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Reseña del libro Español

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Un libro sobre para un trabajo sobre el cuento cartas de mamá

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Cartas de mamá
(Las armas secretas, 1959)


Muy bien hubiera podido llamarse libertad condicional. Cada vez
que la portera le entregaba un sobre, a Luis le bastaba reconocer la
minúscula cara familiar de José de San Martín para comprender que
otra vez más habría de franquear el puente. San Martín, Rivadavia,
pero esos nombres eran también imáenes de calles y de cosas,
Rivadavia al seis mil quinientos, el caserón de Flores, mamá, el café
de San Martín y Corrientes donde lo esperaban a veces los amigos,
donde el mazagrán tenía un leve gusto a aceite de ricino. Con el sobre
en la mano, después del Merci bien, madame Durand, salir a la calle
no era ya lo mismo que el día anterior, que todos los días anteriores.
Cada carta de mamá (aun antes de eso que acababa de ocurrir, este
absurdo error ridículo) cambiaba de golpe la vida de Luis, lo devolvía
al pasado como un duro rebote de pelota. Aun antes de eso que
acababa de leer —y que ahora releía en el autobús entre enfurecido y
perplejo, sin acabar de convencerse—, las cartas de mamá; eran
siempre una alteración del tiempo, un pequeño escándalo inofensivo
dentro del orden de cosas que Luis había querido y trazado y
conseguido, calzándolo en su vida como había calzado a Laura en su
vida y a París en su vida. Cada nueva carta insinuaba por un rato
(porque después el las borraba en el acto mismo de contestarlas
cariñosamente) que su libertad duramente conquistada, esa nueva
vida recortada con feroces golpes de tijera en la madeja de lana que
los demás habían llamado su vida, cesaba de justificarse, perdía pie,
se borraba como el fondo de las calles mientras el autobús corría por
la rue de Richelieu. No quedaba más que una parva libertad
condicional, la irrisión de vivir a la manera de una palabra entre
paréntesis, divorciada de la frase principal de la que sin embargo es
casi siempre sostén y explicación. Y desazón, y una necesidad de
contestar en seguida, como quien vuelve a cerrar una puerta.
Esa mañana había sido una de las tantas mañanas en que
llegaba carta de mamá. Con Laura hablaban poco del pasado, casi
nunca del caserón de Flores. No es que a Luis no le gustara acordarse
de Buenos Aires. Más bien se trataba de evadir nombres (las
personas, evadidas hacía ya tanto tiempo, los verdaderos fantasmas

,que son los nombres, esa duración pertinaz). Un día se había animado
a decirle a Laura: «Si se pudiera romper y tirar el pasado como el
borrador de una carta o de un libro. Pero ahí queda siempre,
manchando la copia en limpio, y yo creo que eso es el verdadero
futuro.» En realidad, por qué no habían de hablar de Buenos Aires
donde vivía la familia, donde los amigos de cuando en cuando
adornaban una postal con frases cariñosas. Y el roto-grabado de La
Nación con los sonetos de tantas señoras entusiastas, esa sensación
de ya leído, de para qué. Y de cuando en cuando alguna crisis de
gabinete, algún coronel enojado, algún boxeador magnífico. ¿Por qué
no habían de hablar de Buenos Aires con Laura? Pero tampoco ella
volvía al tiempo de antes, sólo al azar de algún diálogo, y sobre todo
cuando llegaban cartas de mamá, dejaba caer un nombre o una
imagen como monedas fuera de circulación, objetos de un mundo
caduco en la lejana orilla del río.
—Eh oui, fait lourd —dijo el obrero sentado frente a él.
«Si supiera lo que es el calor —pensó Luis—. Si pudiera andar
una tarde de febrero por la Avenida de Mayo, por alguna callecita de
Liniers.»
Sacó otra vez la carta del sobre, sin ilusiones: el párrafo estaba ahí,
bien claro. Era perfectamente absurdo pero estaba ahí. Su primera
reacción, después de la sorpresa, el golpe en plena nuca, era como
siempre de defensa. Laura no debía leer la carta de mamá. Por más
ridículo que fuese el error, la confusión de nombres (mamá había
querido escribir «Víctor» y había puesto «Nico»), de todos modos
Laura se afligiría, sería estúpido. De cuando en cuando se pierden
cartas; ojalá ésta se hubiera ido al fondo del mar. Ahora tendría que
tirarla al water de la oficina, y por supuesto unos días después Laura
se extrañaría: «Qué raro, no ha llegado carta de tu madre.» Nunca
decía tu mamá, tal vez porque había perdido a la suya siendo niña.
Entonces él contestaría: «De veras, es raro. Le voy a mandar unas
líneas hoy mismo», y las mandaría, asombrándose del silencio de
mamá. La vida seguiría igual, la oficina, el cine por las noches, Laura
siempre tranquila, bondadosa, atenta a sus deseos. Al bajar del
autobús en la rue de Rennes se preguntó bruscamente (no era una
pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) por qué no quería
mostrarle a Laura la carta de mamá. No por ella, por lo que ella

, pudiera sentir. No le importaba gran cosa lo que ella pudiera sentir,
mientras lo disimulara. (¿No le importaba gran cosa lo que ella pudiera
sentir, mientras lo disimulara?) No, no le importaba gran cosa. (¿No le
importaba?) Pero la primera verdad, suponiendo que hubiera otra
detrás, la verdad inmediata por decirlo así, era que le importaba la
cara que pondría Laura, la actitud de Laura. Y le importaba por él,
naturalmente, por el efecto que le haría la forma en que a Laura iba a
importarle la carta de mamá. Sus ojos caerían en un momento dado
sobre el nombre de Nico, y él sabéa que el mentón de Laura
empezaría a temblar ligeramente, y después Laura diría: «Pero qué
raro... ¿qué le habrá pasado a tu madre?» Y él habría sabido todo el
tiempo que Laura se contenía para no gritar, para no esconder entre
las manos un rostro desfigurado ya por el llanto, por el dibujo del
nombre de Nico temblándole en la boca.


En la agencia de publicidad donde trabajaba como diseñador,
releyó la carta, una de las tantas cartas de mamá, sin nada de
extraordinario fuera del párrafo donde se habáa equivocado de
nombre. Pensó si no podría borrar la palabra, reemplazar Nico por
Víctor, sencillamente reemplazar el error por la verdad, y volver con la
carta a casa para que Laura la leyera. Las cartas de mamá
interesaban siempre a Laura, aunque de una manera indefinible no le
estuvieran destinadas. Mamá le escribía a él; agregaba al final, a
veces a mitad de la carta, saludos muy cariñosos para Laura. No
importaba, las leía con el mismo interés, vacilando ante alguna palabra
ya retorcida por el reuma y la miopía. «Tomo Saridón, y el doctor me
ha dado un poco de salicilato...» Las cartas se posaban dos o tres días
sobre la mesa de dibujo; Luis hubiera querido tirarlas apenas las
contestaba, pero Laura las releía, a las mujeres les gusta releer las
cartas, mirarlas de un lado y de otro, parecen extraer un segundo
sentido cada vez que vuelven a sacarlas y a mirarlas. Las cartas de
mamá eran breves, con noticias domésticas, una que otra referencia al
orden nacional (pero esas cosas que ya se sabían por los telegramas
de Le Monde, llegaban siempre tarde por su mano). Hasta podía
pensarse que las cartas eran siempre la misma, escueta y mediocre,
sin nada interesante. Lo mejor de mamá era que nunca se había

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