alambre de púa,
las cámaras, los helicópteros y los soldados al otro lado de la frontera que te apuntan con sus
fusiles. En el medio, entre las armas de dos países que te detestan, imaginá que estás vos y tus
hijos y tus hermanos y el peso de toda tu existencia en una mochila. Y el miedo. Siempre el
miedo.
La frontera entre Polonia y Bielorrusia es mucho más que el límite entre dos países, es también
el fin de la Unión Europea y de la OTAN, una suerte de renovada cortina de hierro que separa
al mundo occidental de la esfera de influencia de Moscú. Esta semana esos dos universos
chocaron y, en el medio, quedaron unos 2500 migrantes provenientes de Siria e Irak. Todos
ellos volaron a Minsk, capital bielorrusa, con visas tramitadas en embajadas en Ankara, Bagdad
o Damasco. Es decir que llegaron legalmente a un país que aceptó recibirlos a cambio del pago
que corresponde al trámite consular: alrededor de 2500 dólares, según algunas entrevistas.
Pero hoy acampan en un bosque junto a la frontera y esperan. Y hay al menos 10 mil
migrantes más en Minsk y otras ciudades bielorrusas.
¿Qué pasó en el medio? ¿Cómo estas miles de personas pasaron de ser recibidas y bienvenidas
en un aeropuerto a ser empujadas hacia una valla metálica que divide a dos países? Este
escenario sumamente complejo tiene muchas aristas y muchos responsables. El primer punto
es la misma Bielorrusia, en donde gobierna desde 1994 Aleksandr Lukashenko, el único
presidente que ha tenido esta ex república soviética. El año pasado hubo elecciones y el
todopoderoso mandatario obtuvo oficialmente algo más del 80%, cifra tan poco creíble que las
protestas no se hicieron esperar. Fueron masivas y duramente reprimidas. Hubo decenas de
miles de detenidos, denuncias de tortura, muertes y la candidata opositora Svetlana
Tijanovskaya debió exiliarse en la vecina Lituania. Buena parte del occidente europeo no
reconoce la autoridad de Lukashenko y ha impuesto sanciones económicas contra su país,
obligándolo a acercarse más que nunca a Moscú, que es hoy por hoy el único salvavidas de un
gobierno cada vez más represivo.
Quizás sea una respuesta simplista, pero no son pocos los que ven en esta historia una
extorsión de Bielorrusia hacia la Unión Europea: levantan las sanciones o mando a miles de
personas a tu país. Sería también una suerte de represalia a Polonia que, junto con Lituania,
fue de los países que más fuertemente apoyaron a Tijanovskaya y a otros representantes de la
oposición bielorrusa. No hay dudas de que este flujo incesante de personas está organizado
por Lukashenko. Así lo prueban las imágenes de decenas de soldados enmascarados
empujando a los migrantes hacia las vallas metálicas, obligándolos a romperlas, a cruzar la
frontera sea como sea. Y, cuando no se puede, los mismos soldados enmascarados impiden
violentamente el regreso a territorio bielorruso.
Imaginá un bosque frondoso en medio de una tierra hostil, en un otoño tardío que se parece
demasiado al invierno. Imagina el frío, el hambre, el agotamiento. Escuchás disparos en la
oscuridad, quizás sean tiros al aire para asustarte, quizás a un árbol o a un animal para matar
el aburrimiento de soldados enmascarados y sin identificación; tal vez apunten a un ser
humano que resulte molesto. Imposible saberlo. Pensá en la incertidumbre del callejón sin
salida o, mejor, el saberse casi literalmente entre la espada y la pared. Porque no será una
espada sino decenas de fusiles y no será una pared sino las vallas metálicas, el alambre de púa,
las cámaras, los helicópteros y los soldados al otro lado de la frontera que te apuntan con sus
fusiles. En el medio, entre las armas de dos países que te detestan, imaginá que estás vos y tus
hijos y tus hermanos y el peso de toda tu existencia en una mochila. Y el miedo. Siempre el
miedo.
La frontera entre Polonia y Bielorrusia es mucho más que el límite entre dos países, es también
el fin de la Unión Europea y de la OTAN, una suerte de renovada cortina de hierro que separa
al mundo occidental de la esfera de influencia de Moscú. Esta semana esos dos universos
chocaron y, en el medio, quedaron unos 2500 migrantes provenientes de Siria e Irak. Todos
ellos volaron a Minsk, capital bielorrusa, con visas tramitadas en embajadas en Ankara, Bagdad
o Damasco. Es decir que llegaron legalmente a un país que aceptó recibirlos a cambio del pago
que corresponde al trámite consular: alrededor de 2500 dólares, según algunas entrevistas.
Pero hoy acampan en un bosque junto a la frontera y esperan. Y hay al menos 10 mil
migrantes más en Minsk y otras ciudades bielorrusas.
¿Qué pasó en el medio? ¿Cómo estas miles de personas pasaron de ser recibidas y bienvenidas
en un aeropuerto a ser empujadas hacia una valla metálica que divide a dos países? Este
escenario sumamente complejo tiene muchas aristas y muchos responsables. El primer punto
es la misma Bielorrusia, en donde gobierna desde 1994 Aleksandr Lukashenko, el único
presidente que ha tenido esta ex república soviética. El año pasado hubo elecciones y el
todopoderoso mandatario obtuvo oficialmente algo más del 80%, cifra tan poco creíble que las
protestas no se hicieron esperar. Fueron masivas y duramente reprimidas. Hubo decenas de
miles de detenidos, denuncias de tortura, muertes y la candidata opositora Svetlana
Tijanovskaya debió exiliarse en la vecina Lituania. Buena parte del occidente europeo no
reconoce la autoridad de Lukashenko y ha impuesto sanciones económicas contra su país,
obligándolo a acercarse más que nunca a Moscú, que es hoy por hoy el único salvavidas de un
gobierno cada vez más represivo.
Quizás sea una respuesta simplista, pero no son pocos los que ven en esta historia una
extorsión de Bielorrusia hacia la Unión Europea: levantan las sanciones o mando a miles de
personas a tu país. Sería también una suerte de represalia a Polonia que, junto con Lituania,
fue de los países que más fuertemente apoyaron a Tijanovskaya y a otros representantes de la
oposición bielorrusa. No hay dudas de que este flujo incesante de personas está organizado
por Lukashenko. Así lo prueban las imágenes de decenas de soldados enmascarados
empujando a los migrantes hacia las vallas metálicas, obligándolos a romperlas, a cruzar la
frontera sea como sea. Y, cuando no se puede, los mismos soldados enmascarados impiden
violentamente el regreso a territorio bielorruso.